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lunes, octubre 30, 2017

Cinco esquinas, de Mario Vargas Llosa

No puedo evitar recordar a Lisbeth Salander, quizá porque Julieta Leguizamón, La Retaquita, también tiene algo de heroína contrahecha. Digo que es heroína, porque así la describe Quique.



«... Sí, claro, era rara la fascinación que Julieta Leguizamón ejercía sobre él y lo llevaba a ver La hora de la Retaquita todas las noches que podía. Esa mujercita había hecho historia, sin proponérselo, sin sospecharlo. Con su audacia provocó acontecimientos que cambiaron la vida del Perú. ¿No era extraordinario que una muchacha del montón, que no era nadie, a base de puro coraje, hubiera provocado semejante terremoto como la caída del todopoderoso Doctor? Hubiera querido conocerla, conversar con ella, saber cómo hablaba cuando no estaba representando en la pantalla su papel de hurgadora de intimidades […] ».


Sí, claro, era rara la fascinación, pero ¿por qué yo no siento interés en conocer a La Retaquita y, en cambio, me desvela la idea de conocer a Lisbeth?

Algo no encaja. ¿Uno es lo que Es o lo que puede ser? ¿No soy mejor porque no me dejan?

─De acuerdo, Carlos, interesantes preguntas para la hora del té, pero no olvides que La Retaquita se opuso al sistema y a todo lo que implica.

─ ¿Y mientras tanto, Quique? ¿Qué hizo ella antes de salir de la caverna platónica de Cinco esquinas? Si mal no recuerdo, ella sepultó la carrera artística de varios artistas y políticos, difamando por encargo. ¿O no? Incluida tu propia carrera. Ella sabía que eso era incorrecto.





─Pero no le estropeó la vida a nadie…

─… La Retaquita me estropeó la vida; de hecho, mi carrera profesional nunca estuvo en peligro.

─Eso es subjetivo.

─Ya deberías saber, che Carlitos, que la verdad es subjetiva. Anota que te digo otra verdad subjetiva, como cualquier otra verdad…



«... La verdad era que, hasta el maldito chantaje que intentó infligirle Rolando Garro, su vida sexual con Marisa se había ido marchitando, convirtiendo en una gimnasia sin fuego. Y, de pronto, en los días de la separación que siguieron al escándalo de las fotos en Destapes, y durante la reconciliación, había experimentado ese renacer de las relaciones con su mujer, una segunda luna de miel. A ella le había pasado lo mismo […] ».




Me quedé pensando en la defensa hipócrita que Quique había hecho sobre La Retaquita. Podía admitir el valor subjetivo de la verdad, pero no podía admitir el daño objetivo que la verdad publicada en Destapes le había provocado a Julián Peineta. Admitir eso me supondría admitir, también, que la poesía y el humor son víctimas de la verdad, cualquier verdad.

miércoles, septiembre 07, 2011

Conversación en La Catedral, de Mario Vargas Llosa

Es difícil mantenerse puro, Santiago, cuando todo lo que te rodea parece estar impregnado de tentación, o de corrupción, o de cualquier impureza contagiosa. Es difícil resistir, flaco, cuando hasta nuestros padres nos convocan al enojoso banquete de los buitres. Ser puro, Zavalita, es un privilegio raro, tan raro que hasta casi te imagino autista. Piensa. Quizás sea eso, quizás para estar a salvo hace falta ser impermeable, nada se te adhiere porque nada está ni bien, ni mal, ni regular.



Si todo está jodido, flaco, entonces algo te importa y te duele. Te importa más Ana, que tu viejo; te importa más Carlitos, que tu hermano, el Chispas; te importa más el zambo Ambrosio, que el mismísimo presidente, y hasta te importan más los perros abandonados de Lima, que todo el jodido Perú. Qué paradoja, ¿no? Parece que dijeras, al menos eso entiendo, que para resistir a lo jodido, el único camino es joderse. ¿Carlitos es un ejemplo de La resistencia? Ahí anda, partiéndose el hígado a golpe de cerveza trasnochada, meneándole el culo a la rumbera de Bimbambúm. Muriendo sin tregua. ¿Estás seguro de que Carlitos resiste, Zavalita? Piensa. Puesto a morir puro, mejor morir de pulmonía, que de cirrosis, flaco, piensa. Si hasta él te dice que estás loco. Supersabio. Es cierto, piensa, por lo menos Carlitos me escucha, por lo menos Carlitos es el único que me escucha, piensa. Piensa.

