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viernes, diciembre 24, 2010

Pero mira cómo beben...

Desierto fue la primera canción de Lhasa de Sala que escuché, aunque me enteré bastante después de quién era la intérprete. Recuerdo que el tema se escuchaba como la música de fondo durante la lectura de un poemario editado e impreso en México. La curiosidad por conocer a la cantante me parecía superflua o un deseo frívolo, no sé. En cualquier caso, razón o pretexto, usted ya sabe, los deseos siempre caminan en la dirección de la falta.

Fue una amiga la que me ayudó a resolver el misterio ─ella es mejor navegante que yo, y también es mucho más tenaz, protegida por la testarudez ─. No solo me reveló el nombre de Lhasa, sino que me regaló el disco La llorona. En el paquete, junto con el disco, había una nota que decía «No es la música que yo escucharía, pero aquí van Los peces para tu Desierto…».

Lamentablemente, Lhasa dejó de cantar, algo le robó el habla, una torpe premura transfiguró su estampa y se la llevó tan pronto, que yo no sé si llegó a saber que le ponían su música a los poemas o que su Desierto y sus Peces son la música de la Cumbre por el Medio Ambiente, que se celebra en México.

Parece una de esas cadenas asociativas de las que hablaba hace poco, Estaba pensando en la Navidad y recordé a mi madre, hace ya algunos años, cuando adornaba el árbol y cantaba el villancico Los Peces. Luego, recordé a Lhasa, el desierto, los amigos, el deseo, los deseos, el agua, La llorona, la adormecida nostalgia por los que se fueron, las lágrimas,…

Bebo por usted y espero, deseo, que encuentre un rincón fresco en su almohada y que en esta Navidad tenga muchos peces en su desierto.



lunes, noviembre 29, 2010

El Sigilum

Mi humilde homenaje al legendario manuscrito.

Nació –si al extraño y sospechoso fenómeno de aparecer anónimamente se lo puede llamar nacer- al sur del mar de Aral, cuando aquel mar ni siquiera tenía ese nombre. Apareció mediando agosto, apenas un poco antes que yo, durante el esplendor de la dinastía Abasí, en la primera de las mil y una noches.

Desde entonces, ya hace más tiempo del que puedo recordar, persigo su huella inequívoca y combato tenazmente su saber hermético, su signo de intriga inaudita y de anagrama.

Ella ha transitado siempre por el ojo izquierdo de la historia, portando el brillo del escarabajo dorado, con el único propósito de cegarlo. Ha sido y es, aún hoy, la mecenas de los incrédulos y de los poco entendidos. Duda está predestinada a eclipsar el sustrato histórico del hombre; a velar de luto los asertos de todos los archivos ancestrales y a sepultar, impunemente, nuestro legado bibliográfico, desde El Libro de las Maravillas, hasta El Arte de Manejar el Astrolabio.

Ella no es mentira ni es verdad. No es, ni apenas cierta, ni muy auténtica. No es piadosa ni razonable; no es, siquiera, una hipótesis de engaño, porque tampoco es un engaño. No busca un Santo Grial ni un príncipe de las tinieblas, porque ella misma es una búsqueda sin esperanza. No perdona ni condena. No censura ni aprueba. No dice ni se contradice. Soy testigo de todo lo que afirmo y de que nadie, jamás, pudo decirle que respeta su opinión.

Duda anida en las páginas de los libros más oscuros y malditos. Se aposenta en las recetas de los alquimistas nigromantes, o en las mentes de los perezosos. Se nutre de fragmentos, de oxidados jeroglíficos y de pergaminos ausentes. Adhiere, fervorosamente, a todas las citas incontrastables y a las referencias a ninguna parte.

La he visto acechar por entre los laberintos de las pirámides, susurrando lúgubres preguntas sin respuesta. La he visto sonreír detrás de los espejos negros de emperatrices y princesas jactanciosas, presumiendo por quién será la más bonita. La he visto preconizar el olvido, borrando extraños y elegidos nombres de la lista del Necronomicon, con el fin de ocultarlos de toda la memoria; pero nunca, sin embargo, la he visto derramar una lágrima por ser alguno de ellos.

