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martes, febrero 12, 2013

La incógnita Newton, de Catherine Shaw

Quise buscar lo esencial de Vanesa Duncan y seguí el rastro de perfume heroico que dejó, a su paso, Lisbeth Salander; al fin y al cabo —pensé— todas las heroínas se parecen, y entre ellas no debe haber más de veinte pasos de distancia. Incluso pensé que, para un hombre como yo, rodeado de ebriedad y de otras circunstancias semejantes, no podía ser muy difícil ir en la dirección de la razón. Pero, después de andar este camino juntos durante algún tiempo, ya sabrá usted que el sueño de la razón es un sueño inquieto y a veces genera monstruos de sinrazón.

A pesar de las coincidencias que hay entre Vanesa y Lisbeth, ellas son como el mito de Psyché y Eros: el alma de una joven bellísima y frágil también es el alma de una mujer abandonada, dibujada con un dragón y desdibujada detrás del humo del cigarrillo.





En ese ir y venir de perseguidores y de presas, de fuerzas contrarias, pero complementarias, oigo los pasos de un caminante y descubro que es Newton. Sé que es él, pero no pronuncio su nombre, porque está de incógnito y asumo que no quiere darse a conocer. Me dice que vive en un piso alquilado de Oxford y que su breve espacio está hecho una lástima. Lo ignoro, y me trago el humo de su eufemística presentación. Camina unos pasos en la dirección de mi frustración. Camina apurado porque, según dice, en breve sentirá hambre y sed, y no tolera sentir privaciones. Lo sigo. Me dice que mi sueño es muy raro, pero predecible. Dice que hago mal en intentar crear un puente entre Lisbeth y Vanesa, porque ellas no son la misma persona, pero tampoco son distintas. Demoré todo lo posible la vergüenza de mi respuesta incrédula —en realidad no tengo ninguna respuesta— aunque él lo descubre sin mi ayuda y, finalmente, afirma (en los sueños se pueden escribir cacofonías con f) que todo era un problema de perspectiva: si las acerca, se repelen, y si las aleja, se atraen.afo">

También pensé, influenciado por inercia newtoniana, que si me resultaba difícil establecer una relación de equilibrio entre las fuerzas de dos cuerpos dóciles como el de Vanesa y el de Lisbeth, me resultaría casi imposible establecer esa misma relación de equilibrio entre tres cuerpos. Lamentablemente, el mundo no piensa en mí ni le importa lo que yo pienso o sueño. El mundo es como es, señores, como el Nilo.

El hecho es que res ulta cierto que en el mundo hay una relación de fuerzas en equilibrio entre Vanesa Duncan, el personaje de La incógnita Newton, de Catherine Shaw; Catherine Shaw, el seudónimo y alter ego literario de Leila Schneps y, por supuesto, Leila Schneps, la matemática capaz de transformar el sueño de la sinrazón en un pasatiempo lúdico.


«… De repente, no pude soportar un segundo más el ruido, la multitud y las decenas de miradas. Salí corriendo del tribunal y me perdí en la tranquila oscuridad de las calles, por las que deambulé largo rato antes de regresar a casa. Han sido demasiadas cosas, demasiado tiempo y demasiado esfuerzo, y esta noche me siento demasiado entumecida para celebrar el triunfo. ¡Mañana, sin embargo, empezaré una nueva aventura!

Vanessa
Cambridge, domingo, 11 de junio de 1888
[…] ».

viernes, agosto 06, 2010

La reina en el palacio de las corrientes de aire, de Stieg Larsson

A Lisbeth le cuesta socializar, las relaciones no se le dan muy bien, ni siquiera con aquellos en quienes confía, por eso, desde hace tiempo, quizás a su pesar, ha decidido vivir sola en su palacio de cristal. Es la reina templaria del mundo de sus ideas.

Su mundo es muy extraño. He ahí una idea, y allá otra, y allá otra…, todas ellas son curiosas y peligrosas, porque están inspiradas en una vieja desconfianza y en una aún más vieja frustración. En medio de las ideas, solo hay silencio. Gobernar un mundo de ideas peligrosas, aunque estén rodeadas de silencio y soledad, requiere de tenacidad y resistencia. También requiere de reservas biológicas que garanticen sobrevivir a la metralla.



