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lunes, noviembre 22, 2010

Sé lo que estás pensando, de John Verdon

Acercarse al mal y salir ileso parece una utopía. Vuelvo a recordar la sangre que brota de la arena de los reñideros y tiñe nuestra vida con la muerte de otro. Parece imposible mirar al mal a los ojos y no sentir siquiera su aliento pestilente o el miedo ante su macabra impunidad.

Pero, ¿para qué quiere usted acercarse al mal?

Pues, para conocerlo, reconocerlo y aprehenderlo. Luego, cobarde o sabiamente, podría cruzarme de vereda apenas lo viera aparecer en el bar de la esquina. Para poder mirarlo a la cara y decirle: oiga, señor TaloCual, usted es malo. Lo sé porque mira así, camina asá, dice esto, hace aquello y piensa en lo de más allá. Sé que es malo, sin ninguna duda.

¿Es posible, es probable?

David Gurney cree que sí. ¿Que sí qué? Que sí a todo. Que sí es probable y que sí es posible. David Gurney no solo lo cree, sino que allá va con su creencia a cuestas. Quizás, su intención sea iniciar la búsqueda del gen de la maldad; incluso, quizás, su cura.

«… Dave Gurney examinó con atención el rostro lívido y plácido de Jason Strunk, que le devolvía la mirada desde la pantalla de su ordenador; en realidad, era la foto de la ficha policial de Jason Strunk, tomada tras la detención. Había ampliado la imagen para que la cara tuviera el tamaño real […]. Los ojos siempre eran lo más difícil, los ojos y la boca, pero eran la clave. En ocasiones tenía que experimentar con la posición y la intensidad de un minúsculo reflejo durante horas, y aun así terminaba con un resultado que no le satisfacía […]».

Pero el mal, no sé…, digo que por algo está donde está, acomodado plácidamente en medio del paisaje, bebiendo cerveza en el mismo bar que usted y yo, brindando sin complejos por la paz del mundo «esta ronda va por mí, compañero.». El mal es un artista de la impostura, sonríe amablemente y con decoro, pide disculpas, se persigna antes y después de tomar los alimentos y hasta sospecho que se muestra preocupado por el precio de los tomates.

¿Es hombre o es mujer?


Ya ve usted. Se lo dije. El mal usa camuflaje. No es fácil reconocerlo. Incluso, con sus mañas, puede hacer que usted parezca el malo y que se sienta culpable siendo víctima.

«No hice lo que hice
por gusto ni dinero,
sino por unas deudas
pendientes de saldar.
Por sangre que es tan roja
como rosa pintada.
Para que todos sepan:
lo que siembran, cosechan».

¿En qué piensa el mal?

Yo diría que piensa en lo que pensamos nosotros. No me refiero a que usted y yo pensamos en hacer daño, sino a que el mal piensa en hacer mal pensando en lo que pensamos nosotros. Pero, si el mal piensa en lo que pensamos, entonces es mejor no pensar en cómo puede pensar el mal lo que estamos pensando, sino en pensar otros pensamientos, así el mal, por mucho que piense, no pensará nada malo.

Hágame caso. Piense en una tontería, nada de AUM ni OM, ni ninguno de los mantras orientales. Piense en la receta expulsa maldades que me enseñó mi padre: piense en un número de tres cifras.

¿Lo pensó? ¿Está seguro de que el número que pensó no tiene ningún significado para usted? ¿No representa el valor de una deuda impaga, ni es parte de un número de teléfono que desea no recordar? ¿Está seguro de que ese número que pensó no lo conecta de ningún modo con algo oscuro en su vida? ¿Está realmente seguro de que ese número que ha pensado no lo lleva a preguntarse «Dios mío, ¿cómo he podido»? ¿Con ese número en la mente se siente a salvo de los malos pensamientos?

De todas las verdades
que recordar no puedes,
hay dos más verdaderas:
todo acto tiene un precio,
todo precio se paga.
Te llamaré esta noche
para verte en noviembre o,
si no, en diciembre.

¿No es posible estar a salvo?

No lo sé, pero una cosa sí es cierta: debe usted hacerme caso y dejar de pensar en cómo pensaría el mal y ponerse a pensar en cómo cuidar sus pensamientos.