¿No habrás perdido ya la pureza, Santiago? Piensa. Se han llevado el perro, amor; se han llevado la ilusión, amor; se ha muerto tu padre, amor; ya nunca serás abogado, amor; si vas a buscar al perro en taxi, ya no podremos ir al cine, amor; ¿cuántos soles vale la pureza, amor?; ¿cuánta miseria, cuánta jodida miseria vale la pobreza, amor? Piensa.

Usted no ha cambiado, niño. Su padre lo quería mucho. Siempre decía que su mayor satisfacción sería enterarse de que dejó La Crónica y que terminó los estudios de leguleyo, niño. Eso decía su padre. Pero eso no sucederá, Ambrosio. Yo moriré resistiendo. Tengo ese secreto regocijo, aunque no sé para qué mierda me sirve regocijarme en la miseria. Ni siquiera sé si es regocijo, y tampoco sé si es secreto.

Todos dicen que usted está loco, niño Santiago. Su padre lo quería mucho. Todo el Perú está loco, Ambrosio, y yo también quería a mi viejo. Un día, Ambrosio, yo también me moriré, como mi padre y como Carlitos, pero moriré a mi manera y hasta luego. Adiós Perú, gracias por todo.

Se morirá jodido, niño, y gracias por nada. A veces, pienso que sí; a veces, que no, Ambrosio. Pobretón, sin pergaminos, pero limpio de tanta mierda, Ambrosio.

¿Cuánto vale la pureza, amor? Piensa. Piensa en Ana. Ella te ama. ¿Por qué la arrastras en esta locura? ¿Es venganza? Piensa. Me he quedado sin trabajo, amor. Debemos el alquiler, amor. Se han llevado el perro, amor. En San Isidro, hay más sol que en Miraflores, amor. Me gustaría mudarme, amor. Ni siquiera sé si amo a esta mujer, piensa. Mudarme adónde. Piensa.

¿Y por qué no les meten bala en lugar de matarlos a palos a los perros? Porque el Perú está tan jodido, que no tenemos balas, niño. Ya ve, niño, tampoco podemos matar como debemos. En este jodido Perú ni siquiera los perros mueren dignamente, niño.

¿Cuándo se habrá jodido el Perú, Ambrosio? Nunca conocí un Perú diferente, niño. Es tarde, niño Santiago, y usted ha tomado demasiadas cervezas. Es hora de irse.

Le llevaré el perro a Ana, piensa. Gracias, amor, lo encontraste. Lo traje en un taxi, nos quedamos sin cine para la semana. No importa, amor. Gracias por todo. Gracias por nada. Piensa. Me moriré un día de estos, volviendo de paseo, sin un grito ni un ay, piensa, Intentando ser puro. Piensa.



miércoles, febrero 18, 2009

La fiesta del chivo, de Mario Vargas Llosa

Dicen que el mito dice que, no se sabe en qué circunstancias ni en qué condiciones, los escritores del boom habrían acordado escribir la Gran Novela del Dictador. Un audaz y encendido acuerdo, por cierto.

Es posible que usted piense que esta celebración, esta fiesta del Chivo, sea la consecuencia de aquel mítico acuerdo. Quizás así sea, y quizás tenga usted razón. En cualquier caso, mito o leyenda al margen, puedo asegurarle que esta fiesta no es mítica, porque el Chivo, Rafael Leonidas Trujillo Molina, fue un sujeto trágica y brutalmente verdadero; un pueblo entero lo atestigua.

A La fiesta del Chivo están invitados todos. La anfitriona de la fiesta es la Venganza y la cita es en Santo Domingo. Han confirmado su presencia el poder, los torturados, los valientes, el horizonte negro de tres millones de dominicanos, algunos jugadores de rocambor —los más hábiles—, los pederastas, los altruistas, los exiliados, las malas ideas, las ideas incompletas, las comparsas, el sufrimiento del otro, el veneno sin antídoto y las tumbas de los olvidados. Acudirán, sin falta, la mentira —por supuesto—, y los aduladores —otro por supuesto—. Usted también está invitado. La Libertad también fue invitada, pero no vendrá porque se rumorea que la emboscarán en la periferia, de todos modos, es probable que muchos asistentes lleven solo su perfume.