Aunque, muchas veces, he logrado llevar la certidumbre a manos de sus legítimos dueños, confieso que mi lucha contra Duda es desigual, porque sé que hay saberes perdidos para siempre y porque sé que, bajo sus sombríos dominios, hay secretos maliciosamente guardados, que le otorgan un poder de seducción infinito.

Mi mayor derrota es el secreto encerrado en el Manuscrito Voynich. Hablo del secreto más terrible y antiguo de la historia del hombre. Cinco siglos de encierro. Cinco siglos igual y mi moneda de la suerte no ha podido con él, porque sigue saliendo cruz.

Desde la corte de Bohemia -en Praga medieval- hasta el presente, las páginas del Manuscrito Voynich han conservado su mensaje indescifrable. El misterio, con su desenlace tan excluyente como único, ha sobrevivido a las expoliaciones de Torquemada y a todas esas doctrinas contestatarias que remediaban los desacuerdos usando el fuego. Pero ni el fuego expropiante, ni el poder de los conjuros, ni el aislamiento intelectual de los mejores y -mucho menos- el implacable paso del tiempo, han podido colonizar lo que el Manuscrito desea comunicar.

Hasta hoy, el escalofriante y asombroso misterio renacentista no ha abdicado. Su perpetua y exquisita penumbra se alza como el Argos de la duda. Es un misterio único en la historia, y se yergue resplandeciente, como un sigilum de lo que representa la posibilidad de un texto sin para qué.




“[...] soainal shdy chokeody ykeedal ol oteodainn
chocthedy ot chteokaiin choteedy otor epchy chpiir
ar sheer *eedy soeteed *cthchy soe*keot y choteoky
chockhy okees sor aiin daraj seedir chdar dar darchdy
dardarar otar dar okarar[...]”.

Y Duda deja, así, su rastro de desconcierto entre paréntesis, y con signos de acertijo y de locura. ¿Y si, acaso, este libro nos quiere revelar el motivo esencial del hombre y de su identidad divina? ¿Será posible que el texto explique detalladamente el significado del volucielo y de la sonomédula? ¿Es, tal vez, el orden y la forma de sus palabras, la simple consecuencia de haber movido la rueda de Cardano entre las páginas pares del libro La sutileza de las Cosas? ¿Qué maligno, subterráneo, tenebroso o atormentado mortal, sería capaz de expresar algo sin el primitivo y necesario interés de ser comprendido? ¿Es este, quizás, un texto que nada comunica?

No importa la pregunta que se plantee porque, apenas asome un nuevo interrogante, el fantasma de Duda lo aprisionará fatalmente, hasta asfixiarlo, y obedecerá, sin dudar, sus leyes de sepultura: el mensaje del Manuscrito no se parece a ninguna lengua humana conocida, pero es -como diría Poe en la voz de Júpiter- demasiado complejo como para ser solo jerigonza. No ha sido posible calcular el tiempo material que se tardó en escribirlo, pero sí se sabe que solo una mano lo trazó. No hay patrones gramaticales ni caligráficos que indiquen escritura al azar, pero tampoco hay forma de saber si algo de lo escrito tiene algún sentido.

Cada nueva hipótesis que sugiero es devorada por la anterior y por la siguiente, como en un sueño con serpientes de tres cabezas. La posibilidad de descifrar el documento se ha transformado en una tarea descomunal para el cuerpo de los hombres y -sin hombres inhumanos precipitados en la empresa- mi derrota se va plasmando, rotunda y perfecta. Duda crece, avasallante, sobre mí, hundiéndome en una dimensión de conciencia inferior. Ella sabe lo que sé y despliega, entonces, victoriosa, sus trivias de conquista sobre mi espacio yermo.

Sin intermediarios entre la pluma y el testimonio, sin nadie capaz de interpretar su significado o su destino, como en un mensaje dictado por Enoch o por Hermes, reza el sigilum su duda, página tras página:


“[...] air al cheol dal oekaiin sol daiin eetees
saiin ykeos * chyir ochey chchey chol dair dain
cho dar aldy qotol keeees qokedy qokedy
qokedy dar[...]”.