Desde el punto de vista funcional, Dave Gurney se enfrenta a un problema estocástico, algo parecido al problema que resuelve Rogelio Tizon, aunque está de más decir que entre Gurney y Tizon hay una gran diferencia de procedimiento. En ambos casos, el arma del mal no solo se esconde en la mente de las víctimas, sino en el estrecho espacio que hay entre lo probable y lo posible.



lunes, julio 19, 2010

El Asedio, de Arturo Pérez-Reverte

En la trama de la novela aparece una relación muy fuerte entre los asedios a las ciudades de Cádiz y de Troya. El puente principal que vincula estos dos sucesos estocásticos, independientes entre sí, es Ayante, el personaje de Sófocles. Pero Ayante, no solo lleva la idea de asedio desde un punto hacia otro de la historia, sino que, trágico al fin, Ayante también lleva un mensaje de locura y muerte.

«… Con la ayuda de los dioses, cualquier cobarde puede alcanzar la gloria; yo confío en hacerlo sin ellos […]».

Aunque esta frase de Ayante es digna de un héroe valeroso produce cierta antipatía, la misma antipatía que producen los ingratos. Al expresarse de ese modo, Ayante olvida que su valor y virilidad son, precisamente, un regalo de Zeus. Luego, cuando comprende el error de su soberbia, ya es demasiado tarde.

«… ¿Ves al intrépido, al de valiente corazón, al que en destructores combates no tembló jamás? ¿A mí, terrible por mis manos, entre animales que no producen temor? ¡Ay de mí, motivo de irrisión! ¡Cómo he sido ultrajado! Y ahora, ¿qué debo hacer? Yo, que soy claramente aborrecible a los dioses, al que el ejército de los helenos odia, y Troya entera, así como estas llanuras, detestan […]. El noble debe vivir con honor o con honor morir. Ya has oído todo lo que tengo que decir […]».

Ahora, si no es por la virilidad y la fuerza de hombres como Aquiles o Ayante, ¿de qué otro modo se puede ganar la guerra? Quizás sea preciso contar con la estrategia, con el ingenio y la audacia. Quizás, digo, haga falta la presencia de Ulises.

Y si hubiese un Ulises, en esta lucha cuerpo a cuerpo entre fuerza e ingenio ¿quién de ellos recurrirá a la magia, quién pedirá ayuda a los dioses y quien batallará solo con lo puesto? ¿Quién tendrá más chances de ganar la partida?, ¿el héroe viril o el ingenioso? ¿Es mejor lo eficaz o lo eficiente, el método o la tenacidad? ¿Es mejor Ulises o Ayante? La Tragedia Griega respondió, con Ayante, al asedio de Troya y a muchas de estas preguntas, pero nos falta la respuesta que se darán los personajes de El Asedio al asedio de Cádiz.

Veamos. Si la guerra lleva en su vientre un mensaje de locura y muerte y, si Ayante conecta los asedios de la historia con un mensaje de guerra, entonces, para librarse del asedio habrá que matar al mensajero con el ingenio, una metáfora de Ulises.

¿Matar al mensajero, dije? Sí, ya sé, otra locura. ¿Y dónde está el ingenioso genio que matará a la muerte, si es que se puede saber? Por favor, no me diga que pregunto demasiado.

Continuemos. Decía antes que la relación entre los asedios de Troya y Cádiz parecen ser sucesos estocásticamente independientes, pues, tomar en cuenta lo que sucedió en uno de ellos no serviría de mucho, o de nada, para comprender lo que sucedió en el otro. Pero, pese a lo que a mí o a usted pueda parecernos poco o nada intuitivo, a Rogelio Tizón Peñasco, el comisario de Cádiz en El Asedio, le parece todo lo contrario, y es así como, parecerle por parecerle, a este comisario le parece que hay huellas de tragedia en la arena de la playa gaditana, cerca de donde caen esas bombas francesas que no matan a nadie.

¿Dije «parecer por parecer»? Sí, ya sé que suena a capricho, pero así es Rogelio Tizón Peñasco y al que no le guste, a volar, aire, o sin confesarse se caga en su puta madre. A él, parecerle por parecerle, le parece que, si en su calle cae una bomba que no mata, y junto, o muy cerca de la bomba, hay una niña muerta y desollada a latigazos, entonces, es una tragedia griega, y también le parece, de paso, que Ayante anda suelto.



