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lunes, noviembre 30, 2009

La cuarentena, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

La cuarentena es como un juego de simetría axial, de simetría de abatimiento, es como un origami con pliegues de espacio tiempo, como un diorama de encuentros y desencuentros. La historia atraviesa continentes, desde Cachemira hasta Mauricio, y se pliega sobre las hojas de un cuaderno de poemas en el que cabe una vida. Noventa años de historia en un corpus de cuarenta días.

La cuarentena es un encierro que libera, porque con sus pliegues crea puentes que permiten atravesar las lagunas de la historia, todo lo no dicho.

Simetrías y asimetrías...

Dos narradores, León y León; uno, el tío abuelo, y el otro, el sobrino nieto; Anna y Anna, un lugar y una mujer; Amalia, y Ananda, dos madres sin historia, dos hijas con un pasado invisible, borroso. Una es hija de indios criada por ingleses y la otra es hija de ingleses y criada por una mujer india. Surya y Suryavati, una es la cazadora de pulpos de la isla y la otra es la reina madre de Cachemira. Todos los espejos se pliegan sobre el eje de la poesía de Arthur Rimbaud y sobre un diario de viaje, una bitácora de cuarenta entradas.

La cuarentena transcurre dentro de una isla esdrújula, mágica, palúdica, trágica, poética, caótica, oceánica, volcánica, mística, agónica. El fuego de la cuarentena no consume, sino que redime. La cuarentena de La Cuarentena no aisla ni exilia. En La Cuarentena no hay futuro, todo es pasado.



Encuentros y desencuentros…

León, el nieto, va en busca de su abuelo, León. Atraviesa el arrecife de coral custodiado por la barracuda Tazor en busca de algún rastro de su pasado aventurero. León, el abuelo, atraviesa la historia custodiada por la memoria, en busca del pasado de Amalia, su madre. Surya, amiga de Tazor, la barracuda, va en busca de León, el abuelo, para que la ayude a encontrar el pasado de Ananda, su madre. Jacques, hermano de León, el abuelo, va hacia Anna, su casa, y espera que los patriarcas, custodios de su estirpe, le permitan reconciliarse con su pasado.



«… Muy cerca de la orilla, vi pasar una sombra veloz, parecida a un perro que recorriera el fondo del agua. Es Tazor, la barracuda dueña de la laguna. Surya no la teme, pero el viejo Mari me ha dicho que muerde a los que no conoce [...]».


¿Quién armará el rompecabezas? ¿Quién pondrá las almas en su sitio? ¿Quién quitará las cenizas que cubren a los muertos de estas historias? ¿Puede una bitácora de cuarenta días condensar la historia de noventa años? ¿Puede un poema de Rimbaud ser la pieza de amalgama que une Oriente y Occidente, el pasado y el presente?

jueves, julio 16, 2009

Onitsha, de Jean-Marie Gustave Le Clézio

La vida es el agua que se escurre gota a gota. El gran río no cesa nunca de fluir entre las mismas riberas. El río es siempre el mismo, el agua no. La vida fluye, incesante, buscando su cauce, su lugar de eterno reposo.

Para cada uno de los personajes de esta historia, el agua, Mmiri, la vida, tiene un significado y un destino diferente.

Oya, por ejemplo, es hija del río y tiene el cuerpo terso, de color agua profunda y en su rostro se dibujan ojos de egipcia. Ella es la metáfora de la reina negra de Meroe, la reina de África, la última reina de Egipto. Oya es muda y ha tenido un hijo, pero no conoce su nombre porque no puede pronunciarlo. Ella va hacia donde el oleaje de la marea remonta el río, con los peces sierra y los delfines yendo y viniendo en el agua revuelta.

Fintan inicia su viaje a bordo del Surabaya, el barco que lo lleva desde Burdeos hasta Onitsha. Ha comenzado a escribir un diario titulado Un largo viaje. Quizás el Surabaya y el largo viaje sean la metáfora de La barca del millón de años, del Libro de los muertos. Es un niño de diez años que aprende a amar a África y a hablar con las serpientes. Ya grande, cuando el agua del gran río le ha horadado el alma, acusa la hambruna de Biafra y llora a todos los muertos que se llevó el Kwashiorkor. Escribe «... Así es que África era esto, esta sombra cargada de dolor, este olor a sudor en el fondo de las mazmorras, este olor a muerte [...]».

Geoffroy, padre de Fintan, vive con la ilusión de descubrir la huella de la reina negra. Una y otra vez redescubre la leyenda del éxodo del pueblo de Meroe en sueños. Busca, río arriba, pértiga en mano, restos del cuerpo desmembrado de Osiris, mientras el pueblo de Meroe vela sus desvelos. Un día de gran silencio, perturbado tan sólo por la voz de la fuente de agua, quizás soñando o delirando por la fiebre negra, tras tantas adversidades y fatigas, le parece haber alcanzado su meta. Como la reina de Meroe ha encontrado el lugar de la vida nueva.

Maou, Maria Luisa, la madre de Fintan, es una mujer bella e inquietante. Está inmersa en esta tierra tantas veces soñada y a la vez tan brutal. Aprende palabras africanas: Ulo, la casa. Mmiri, agua. Umu, los niños. Aja, perro. Odeluede, es dulce. Je nuo, beber. Ofee, me gusta. So! ¡Habla! Tekateka, el tiempo pasa... Ella no lleva el libro de Un largo viaje, pero escribe las palabras en su cuaderno de poesías, en el mismo cuaderno en el que ha escrito que una mantis religiosa le ha revelado el sexo de su segundo hijo. Para ese entonces, ya se ha incorporado al río y hasta le dice a Fintan: «… el río Níger lleva tanta agua que es capaz de desalar el mar […]».

El agua, en este desierto nigeriano, es la vida, una vida que se va gota a gota. En este desierto, en algún sitio, aletea un ibis, o quizás sea el aliento de Toth, custodio del libro del destino.