Mi próxima muerte -si al confuso e íntimo fenómeno de desaparecer anónimamente se lo puede llamar morir- será en Buenos Aires. Me iré puntualmente, pero no para siempre.

Aunque nunca logre descifrar este ábaco, ni aun en la lectura mil y una, al menos sé que la certeza de mi partida también confirmará la derrota de Duda.

jueves, octubre 14, 2010

Espérame encendida

Ese abismo brutal lo encierra todo, el grito, el viento del oeste, la fragilidad, la fatalidad, lo porvenir, lo pasado…

Imaginé estar enterrado ahí abajo, pero apenas me sostuve en ese pensamiento, porque no supe cómo podría superar otra noche si lograba superar la primera. Maldita noche.

Recordé al señor Okada, el de Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, que se había encerrado en el fondo del pozo de agua para meditar sobre cómo podría quitar la mancha de su cara o de su conciencia. Quién sabe. También recordé que él buscaba a Kumiko, su esposa, y la esperanza de recuperarla le daba un para qué.

A ellos, los mineros épicos, los esperaba alguien, y todos se salvaron. Quizás la esperanza sea a la desoladora negrura como la fuerza de gravedad es a las manzanas y a todas las cosas. Digo yo, que la esperanza debe ser una fuerza capaz de atravesarlo todo, incluso lo que no pesa, como la tensa espera, o la duda, o el infierno impenetrable, o la eternidad.

Junto a la moneda de la suerte, aunque en otra categoría, llevo siempre conmigo una antigua canción. Es una canción que tiene la virtud de cambiar de forma y hoy, y ayer, y durante los casi setenta días de la epopeya del rescate, me sirvió como un símbolo de espera esperanzada, espera encendida.


domingo, octubre 03, 2010

El Cabrero, cuando la apariencia es esencia

Cuando se es lo que se aparenta, entonces ya no se aparenta y la posibilidad de crear se convierte en algo más que un arte. Aquello que uno expresa como la forma de ver la complejidad del mundo no tiene cómo ni por qué, sino que se se transforma en conocimiento revelado.

Ser esencial, pese a esa diminuta condición de la existencia, permite arrasar con la infinitud.

Para Ser, no hace falta ser extraordinario, ni encantador, ni impresionante, ni positivo, ni increíble, ni aventurero, ni nada. Para Ser sólo hace falta cumplir con mandato de Hermes: como es arriba es bajo, como es adentro es afuera… Quizás esta afirmación parezca frívola o leve, sin embargo, en esta obra de un solo acto, en este viaje existencial y esencial, es más fácil perderse que encontrarse.

Dice El Cabrero que «… me gusta la gente que siempre tiene algo que decir […]» y digo yo que me gusta El Cabrero, José Domínguez Muñoz, porque ha decidido realizar su búsqueda siguiendo la huella de los ancestros, de aquellos los que tienen algo para decir y aconsejar, de los que han escrito el mensaje secreto un poco con sangre y un poco con letra.



Aunque le parezca mentira, es El Cabrero, él mimo, quien canta el último organito, el último tema.



sábado, septiembre 11, 2010

Antes de que hiele, de Henning Mankell

Es tiempo de hablar del héroe Kurt Wallander aun cuando en Antes de que hiele pueda parecer un héroe sin tiempo, un héroe al que se le acabó la fiesta.

A Kurt lo ha rodeado un pesado cansancio, y sus pasos se sienten más vencidos que decididos. Su barriga ha crecido junto con sus manías, como la manía de sopesarlo todo o como la manía de no tener paciencia, ni para lo inexplicable, ni para lo inesperado. Quizás, aquella incipiente actitud compasiva de sus primeros pasos como detective sean hoy un impulso compasivo mucho más sincero y transparente y quizás, debido a esa compasión, también haya crecido su temor.

Es tiempo de hablar de tu vida, Kurt. Es mejor hacerlo ahora, antes de que hiele, porque luego, cuando llegue el invierno de los héroes, te matará el frio de la soledad. Cuando hiele, solo te quedará quemar las cartas, los recuerdos, para avivar el fuego interior. Dirás que el tiempo lo cura todo, pero yo te digo, insisto, en que ya casi no hay tiempo, Kurt. Es mejor que hablemos ahora.