Si el comisario Tizón está en lo cierto, y hay un Ayante en Cádiz que azota a las mujeres hasta matarlas, emulando al Ayante de Sófocles y si, además, el Ayante gaditano mata a las mujeres en sitios donde caen bombas gabachas, cabe preguntarse, ¿cómo sabe el asesino gaditano dónde diablos caerán las bombas, si ni siquiera los gabachos saben hacia dónde tiran?

Algo anda mal en esta hipótesis. O en Cádiz hay un comisario loco o hay un Ayante muy sabio, muy sabio, muy sabio, o ambas cosas. ¿Es correcta esta correlación entre sucesos históricos o es, realmente, un capricho de la mente de Rogelio Tizón? Si acaso se pregunta eso, déjeme decirle que usted se pregunta demasiadas cosas.

Y yo, ya puesto a mencionar por mencionar, le diré que, no por casualidad, mencioné ese asunto de la estocástica, que, aunque vino a cuento de la correlación histórica entre los asedios de Troya y Cádiz, también alude al problema de correlación entre los mensajeros y las palomas mensajeras, entre el Ayante homicida de ovejas y el Ayante homicida de mujeres vírgenes, entre los traidores y los caballos de Troya y entre la ingeniería militar, la balística, y el ingenio de los jugadores de ajedrez.

Quien siga estadísticamente el patrón de las bombas caídas puede predecir, con cierta probabilidad, el lugar del próximo impacto, pero para quien siga estadísticamente el patrón de muertes, creyendo que se relacionan con las bombas y no que provienen del capricho de la estocástica, primero debe establecer la correlación de estos hechos: caída de bomba-mujer muerta; sobre todo, si a la mujer no la mató el bombazo. Luego, confirmada la correlación, queda el desafío de atrapar al homicida. Demasiado complejo parece todo para ser tarea de un simple comisario.

¿Tiene el comisario Tizón un ingenio comparable al de Ulises? Se supone que no Y si Tizón no tiene la astucia de Ulises, ¿qué otra cualidad tiene para acabar con astucia la tragedia?¿Es Rogelio Tizón héroe o villano?

«… Esto es lo que han hecho conmigo, Ayante, los Atridas y el influyente Odiseo; ojalá que los dioses del Olimpo les premien con penar penas parejas a las mías […]».

Estocástica, probabilidad, estadística, tragedia, azar, caos, ovejas, garrote, látigos, curanderas y cadalso… Genio, zaguanes, venganza, traición, corsarios, mensajeros. Pleamares y borrasca. Vientos, balística y parábolas. Ajedrez, un rey en asedio, una dama, dieciséis vírgenes…



lunes, marzo 29, 2010

Pedro Páramo, de Juan Rulfo

Decidí releer Pedro Páramo porque quería comparar, desde la perspectiva del más allá y desde la perspectiva de la búsqueda hecha mito, las vidas de Teresa Mendoza, La Reina del Sur, y de Juan Preciado, el hijo de Pedro Páramo. La comparación entre Juan y Teresa no es caprichosa porque, de hecho, Pedro Páramo es uno de los libros de referencia de Teresa, ella se sostiene a través de la ficción porque al menos en la ficción hay esperanza, sin embargo con la identificación con Juan es de otra categoría. Las decisiones de Teresa están profundamente influenciadas por Juan Preciado y por Edmond Dantès, El Conde de Montecristo, pero del amigo Dantès me ocuparé en otro momento.

Ellos buscan en Comala un paraíso conceptual, un lugar donde el agua no sea vieja y donde el campo huela a miel fresca.

«... Llanuras verdes. Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con la lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel recién derramada [...]»

Ambos buscan el mismo paraíso, sin embargo. Teresa busca su destino a partir del olvido, de la desmemoria y de la huida de su pasado. Ella rompe la única foto que la vincula a su pasado y hasta se reconstruye a sí misma en una nueva crisálida. Huye de Sinaloa y busca en Comala, su paraíso conceptual, su futuro. Juan, en cambio, camina en dirección a Comala para reconstruir su pasado, para encontrar su identidad. Juan busca en Comala a su padre biológico, Pedro Páramo, oculto entre la vaguedad de las palabras y entre los ojos tristes de su madre.

Ellos siguen el mismo camino, pero con diferentes destinos. Pese a todas las intenciones, Comala es lo que es, una tierra yerma, sin ruidos o con ruidos lastimeros parecidos a tormentos, donde todas las horas del día son iguales, excepto por la aridez y la fuerza del viento.