La bala que perforó la cabeza de Lisbeth no pudo asirse a nada y nada dañó, apenas sacudió el aire que separa las ideas de su reino, sus vasallos.

El vacío interior de Lisbeth parece un tópico casual en medio de la charla entre amigos; sin embargo, tanto la vacuidad como la falta de referencias y de referentes son, precisamente, lo que le da a Lisbeth la fuerza para sostenerse.

Ella proyecta en el otro una sensación de autismo «… eso explicaría su incapacidad para aceptar las convenciones sociales […]», pero la realidad que se vive dentro de su palacio de cristal vacio y expuesto a las corrientes de aire es muy distinta a la del autismo: ella percibe al otro e, impertérrita, mantiene la distancia con su entorno porque no se siente comprendida. De algún modo, vive fugitiva, pero integrar su modo con el de los otros conlleva un cambio de estado, un duelo.

Decía en algún otro pasaje de esta saga que Lisbeth es, en sí misma, el enigma de Fermat, porque es compleja y elíptica y, a la vez, bella y fácil de representar. Ella se sostiene en medio de esa enigmática contradicción, entre la incomprensión de su forma de ser y el deseo de comprenderla. Aquí hay una paradoja. ¿Qué hacer? Resolver a Lisbeth es resolver Fermat, resolver Fermat es resolver el enigma, resolver el enigma desvanece el enigma: si se desvanece el enigma, se desvanece Lisbeth.

«… x3 + y3 = z3. El invierno anterior (Lisbeth) había pasado varias semanas en el Caribe devanándose los sesos hasta más no poder con el teorema de Fermat. Al volver a Suecia, y antes de verse involucrada en la persecución de Zalachenko, siguió jugando con las ecuaciones.

El problema era que tenía la irritante sensación de haber visto la solución... de haber experimentado la solución […]».

El autor parece dirigirse hacia ese punto en que el personaje se le escapa de las manos, y eso le produce la irritante sensación de sentir que el enigma se desvanece…

«… Todo seguía igual en su cabeza… Excepto el hecho de que creía recordar haber visto una solución al teorema de Fermat, pero no se acordaba de cómo, cuándo ni dónde.

Lo peor era que no tenía ningún tipo de interés en el enigma. El teorema de Fermat ya no la fascinaba. Eso era un mal augurio. Pero así solía funcionar ella: le fascinaban los enigmas, pero en cuanto los resolvía, perdía el interés por ellos.

Y precisamente eso mismo le pasaba con Fermat. Ya no era aquel diablo que saltaba sobre su hombro llamando su atención y retando a su intelecto. Era una simple fórmula, unos garabatos en un papel, y no sentía ni el más mínimo deseo de entregarse al enigma. Eso la preocupaba […]».

Integrarse al mundo de Lisbeth no es una mala noticia pero, a la vez, el hecho de ser un habitante del mundo de sus ideas significa, redondamente, ser parte de su mundo y verla de igual a igual. ¿Socializarla o no socializarla? Larsson parece tener una idea de la respuesta y se dirige hacia el final de la trilogía Millenium. Aun así, es difícil valorar el impacto que esa solución puede tener en cada persona o personaje.

Lo más triste es que el final de la saga Millenium coincide con el final de la vida de Larsson de los Cojones y, por lo tanto, la posibilidad de sostener, recrear o de resolver a Lisbeth no es algo que parezca sencillo, ni siquiera parece posible.

Yo, como tradicionalista o costumbrista, ya que pregunta mi opinión, siento que tanto los números y los símbolos del teorema como la misma Lisbeth han cobrado forma física. Secretamente los busco y, a veces, hasta presumo de ser matemático y canalla, para que ella y ellos, por si acaso, me encuentren a mí.



lunes, marzo 22, 2010

La Reina del Sur, de Arturo Pérez-Reverte

Teresa Mendoza no es una sociópata como Lisbeth Salander; sin embargo, pese a que no sabe matar ni es rencorosa, sí es capaz de aprender lo que haya que aprenderse, si en eso le va la vida. Nomás la fastidias un tantito y te quiebra. A la chingadera con los cabrones que se la juegan torcida. Pues qué lástima que te hayas jodido, pendejo, códigos son códigos y ahí te van los míos…

Es difícil imaginar las transformaciones que hubo entre la Teresa inocente y chavita de ojos confiados que canjeaba dólares en las esquinas de Culiacán, Sinaloa, y la Teresa Reina del Sur que navega entre las rachas de mar bravo desde Marruecos hasta Finisterre. La recta que separa ambas Teresas está quebrada, fragmentada, llena de alter ego, transformación, caos, y paradoja.