Sé que con el veneno de la aventura circulando por las venas es difícil detenerse y hablar de una retirada. Ya quisiera tener yo tu valor llegado el caso, pero tal vez podrías dejarle a tu hija la tarea de limpiar el mundo de malos. Linda es una copia tuya, tan fastidiosamente exacta, que hasta podrías haberte salvado del pecado de la no existencia.

¿Que haya crecido tu temor tiene que ver con ella, no es así?

Todas las personas, o casi todas, intentamos de manera instintiva entender a los otros seres humanos. Yo intento entender a Kurt; Kurt intenta entender a su hija Linda; Linda intenta entender a su amiga Anna; Anna intenta entender a su padre, Erik y Erik intenta entender a Dios y, por supuesto, al diablo.

«… Cuando se despidieron, Linda bajó al centro para sacar dinero en un cajero. Procuraba ser ahorrativa y la inquietaba imaginarse sin dinero. «Me parezco a mi padre», concluyó, «los dos somos ahorrativos y tacaños […]».


«… Linda volvió a la cama y siguió mirando fijamente el techo. «¿Qué sabemos de las personas?». La imagen de Anna no abandonaba su pensamiento. Pero se le antojaba una persona extraña, desconocida. También estaba Mona, desnuda y con una botella en la mano. Linda se sentó nuevamente en la cama. «Estoy rodeada de chiflados», resolvió. «El único que es totalmente normal es mi padre». Salió al balcón y comprobó que aún hacía calor. «A partir de este instante, dejaré de preocuparme por Anna», se dijo, «y me dedicaré a disfrutar del buen tiempo […]».

En el ocaso de un héroe, la búsqueda de una respuesta, una respuesta a un enigma policial en este caso, se vuelve una búsqueda existencial. En el ocaso, cualquier ocaso, todo se resignifica. Es mejor que lo tengas claro, Kurt. No olvides ceder a tiempo tu testimonio, tu documento de vida, tu mensaje.


«… Linda salió de la habitación sin decir adiós. De camino hacia el vestíbulo, lo oyó tocar el piano. Echó una ojeada a las otras habitaciones, que estaban desordenadas y olían a cerrado. «Un hombre solo con su música», concluyó. «Como mi abuelo con sus cuadros. ¿Qué me quedará a mí cuando llegue a esa edad? ¿Qué le quedará a mi padre? ¿Y a mi madre?, ¿una botella de alcohol?».

Entender al otro es una tarea compleja porque solo contamos con nuestros sentidos ordinarios llenos de hipótesis débiles y falibles; sin embargo, lo intentamos.

La vida de Kurt Wallander está poblada de interesantes e innumerables preguntas y Antes de que hiele parecer ser un punto de reunión de muchas de las respuestas. Llegan a él en forma de un gran trabajo intertextual. Toda la saga Wallander parece resumirse en su tiempo de no tiempo, en el invierno de su vida. Solo espero que también encuentre una respuesta para este ultimo enigma: «Gud krevet. Dios lo exige... Pero ¿qué exige Dios? ¿Que se destruya una tienda de animales, que unas criaturas indefensas sucumban entre tormentos y padecimientos?».

domingo, marzo 07, 2010

La leyenda de las heroínas cansadas

Hasta ahora, excepto Ana Karenina y la sociópata y animosa Lisbeth Salander, no han aparecido en este espacio grandes heroínas, pero no ha sido mala voluntad ni pereza para elegir textos sobre mujeres. Es cierto que hubo mujeres: la Cossette de Los miserables, o las errantes Kumiko y Rüya..., pero eran el objeto del deseo, o las Ariadnas, nunca han sido las protagonistas.