Si acaso usted es el lector desconfiado y agudo que imagino y deseo, quizás se pregunte «Si esta fiesta se parece a tantas, si este tirano madrugador y poco sudoroso —con su séquito de obsecuentes— se parece a tantos de los que han proliferado en Latinoamérica, si estos pobres ciudadanos —con sus deseos de milagros sencillos— se parecen a tantos otros ciudadanos, si esta sombra de infamia que parece no ceder ante Cronos se parece a tantas otras sombras desgarradas, si esta amenaza de lo peor que parece pudrir el alma se parece a tantas amenazas, ¿qué tiene de especial esta fiesta? Yo, un simple lector con conciencia de humano, ¿podré tener el privilegio de bailar con la vida? ¿Irá la vida a la fiesta? Considerando que quien invita es la Venganza, ¿no estará invitándome para matarme en silencio?».

Dirá usted, tratando de ejercitar su memoria y pretextando ser ecuánime, « ¿Por qué he de ir a La fiesta del chivo y no he de ir a la de Perón, o a la de Pinochet, o a la de Rojas Pineda, o a la de Stroessner, o a la de Somoza? ¿Será que el Chivo está mejor armado de carácter que los demás y su pandilla de bufones consigue copas gratis?».

Pregúntese usted cuanto quiera, pero yo le aconsejo ir. Eso sí, arrimándose poco a poco, con cautela. Siga las luces de la avenida, el aroma a mar y a flamboyanes, la fiesta es donde está la música de Bésame mucho, que no para de sonar. Una vez allí, le aconsejo empezar por la mesa de los tragos y entablar conversaciones poco ambiciosas y haraganas. Olvídese de ser arrogante. No hable de religión. No se macere en alcohol, sepa que a Trujillo no le gustan los borrachos. Si se cruza con él, puede decir tonterías, pero bajo ningún concepto lo mire a los ojos. Que nadie sepa que usted tiene tiempo, mucho tiempo. Debe parecer que es usted una persona ocupada, muy ocupada.

Es posible que note que el biotipo político de los personajes de la fiesta no es, necesariamente, dominicano. Pase por alto ese detalle e ignore, también, el carácter efímero de los invitados. Seguramente lo asaltarán ciertas dudas. Estas u otras: «¿Cabral? ¿Quién es Agustín Cerebrito Cabral? ¿Quién es Urania Cabral? ¿Cómo puede alguien llamarse Urania? ¿Cómo alguien tan hermoso puede tener un nombre tan horroroso? A Ramfis lo conozco, es el hijo del Chivo, pero a Urania no la conozco. Ella es un fantasma. ¿Cómo puede alguien tangible bailar con un fantasma, por más bello que sea? ¿Los fantasmas se visten de organdí?». Le aconsejo, le decía, ignorar estas dudas u otras dudas semejantes.

Deambule usted por las mesas y percátese de cuántos diálogos y soliloquios son incontrastables, probablemente falsos. Verá que son muchos. Verá, también, que de nada, o casi nada de lo que usted escuche, podrá decir que es cierto. Es posible que la historia, iluminada así, parte a parte, le resulte poco creíble «Claro, qué estafa. ¿Cómo puedo creerle a una entelequia, por más ministro que sea? Si las caras, las conversaciones, los nombres, las intenciones, las consecuencias, las condiciones, si todo, o casi todo, en la fiesta, es de utilería y probablemente falso, ¿cómo es posible que la fiesta, en sí misma, sea tan real como el ocio del verano? ¿Cómo es posible esta paradoja?».

Yo le recomendaría no hacer análisis, es inútil. Si escucha todo, en su conjunto, si lo escucha hasta el final, le resultará inobjetable. Mire. Lo que le decía. Aquí están bailando Ramfis y Urania. El gruñón es Cerebrito. ¿Ve? ¿Ve que es posible lo de las entelequias?





Si sigue mis consejos, si se abandona al calor y a la modorra de las tardes del Caribe, quizás se entere del plan para matar al dictador. «¿Fines políticos?». No, ya le dije que no, que todo es por venganza, simple venganza. «¿Vengar a quién?». Pues, ya verá usted. Algunos quieren vengar la muerte de un amor fracasado, otros desean vengar la muerte de un hermano, otros la obsecuencia de un padre, otros desean vengarse por vergüenza. « Y Urania, ¿de qué desea vengarse?». Pues, yo le diría que trate de escucharla, dedíquele un tiempo. Es probable que ella se repita, que escuche lo mismo de boca de otros, quizás matizado con alguna escala de gris. Al final usted entenderá, se lo aseguro.