«... qué pasa cuando nada esperas, y cada aparente derrota te empuja hacia arriba mientras aguardas, despierta al amanecer, el momento en que la vida rectifique su error y golpee de veras, para siempre. La Verdadera Situación. Un día empiezas a creer que tal vez ese momento no llegue nunca, y al siguiente intuyes que la trampa es precisamente ésa: creer que nunca llegará. Así mueres de antemano durante horas, y durante días, y durante años. Mueres larga, serenamente, sin gritos y sin sangre. Mueres más cuanto más piensas y más vives […]»

Digo transformación, porque cuando La Situación –un celular que suena mientras se ducha, un güerito que sonríe padrísimo, una ranchera desafinada- promueve a Teresa al siguiente nivel del juego, ella forma la crisálida de la cual nacerá otra Teresa. Y así, Situación tras Situación, se consumen las Teresas del juego.

Digo caos, porque en su vida no hay relación proporcionada entre la causa y el efecto. El simple aleteo de una mariposa o de un Cesna en Sinaloa puede producir un tsunami de la chingada en la mafia rusa.

En este proceso, ella no parece ser la suma de las que fue. Sale de su capullo con un nuevo alter ego y deseando olvidar su pasado: Nomás muérete, si es que aún no te has muerto. Hasta aquí has llegado, chaparra, desde ahora sigo yo. Ya nos vemos. ¿Cuándo se acaba esta transformación?

Órale, compadre, quiubo. ¿Cómo que cuándo se acaba? ¿Qué pinche pregunta es esa? No mames pues. La neta es que se acaba cuando se acaba la baraja, o cuando yo digo que se acaba, cabrón. Se acaba cuando miras pa’ atrás y solo ves el reguero de muertos y nadie te espera ni tantito. Si aún te quedan naipes en la baraja toca jugarlas nomás, pero si la vas a fregar ahorita más te vale que tengas los zapatos puestos, güey, ni modo de morirte en medias. Si es que esta vida estaba acabada nomás antes de empezar el corrido. Pa’ qué me dices que no, si sí.

Es cierto lo que me dice Teresa. Para ella, su vida es como la de los habitantes de Comala, en Pedro Páramo, con la diferencia que ella vive y cree estar muerta.


«... Teresa se levantó entre los destellos de la puerta y la luz rojiza de las velas-... Lo que estoy es muerta. Su Teresita Mendoza murió hace doce años, y vine a enterrarla […]»

«... Ojalá pudieran verla esos perros antes de que les abrasemos la madre, o viceversa. Pues a lo mejor me río de puro miedo a morirme, dijo ella. O de miedo a que me duela mientras me muero. Y el otro asintió otra vez y dijo: pos fíjese que como todos, patrona, o qué pensó. Pero eso del picarrón lleva su tiempito. Y mientras nos morimos o no, igual ahí nomás se mueren otros […]»

Desde la perspectiva del El gran juego, Teresa ha incorporado la sensación de estar muerta como una estrategia salvadora. Ella no teme morir porque se considera muerta. Morir le vale madres, y a partir de ahí todo es ganancia, no puede haber nada peor. Para ella el único camino posible es el de escapar hacia adelante. Vivir sin miedo otorga libertad, y eso representa una ventaja en el contexto de la partida, porque si el fin de la partida es la muerte y no hay temor a la muerte, entonces no hay temor a la derrota.

En la bolsa de Teresa no hay Ego, ni Rencor, y eso es objetivamente bueno, porque esos señores son enemigos consumados del Amor y de la Felicidad; sin embargo, otra vez en el contexto de El gran juego, Teresa no es feliz.



¿Por qué Teresa no es feliz? ¿Acaso ella es un personaje mal hecho o hecho a contracorriente del Mistral Mediterráneo? No lo sé. Yo creo que se parece a muchas mujeres reales, incluso algunos creen que Teresa Mendoza, la Reina del Sur, es en realidad Sandra Ávila Beltrán, la Reina del Pacífico. Este es un mito en el cual, esta vez, prefiero no creer.