«… Ahora estaba aquí, en este pueblo sin ruidos. Oía caer mis pisadas sobre las piedras redondas con que estaban empedradas las calles. Mis pisadas huecas, repitiendo su sonido en el eco de las paredes teñidas por el sol del atardecer […]».

«… Sentirás que allí uno quisiera vivir para la eternidad. El amanecer; la mañana; el mediodía y la noche, siempre los mismos; pero con la diferencia del aire. Allí donde el aire cambia el color de las cosas; donde se ventila la vida como si fuera un murmullo; como si fuera un puro murmullo de la vida […]».

«… El agua que goteaba de las tejas hacía un agujero en la arena del patio. Sonaba: plas plas y luego otra vez plas, en mitad de una hoja de laureles que daba vueltas y rebotes metida en la hendidura de los ladrillos. Ya se había ido la tormenta […]».

En las encrucijadas del camino hacia Comala, ambos personajes se enfrentan a la misma pandilla de gatilleros, traficantes y mercenarios. Cinco siglos igual, nada ha cambiado entre el mundo de Juan y el de Teresa. Viven la misma odisea. Unos trafican almas en la iglesia pidiendo diezmos a cambio de bendiciones y otros trafican hachís en el Mediterráneo pidiendo… pues, lo mismo. Unos quieren quedarse con las tierras de La Media Luna y otros quieren quedarse con la ruta de la seda. «¿Y las leyes? ¿Cuáles leyes?».

El pasado de Juan es reconstruido como si alguien mirase un álbum de fotos un poco desordenadas, u ordenadas por ese viento de Comala, tan distinto y tan igual. Este es Fulgor; aquella es mi madre, doña Doloritas, la Lola; aquel es Abundio; aquella es doña Eduviges; aquella es Susana; aquella otra es Ana, la sobrina del cura Rentería, aquel mi padre, don Pedro, y aquel su otro hijo, Miguel Páramo… ¡Qué jóvenes se veían!... Cada uno cuenta una historia, una historia un poco falsa, un poco sesgada y un poco bisbiseada entre huesos y dientes de calavera. Todos están muertos, todos amortajados por el desamor.

Fotos de y por Juan Rulfo

La vida de Teresa es reconstruida de un modo menos caótico; quizás se deba a que casi no hay fotos, porque de las únicas dos fotos que había, una la rompió Teresa. ¡Pinche güero, qué sola la has dejado a la Teresa…! Y la otra foto, la que está con el gallego Santiago Fisterra en la planeadora, no la conocía ella. Porque si no, también la hubiese rajado, a ver si sí.

Comala no solo es un lugar sin tiempo, también es un tiempo sin lugar, porque en Comala no hay retorno. Teresa y Juan van de la mano por el mismo camino; sin embargo, lo diré otra vez, sin embargo, no llegarán al mismo destino.

-¿Se siente mal?
-Mal no, Ana. Malo. Un hombre malo. Eso siento que soy.

Para Teresa, Comala es el mañana. Para Juan, Comala es el ayer. Para mí, y quizás para usted, Comala es un lugar sin tiempo, pero muy cercano al hoy, donde lo pasado aún no pasó y donde lo que pasará está pasando. Todos los días son iguales a ayer y a mañana. Comala, junto con su tiempo no tiempo, es la periferia de la muerte, porque en Comala no hay sueños, ni ilusión, ni esperanza, ni ayer, ni mañana.



lunes, marzo 22, 2010

La Reina del Sur, de Arturo Pérez-Reverte

Teresa Mendoza no es una sociópata como Lisbeth Salander; sin embargo, pese a que no sabe matar ni es rencorosa, sí es capaz de aprender lo que haya que aprenderse, si en eso le va la vida. Nomás la fastidias un tantito y te quiebra. A la chingadera con los cabrones que se la juegan torcida. Pues qué lástima que te hayas jodido, pendejo, códigos son códigos y ahí te van los míos…

Es difícil imaginar las transformaciones que hubo entre la Teresa inocente y chavita de ojos confiados que canjeaba dólares en las esquinas de Culiacán, Sinaloa, y la Teresa Reina del Sur que navega entre las rachas de mar bravo desde Marruecos hasta Finisterre. La recta que separa ambas Teresas está quebrada, fragmentada, llena de alter ego, transformación, caos, y paradoja.