No quisiera decir aquella frase tópica y engañosamente falsa «el día de la mujer es todos los días»; sin embargo, mientras escucho la canción de Martirio, pienso en cuánto de cotidiano tiene para muchas mujeres la letra y también pienso en cuánto de cotidiano tiene la lucha de la que se habla implícitamente. No me refiero solo a la lucha simbólica, que es propia de los héroes, sino a la lucha en general. La lucha contra la decrepitud, contra el rigor del espejo, contra la discriminación o contra el desamor.

Para eludir los tópicos, entonces, y para ganar tiempo mientras van llegando las protagonistas, les dejo este homenaje.



viernes, octubre 02, 2009

La leyenda de la bicicleta blanca


LA BICICLETA BLANCA



El flaco que tenía la bicicleta blanca;
silbando una polkita cruzaba la ciudad.
Sus ruedas, daban pena: tan chicas y cuadradas
¡que el pobre se enredaba la barba en el pedal!

Llevaba, de manubrio, los cuernos de una cabra.
Atrás, en un carrito, cargaba un pez y un pan.
Jadeando a lo pichicho, trepaba las barrancas,
y él mismo se animaba, gritando al pedalear.

"¡Dale, Dios!... ¡Dale, Dios!...
¡Meté, flaquito corazón!
Vos sabés que ganar
no está en llegar sino en seguir..."

Todos, mientras tanto, en las veredas,
revolcándonos de risa
¡lo aplaudimos a morir!
y él, con unos ojos de novela,
saludaba, agradecía,
y sabía repetir:

"¡Dale, Dios!... ¡Dale, Dios!...
¡Dale con todo, Dale, Dios!..."

Pero cierta noche, su horrible bicicleta con acoplado entró a sembrar una enorme cola fosforescente. ¡Increíble!: los pungas devolvían las billeteras en los colectivos; los poderosos terminaban con el hambre; los ovnis nos revelaban el misterio de la Paz; el Intendente, en persona, rellenaba los pozos de la calle, y hasta yo, pibe, yo que soy las penas, lloré de alegría bailando bajo esa luz la polka del ciclista.

Después, no sé, ¡te juro!, por qué siniestra rabia,
no sé por qué lo hicimos ¡lo hicimos sin querer!,
al flaco, ¡pobre flaco!, de asalto y por la espalda,
su bicicleta blanca le entramos a romper.

Le dimos como en bolsa, sin asco, duro, en grande:
la hicimos mil pedazos... Y, al fin, yo vi que él,
mordiéndose la barba, gritó: "¡Que yo los salve!..."
Miró su bicicleta, sonrió, se fue de a pie.

(Mi viejo Flaco Nuestro que andabas en la Tierra: ¿Cómo te olvidaste que no somos ángeles sino hombres y mujeres?)

Flaco,
no te quedes triste,
todo no fue inútil,
no pierdas la fe...
en un cometa con pedales
¡dale que te dale!
yo sé que has de volver...

Intérprete: Raúl Lavié
Letra: Horacio Ferrer
Musica: Astor Piazzolla

miércoles, junio 03, 2009

Sandro, el gitano

En un viaje solitario por el camino de la leyenda, en una noche de bebedores trasnochados y tabaco rancio, cuando el rojo carmesí de sus labios parecía incapaz de perder su textura, un disgusto incurable atravesó los pulmones de Sandro.




«Tu aliento, fatal fuego lento…». ¡Qué ironía!

¡Qué ironía, Gitano! Después de aquel despliegue de Rosa, Rosa, de tan temerarios exabruptos de tu sangre, verte ahí, así, quietecito, esperando.¡Qué desgracia que el destino sea solo uno y no siete!

Yo, que escribo homenajes a mis propios recuerdos, juro que me acuerdo de vos.

Te recuerdo «… por ese palpitar…», por esa caricatura de tu personaje transgresor que muchos quisimos imitar, por tu forma de caminar en las cornisas adyacentes al pecado, porque te quedaste en el barrio, por Penumbras, porque alguna vez me hice llamar Roberto para tener algo en común y enamorar alguna novia a fatal fuego lento, y porque como todo héroe también sos un poco villano.



miércoles, enero 21, 2009

Maitreyi y Mircea, de su amor es testigo ese cielo de Calcuta

¿Qué noche bengalí y qué embrujos fueron aquellos, Mircea, que te mantienen aún hoy, cuarenta años después, preso en esta fragua de almas?