De todos modos, por mucho que se parezcan, ya sabemos que esto de los laberintos no es tan sencillo como se lee, y que una cosa son los caminos y otra cosa son los caminantes. Quiero decir que el hecho de que Teresa y Sandra hayan hecho el mismo camino no las lleva al mismo destino. Quizás no baste con ser un buen jugador para ser feliz, quizás la muerte no es, en realidad, el destino del caminante, sino solo una encrucijada más del laberinto, quizás ganar no es lo que parece o lo que uno cree que parece.

Creo que Teresa no es una heroína, al menos no en el sentido que decidimos darle a esa palabra en este espacio; sí puedo decir que es una jugadora digna, en el sentido lúdico. Uno siempre quiere encontrar jugadores que dignifiquen la partida.



sábado, junio 27, 2009

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, de Stieg Larson

Algunos amigos de este espacio, como Jorge Ibargüengoitia, Arturo Pérez Reverte, y ahora Stieg Larsson, no solo se han destacado como periodistas y corresponsales de guerra, sino como autores de novelas épicas o detectivescas y todos ellos han construido, además, personajes de los cuales nos gusta hablar.

Los héroes de sus novelas están un poco maltrechos, y un poco heridos de piedad. En su mundo, como en el mundo de casi todos los héroes, no hay justicia.

La chica que sueña con una cerilla y un bidón de gasolina, la chica que odia a los hombres que no aman a las mujeres, es Lisbeth Salander. Lisbeth vive al límite de todo, incluso de la anorexia. No es atractiva. Es masculinamente femenina, es piadosamente violenta, parcamente expresiva, desnudista pudorosa, suavemente árida…

Decanta sus horas en medio de una indefendible tristeza y, mientras ignora relámpagos y truenos, estudia física astronómica y ecuaciones diofantinas. En su cuaderno de notas ha escrito, rudamente, una ecuación elíptica: x3 + y3 = z3. La anotación parece casual, casi un acto de rebeldía. ¿Por qué Fermat? ¿Por qué una ecuación elíptica? ¿Es un capricho o una metáfora de complejidad?

De pronto, entre putas y estupefacientes, ocurre un triple crimen. Tres víctimas: x, y, z, envueltas en un polinomio cúbico. Lo que parecía una metáfora, es ahora una ecuación obstinadamente compleja, y su solución, el culpable del crimen, parece ser la heroína.

Lisbeth es una heroína del género patafísico, una buscadora de soluciones ingeniosas para problemas complejos. No tiene súper poderes; sus únicos recursos son su sagacidad y su obstinación. La ecuación elíptica no es solo una metáfora de complejidad. Cada hipótesis conduce a un nuevo interrogante cuya solución es aún más compleja.

Tres víctimas: x, y, z. Tres hilos en la investigación: A, B y C -el oficial, el periodístico y el personal-. Las víctimas se relacionan de a dos, pero no de a tres, los hilos se mezclan de a dos, pero no de a tres.

Ella es una heroína muy distinta a otros héroes. Ella nunca es del todo inocente. Es sociópata, no tiene amigos. Ella está sola, sola de soledad y sola de todo. ¿Cómo distinguir a los buenos de los malos si ni siquiera los héroes parecen héroes?



Nadie se mete con Lisbeth Salander, con esa chica que piensa en una cerilla y en un bidón de gasolina… Hace pagar con el infierno a quienes juegan con fuego. Su moral no tiene aristas, ni colores, ni grises, ni sutilezas. No hace falta ser exigente con ella: por las buenas lo da todo, por las malas… mejor se reza uno una plegaria y ordena sus deudas. ¿No perdona? ¿No confía?

En alguna parte de Estocolmo, Lisbeth reparte moral Salanderiana y aquieta las tempestades que trae la incomprensión. Con sus cuarenta kilos de humana, su cara de niña pobre y su metro y medio de poca cosa, siembra claridad. Preocúpese si es de los malos.

Lisbeth Salander es muy simple de entender pero es casi imposible de resolver. Es como la ecuación de su cuaderno de notas. Es diofantina y elíptica. Ella misma es el enigma de Fermat, es de apariencia simple y vulnerable, sin embargo, resiste heroica, y es sumamente compleja. Es breve e inasible. No la encontrará usted entre los héroes de este mundo ni el mundo de los números enteros. ¿Lisbeth Salander conoce la solución del enigma o es la solución?