«... qué pasa cuando nada esperas, y cada aparente derrota te empuja hacia arriba mientras aguardas, despierta al amanecer, el momento en que la vida rectifique su error y golpee de veras, para siempre. La Verdadera Situación. Un día empiezas a creer que tal vez ese momento no llegue nunca, y al siguiente intuyes que la trampa es precisamente ésa: creer que nunca llegará. Así mueres de antemano durante horas, y durante días, y durante años. Mueres larga, serenamente, sin gritos y sin sangre. Mueres más cuanto más piensas y más vives […]»

Digo transformación, porque cuando La Situación –un celular que suena mientras se ducha, un güerito que sonríe padrísimo, una ranchera desafinada- promueve a Teresa al siguiente nivel del juego, ella forma la crisálida de la cual nacerá otra Teresa. Y así, Situación tras Situación, se consumen las Teresas del juego.

Digo caos, porque en su vida no hay relación proporcionada entre la causa y el efecto. El simple aleteo de una mariposa o de un Cesna en Sinaloa puede producir un tsunami de la chingada en la mafia rusa.

En este proceso, ella no parece ser la suma de las que fue. Sale de su capullo con un nuevo alter ego y deseando olvidar su pasado: Nomás muérete, si es que aún no te has muerto. Hasta aquí has llegado, chaparra, desde ahora sigo yo. Ya nos vemos. ¿Cuándo se acaba esta transformación?

Órale, compadre, quiubo. ¿Cómo que cuándo se acaba? ¿Qué pinche pregunta es esa? No mames pues. La neta es que se acaba cuando se acaba la baraja, o cuando yo digo que se acaba, cabrón. Se acaba cuando miras pa’ atrás y solo ves el reguero de muertos y nadie te espera ni tantito. Si aún te quedan naipes en la baraja toca jugarlas nomás, pero si la vas a fregar ahorita más te vale que tengas los zapatos puestos, güey, ni modo de morirte en medias. Si es que esta vida estaba acabada nomás antes de empezar el corrido. Pa’ qué me dices que no, si sí.

Es cierto lo que me dice Teresa. Para ella, su vida es como la de los habitantes de Comala, en Pedro Páramo, con la diferencia que ella vive y cree estar muerta.


«... Teresa se levantó entre los destellos de la puerta y la luz rojiza de las velas-... Lo que estoy es muerta. Su Teresita Mendoza murió hace doce años, y vine a enterrarla […]»

«... Ojalá pudieran verla esos perros antes de que les abrasemos la madre, o viceversa. Pues a lo mejor me río de puro miedo a morirme, dijo ella. O de miedo a que me duela mientras me muero. Y el otro asintió otra vez y dijo: pos fíjese que como todos, patrona, o qué pensó. Pero eso del picarrón lleva su tiempito. Y mientras nos morimos o no, igual ahí nomás se mueren otros […]»

Desde la perspectiva del El gran juego, Teresa ha incorporado la sensación de estar muerta como una estrategia salvadora. Ella no teme morir porque se considera muerta. Morir le vale madres, y a partir de ahí todo es ganancia, no puede haber nada peor. Para ella el único camino posible es el de escapar hacia adelante. Vivir sin miedo otorga libertad, y eso representa una ventaja en el contexto de la partida, porque si el fin de la partida es la muerte y no hay temor a la muerte, entonces no hay temor a la derrota.

En la bolsa de Teresa no hay Ego, ni Rencor, y eso es objetivamente bueno, porque esos señores son enemigos consumados del Amor y de la Felicidad; sin embargo, otra vez en el contexto de El gran juego, Teresa no es feliz.



¿Por qué Teresa no es feliz? ¿Acaso ella es un personaje mal hecho o hecho a contracorriente del Mistral Mediterráneo? No lo sé. Yo creo que se parece a muchas mujeres reales, incluso algunos creen que Teresa Mendoza, la Reina del Sur, es en realidad Sandra Ávila Beltrán, la Reina del Pacífico. Este es un mito en el cual, esta vez, prefiero no creer.

De todos modos, por mucho que se parezcan, ya sabemos que esto de los laberintos no es tan sencillo como se lee, y que una cosa son los caminos y otra cosa son los caminantes. Quiero decir que el hecho de que Teresa y Sandra hayan hecho el mismo camino no las lleva al mismo destino. Quizás no baste con ser un buen jugador para ser feliz, quizás la muerte no es, en realidad, el destino del caminante, sino solo una encrucijada más del laberinto, quizás ganar no es lo que parece o lo que uno cree que parece.