Has vagado tú, arrepentido e insomne, entre cuentos románticos y mitos, buscando el retorno a Calcuta, El eterno retorno. ¿Cuántas veces has reconstruido la historia de tus días? ¿Cuántas veces has abierto, Mircea, la caja mágica que contenía el rizo de Tagore, la pluma de ave y el jazmín? ¿Cuántas…? Dime.



¡Cuánta nostalgia y cuánta duda noble encerrada en la poesía! ¡Cuánta fascinación y cuánta melancolía!

¿Qué extraño sudor de agonía te trae este aroma a sándalo y a especias de Siam? ¿Qué extraños escalofríos te traen los aceites de oriente?

¿Cuántas veces te has dado aliento diciendo que no han de ser tantas la pérdida y la pena?

¡Cuán breves y fragmentarios han sido los apuntes de tu diario! ¡Qué reprochable tu memoria! ¡Cuán poco firmes e impertinentes son tus eternos recuerdos!

¿De dónde viene este aroma a desayuno? ¡Cuántas mañanas olorosas y cuántas mañanas iguales! ¿Cuántas veces has conjurado aquella mañana de destierro?

¿Cuántos días te has llamado cobarde?

¡Cobarde, cobarde, cobarde…!

¿Cuántas noches has recreado la necesidad de ser sublime?

¿Cuántas veces has dicho adiós al Ganges?

¿Cuánto de lo dicho es verdad? ¡Cuánto deseas que lo sea! ¡Cuánta leyenda! Maitreyi…

¿Cuándo se ha detenido el tiempo, tu tiempo? ¿Cuándo fue ayer? ¿Cuánto hace que has muerto?

¡Cuánto silencio! ¡Cuántas voces no la nombran!

Maitreyi, Maitreyi, Maitreyi…

¿Cuántos son los que han conspirado en contra de ese amor? ¿Quiénes?

¡Cuánta impiedad y cuántos humanos poco complacientes!

¡Cuánto rechazo y cuánto desaire!

¡Cuánta casta desafortunada y cuánta embriaguez narcisista!

¡Cuánto fanatismo desconocido entre los hombres!

¡Cuánto espacio poseído de silencio!

¡Cuánto descuido y cuánta búsqueda insegura!

¡Cuánto error secundario!

¡Cuánta filosofía y cuán poca sabiduría!



«Mircea, has leído mucho ¡pero no has adquirido sabiduría alguna! No hablas como un hombre sabio. ¿Acaso el amor es un objeto material que puede arrebatársele a alguien para dárselo a otra persona? ¿Es una propiedad o un ornamento? Es una luz, Mircea, una luz, como la luz de la inteligencia, como la luz del conocimiento, así es la luz del amor. La luz de la inteligencia tiene un límite, opera sólo en una esfera, pero la luz del amor es más brillante, lo muestra todo bajo su verdadera forma. Una vez prendida el mundo entero se llena de amor. Hasta las cosas desagradables se vuelven agradables...».

¿Dónde estuvo tu fe en el azar y dónde la evidencia determinista?

¿Cuántas veces has desconfiado y cuántas otras has dicho prematuramente que no?



«Una mentira dicha por una niña asustada se convirtió en una llave dorada que abrió la puerta de esa inaccesible cueva por la cual ha salido Bhairava: oigo los pasos de Mahakala. Nataraja baila con un pie en el pasado y otro en el presente. Baila -trap-trap-trap-trap-, ascienden y descienden oleadas de risa y de llanto; las esmeraldas y los diamantes de mi experiencia yacen desparramados por doquier; la violencia de sus pisadas me ha quebrado las costillas; ¡qué insoportable agonía!... ».

¿Cuántas veces has creído ser poco amable, poco indio, poco puro, muy pálido y poco bello?

¿Cuántas veces te has ofrecido a Kali?

¿Por qué, Mircea, es más difícil renunciar al amor que a la vida? Porque no has renunciado, ¿verdad? Tú esperas, aún esperas.

