La cuarentena es como un juego de simetría axial, de simetría de abatimiento, es como un origami con pliegues de espacio tiempo, como un diorama de encuentros y desencuentros. La historia atraviesa continentes, desde Cachemira hasta Mauricio, y se pliega sobre las hojas de un cuaderno de poemas en el que cabe una vida. Noventa años de historia en un corpus de cuarenta días.
La cuarentena es un encierro que libera, porque con sus pliegues crea puentes que permiten atravesar las lagunas de la historia, todo lo no dicho.
Simetrías y asimetrías...
Dos narradores, León y León; uno, el tío abuelo, y el otro, el sobrino nieto; Anna y Anna, un lugar y una mujer; Amalia, y Ananda, dos madres sin historia, dos hijas con un pasado invisible, borroso. Una es hija de indios criada por ingleses y la otra es hija de ingleses y criada por una mujer india. Surya y Suryavati, una es la cazadora de pulpos de la isla y la otra es la reina madre de Cachemira. Todos los espejos se pliegan sobre el eje de la poesía de Arthur Rimbaud y sobre un diario de viaje, una bitácora de cuarenta entradas.
La cuarentena transcurre dentro de una isla esdrújula, mágica, palúdica, trágica, poética, caótica, oceánica, volcánica, mística, agónica. El fuego de la cuarentena no consume, sino que redime. La cuarentena de La Cuarentena no aisla ni exilia. En La Cuarentena no hay futuro, todo es pasado.
Encuentros y desencuentros…
León, el nieto, va en busca de su abuelo, León. Atraviesa el arrecife de coral custodiado por la barracuda Tazor en busca de algún rastro de su pasado aventurero. León, el abuelo, atraviesa la historia custodiada por la memoria, en busca del pasado de Amalia, su madre. Surya, amiga de Tazor, la barracuda, va en busca de León, el abuelo, para que la ayude a encontrar el pasado de Ananda, su madre. Jacques, hermano de León, el abuelo, va hacia Anna, su casa, y espera que los patriarcas, custodios de su estirpe, le permitan reconciliarse con su pasado.
«… Muy cerca de la orilla, vi pasar una sombra veloz, parecida a un perro que recorriera el fondo del agua. Es Tazor, la barracuda dueña de la laguna. Surya no la teme, pero el viejo Mari me ha dicho que muerde a los que no conoce [...]».
¿Quién armará el rompecabezas? ¿Quién pondrá las almas en su sitio? ¿Quién quitará las cenizas que cubren a los muertos de estas historias? ¿Puede una bitácora de cuarenta días condensar la historia de noventa años? ¿Puede un poema de Rimbaud ser la pieza de amalgama que une Oriente y Occidente, el pasado y el presente?