Creo que Teresa no es una heroína, al menos no en el sentido que decidimos darle a esa palabra en este espacio; sí puedo decir que es una jugadora digna, en el sentido lúdico. Uno siempre quiere encontrar jugadores que dignifiquen la partida.



lunes, septiembre 28, 2009

La carta esférica, de Arturo Pérez-Reverte

Parece que nunca se acaban, por suerte para este espacio, las historias sobre héroes cansados, sobre hombres y mujeres burlados por el tiempo y por el destino. Estos héroes se hablan de tú a tú con la derrota y con la muerte, pero aun así, pese a todo y a todos, ellos son capaces de hacer llegar su mensaje de victoria, de libertad, o de amor puro.

Coy es un marino que tocó fondo, literalmente. Encalló en algún punto mal señalado en las cartas náuticas. Una junta naval lo obligó a plegar foque y gavia, y a alejarse del timón y de la mar salada durante dos años. Pasa sus horas andando a barlovento por las ramblas catalanas. Como náufrago en tierra firme, encuentra refugio en la melancolía del jazz, en las historias de marinos y en el oleaje borrascoso de la ginebra azul. Su vida son recuerdos y anhelos. No tiene un presente y tampoco tiene dinero.

¿Sus amigos? Algunos están muertos y el resto está a más de ocho millas náuticas de cualquier puerto seguro.

¿Sus amores? ¡Qué pena! No tiene. No hay una “mujer del pescador” aguardando su llegada. Ninguna que mire el horizonte con un punto de desconfianza y otro de temor, cuando soplan el lebeche o el mistral. Solo algunas putas en el puerto o en la periferia, de esas que, como diría el “Torpedero Tucumán”, piden dinero, pero no conversación. El “Torpedero”… ese sí que era un amigo. Era, porque ahora está muerto.

¿Sus pertenencias? Pues lo clásico. ¿Para qué más? Un sextante, tres camisas arrugadas, cuatro libros de aventuras y un puñado de casetes de jazz.

Coy, además de pobre y errante, ni siquiera es guapo.



Alguien tan sencillo, tan desprovisto de equipaje y tan a la zaga de cualquier éxito, es presa fácil del canto de sirenas, ese canto que se carga a los desvalidos hacia el cementerio de los náufragos sin nombre, un canto como el de Tánger. Tánger, dije Tánger… Pero qué hombre no querría encallar en Tánger. Recorrer a ciegas sus accidentes y sus orillas. Qué hombre no desearía quebrar mastelero y remos en su bahía. Tánger, Tánger Soto, la sirena, la bahía, la mujer, la metáfora, la perdición de Coy.

¿Qué secreto guarda Tánger? Cuando dice «Te mentiré y te traicionaré siempre» ¿miente o dice la verdad? ¿Es ella caballero o escudero?

«Pero qué digo. ¿A quién le importan las mentiras mientras estés a mi lado, Tánger?» «No quiero tesoros, solo quiero el mapa, el sistema de coordenadas que me lleve a tu centro.» Pero Coy no es inteligente ¿Cómo sabrá si Tánger miente?

¿Qué quiere Tánger de él? ¿Qué quiere Tánger Soto de un marino sin barco?

Como en una muñeca rusa, capa tras capa, el narrador desvela los misterios de la isla de los caballeros y escuderos. Esta historia, capa tras capa, es una historia de marinos que recorre el paño épico, desde Ulises hasta Tintín, con Eric el Rojo, y desde Jasón con el Argos, hasta el capitán Ahad y su ballena blanca. En otra capa hay una historia de luchas de poder entre la iglesia y la política. Y luego una historia de estrellas polares y de pléyades, de sextantes y de astrolabios. Luego otra de borracheras y de bares tristes llenos de marineros dinamarqueses homosexuales y brasileros desarraigados. Luego una de miserias, de nostalgia de jazz y de melancolía. Una de codicia sin límite y una historia, por fin, de héroes que pese a todo, pese a lo desprovistos de equipaje que andan por la vida, siempre tienen algo que dejar para los hombres de tierra firme y para todos los hombres.


sábado, junio 27, 2009

La chica que soñaba con una cerilla y un bidón de gasolina, de Stieg Larson

Algunos amigos de este espacio, como Jorge Ibargüengoitia, Arturo Pérez Reverte, y ahora Stieg Larsson, no solo se han destacado como periodistas y corresponsales de guerra, sino como autores de novelas épicas o detectivescas y todos ellos han construido, además, personajes de los cuales nos gusta hablar.