¡Cuán poco significado tiene para ellos este "nosotros" vuestro!

¡Qué secreto alivio es saber que la historia existe! Tu historia atraviesa el tiempo, Mircea, llena de esperanza esperanzada.

¡Cuarenta años de espera…! ¡Más de cuarenta! ¡Cuánto ayuno!

Después de una vida y de algunos vedas, ¿podrías perdonar a Mircea, Maitreyi? Di que sí, niña poeta.

No temas, Mircea, ella perdonará tu cobardía y se redimirá de la propia. Ella hará una reconstrucción verosímil de tus recuerdos y convertirá tu amor en leyenda. Dirá que "esta es la verdad, la verdad de verdad…".

Mira, Mircea, mira lo que ha escrito tu amada. Ella vendrá hasta ti. Ella está aquí…


«El cuerpo muere, el alma es inmortal. No podemos matarla matando al cuerpo. ¿Dónde está aquel cuerpo mío, el cenador de mi vida? En este cuerpo viejo y decrépito -me encanece el pelo y tengo el rostro arrugado- el alma sigue igual, no la ha corroído el tiempo. Nadie ha logrado destruirla, ni mi padre, ni Mircea; ni el tiempo, ni mi propio orgullo, ni las ricas experiencias de mi vida. Me invade un sentimiento de inmortalidad; estoy tocando el infinito. [...] Entre aquel que piensa: "estoy matando" o aquel que piensa: "me están matando" ninguno de los dos sabe que nadie mata y a nadie lo matan. [...] La verdad que ninguna escritura sagrada podía enseñar me está siendo revelada ahora. El amor es imperecedero. Mi alma, que fue suya en aquella casa de Bhowanipur, permanece fija. El infinito fluye a través de lo finito, lo ilimitado está contenido en los límites de mi cuerpo, estoy lejos y estoy cerca, estoy aquí...».

Es de madrugada, podrían ser las dos. Estoy sola en la galería. Desde este ángulo no alcanzo a ver todo el cielo; la mitad de la Osa Mayor me mira desde arriba como un eterno interrogante –preguntas, preguntas. ¿Por qué me ha vuelto esta pregunta después de tantas décadas? Antes no entendía por qué algo así, sin trascendencia alguna, me había ocurrido a mí, pero ahora veo que no tuvo principio ni fin. Las estrellas relucen; así como hoy me miran a mí, han presenciado las cuitas de innumerables personas. El cielo atrae todo mi ser. Siento que no estoy aquí, sin embargo lo estoy completamente, ¿acaso puedo marcharme a otra parte? -éste es mi mundo. En el dormitorio mi marido duerme tranquilo, ¡cómo confía en mí! No me conoce bien, sin embargo ¡cuánto me quiere! Lo soy todo para él y aunque debe de haber sentido que lo mismo no es cierto para mí, no se arrepiente, ni yo tampoco: tengo una vida llena. “

lunes, diciembre 22, 2008

Almas, a la obra

No hace mucho, mientras buscaba entre las ruinas mayas las claves del peso y del paso del tiempo, surgió aquello de "La entropía de los dioses" y un interés apasionado por sus simplificados, pero infinitamente abarcadores símbolos matemáticos. Sólo tres símbolos les bastaron para representar el todo y la parte, para representar desde lo más sagrado de Las Pléyades, con su amor de medianoche y de leyenda, hasta lo más profano, como el maíz arrojado a favor del viento entre mesuradas plegarias a los elementos.

Todo el cosmos pudo ser representado con los tres símbolos del tiempo: el más allá, el más acá, la tierra seca, los bienes mal adquiridos, los traspatios, el arrepentimiento, las caras nuevas, la primera palabra, la agonía, los días turbulentos, lo casi ajeno, los finales vergonzosos, el desacierto insospechado, todo… y digo yo que decir todo es decir también nuestras almas. Los símbolos mayas son símbolos fractales; inseguros, pero rigurosos, filosóficos, pero elementales.

En aquel texto emprendí la frustrante aventura de representar el concepto maya del universo, y mientras alguien leía el resultado de mi terquedad surgió otro símbolo, a su vez, para representar al texto. Debo decir, nuevamente, que todo está ahí, incluso mis propios prejuicios literarios.


