Es un arte angustiosamente efímero y dolorosamente ajeno. Nada en este arte parece perdurable. No tiene amarras ni se compra. ¿Quién puede ser dueño de las minúsculas y eternas arenas del desierto cuando es tan riesgosamente insalubre adueñarse de lo eterno? De este arte apenas si puede conservarse en la memoria el espíritu de lo que fue, o de lo que pudo haber sido.
Es un arte que transporta una esperanza infinita, porque puede llenar cualquier desierto con un cielo de arena. Puede trasformar la forma y convertir el continente en contenido.
En el puño de una mano caben los granos de una vida y en el puño de una mano también cabe el alma de un arrasador Siroco. Polvo al polvo…