Esta ilustración es el símbolo de una búsqueda que aún no cesa, porque el destino final de las almas, como dice el cuento, es hallar su completud.

Me pregunto ahora, que es hora de andar envuelto entre tantas metáforas de unidad, si puede haber algo todavía más iconoclasta que resuma, no a los mayas ni al texto de los dioses, sino al mensaje primero y único. Por casualidad –¿casualidad? no lo sé, ¿no lo sé?– recordé esta canción, tan llena de apasionantes referencias. En ella se cuecen, como en un atanor alquímico, un mensaje dramático, aterciopelado y sobrenatural que atraviesa el tiempo. Es un llamado de socorro para la salvación de nuestras almas.

Dos almas opuestas, pero afines, unidas y separadas por la pasión gitana, unidas y separadas por el género, masculino-femenino, y por la intención. La canción se llama S.O.S.



sábado, septiembre 01, 2007

La mala reputación

Porque el placer que otorga la armonía sabe ahuyentar las calamidades que atrae la noche, porque la amalgama de guitarra, antigüedad y sangre tienen algo de heroico y porque la mala reputación tiene una dimensión atemporal, es que quiero dedicarle este espacio, mi asombroy siete ríos de buen vino a este caballero.



viernes, julio 20, 2007

La memoria y la risa

Homenaje a El Negro Fontanarrosa

Y El Negro se rompió sin ruido, y se fue.

El Negro se fue. Partió escoltado por una sobredosis de utopía y por una murga rosarina "uniformada de canalla" que bizbizeaba putamadres a favor del viento.

Todo ocurrió un minuto antes de lo necesario. Justo antes de que éste, o aquél, discípulo tardío del insulto, pudiese gritarle un sentimental e incontrolable "lo parió, Mendieta".



domingo, junio 03, 2007

La Estaca

Esta canción, La Estaca, ha sido tan emblemática y potente, tan a favor del hombre y de la libertad, que para mí es casi una leyenda, por eso la incluyo en este espacio.

El vejo Siset vino a dar su testimonio de su sabiduría para. Siset es el héroe que regresa con su mensaje simple: La vida es mucho más de lo que se ve y que lo que está podrido caerá, caerá, caerá…



La Estaca


El viejo Siset me hablaba
al amanecer, en el portal,
mientras esperábamos la salida del sol
y veíamos pasar los carros.

Siset: ¿No ves la estaca
a la que estamos todos atados?
Si no conseguimos liberarnos de ella
nunca podremos andar.

Si tiramos fuerte, la haremos caer.
Ya no puede durar mucho tiempo.
Seguro que cae, cae, cae,
pues debe estar ya bien podrida.
Si yo tiro fuerte por aquí
y tú tiras fuerte por allí,
seguro que cae, cae, cae,
y podremos liberarnos.

¡Pero, ha pasado tanto tiempo así !
Las manos se me están desollando,
y en cuanto abandono un instante,
se hace más gruesa y más grande.

Ya sé que está podrida,
pero es que, Siset , pesa tanto,
que a veces me abandonan las fuerzas.
Repíteme tu canción.

Si tiramos fuerte, la haremos caer.
Ya no puede durar mucho tiempo.
Seguro que cae, cae, cae,
pues debe estar ya bien podrida.
Si yo tiro fuerte por aquí
y tú tiras fuerte por allí,
seguro que cae, cae, cae,
y podremos liberarnos.

El viejo Siset ya no dice nada;
se lo llevó un mal viento.
- él sabe hacia donde -,
mientras yo continúo bajo el portal.

Y cuando pasan los nuevos muchachos,
alzo la voz para cantar
el último canto que él me enseñó.

Si tiramos fuerte, la haremos caer.
Ya no puede durar mucho tiempo.
Seguro que cae, cae, cae,
pues debe estar ya bien podrida.
Si yo tiro fuerte por aquí
y tú tiras fuerte por allí,
seguro que cae, cae, cae,
y podremos liberarnos.

Lluis Llach