Los héroes de sus novelas están un poco maltrechos, y un poco heridos de piedad. En su mundo, como en el mundo de casi todos los héroes, no hay justicia.

La chica que sueña con una cerilla y un bidón de gasolina, la chica que odia a los hombres que no aman a las mujeres, es Lisbeth Salander. Lisbeth vive al límite de todo, incluso de la anorexia. No es atractiva. Es masculinamente femenina, es piadosamente violenta, parcamente expresiva, desnudista pudorosa, suavemente árida…

Decanta sus horas en medio de una indefendible tristeza y, mientras ignora relámpagos y truenos, estudia física astronómica y ecuaciones diofantinas. En su cuaderno de notas ha escrito, rudamente, una ecuación elíptica: x3 + y3 = z3. La anotación parece casual, casi un acto de rebeldía. ¿Por qué Fermat? ¿Por qué una ecuación elíptica? ¿Es un capricho o una metáfora de complejidad?

De pronto, entre putas y estupefacientes, ocurre un triple crimen. Tres víctimas: x, y, z, envueltas en un polinomio cúbico. Lo que parecía una metáfora, es ahora una ecuación obstinadamente compleja, y su solución, el culpable del crimen, parece ser la heroína.

Lisbeth es una heroína del género patafísico, una buscadora de soluciones ingeniosas para problemas complejos. No tiene súper poderes; sus únicos recursos son su sagacidad y su obstinación. La ecuación elíptica no es solo una metáfora de complejidad. Cada hipótesis conduce a un nuevo interrogante cuya solución es aún más compleja.

Tres víctimas: x, y, z. Tres hilos en la investigación: A, B y C -el oficial, el periodístico y el personal-. Las víctimas se relacionan de a dos, pero no de a tres, los hilos se mezclan de a dos, pero no de a tres.

Ella es una heroína muy distinta a otros héroes. Ella nunca es del todo inocente. Es sociópata, no tiene amigos. Ella está sola, sola de soledad y sola de todo. ¿Cómo distinguir a los buenos de los malos si ni siquiera los héroes parecen héroes?



Nadie se mete con Lisbeth Salander, con esa chica que piensa en una cerilla y en un bidón de gasolina… Hace pagar con el infierno a quienes juegan con fuego. Su moral no tiene aristas, ni colores, ni grises, ni sutilezas. No hace falta ser exigente con ella: por las buenas lo da todo, por las malas… mejor se reza uno una plegaria y ordena sus deudas. ¿No perdona? ¿No confía?

En alguna parte de Estocolmo, Lisbeth reparte moral Salanderiana y aquieta las tempestades que trae la incomprensión. Con sus cuarenta kilos de humana, su cara de niña pobre y su metro y medio de poca cosa, siembra claridad. Preocúpese si es de los malos.

Lisbeth Salander es muy simple de entender pero es casi imposible de resolver. Es como la ecuación de su cuaderno de notas. Es diofantina y elíptica. Ella misma es el enigma de Fermat, es de apariencia simple y vulnerable, sin embargo, resiste heroica, y es sumamente compleja. Es breve e inasible. No la encontrará usted entre los héroes de este mundo ni el mundo de los números enteros. ¿Lisbeth Salander conoce la solución del enigma o es la solución?

domingo, octubre 26, 2008

Alatriste, cuando la pluma es más rentable que la espada

La vida de Diego Alatriste es contada por Iñigo Balboa, un joven idealista, fiel y aventurero, que no habla ni mucho ni poco y que practica caligrafía en la penumbra copiando los versos de Lope, de Calderón, de Quevedo y de tantos otros dramaturgos y poetas que deambulaban, calle abajo, desde las mesas de las tabernas y de los mentideros, hasta el cielo de los corrales.

Pero, si los vacilantes manuscritos del joven Iñigo abrevan en la fuente de los poetas, no les va peor a sus pinceladas épicas, pues siguen los luminosos y perdidos pasos de Diego Velázquez, que camina calle arriba, desde la casa de Las Meninas hasta el campo de la rendición de Breda.

Iñigo tiene catorce años, y aún no sabe beber sin respirar. Tampoco sabe si es o si será valiente, quizás lo sepa pronto; solo sabe —o empieza a saber— que la pluma es más rentable que la espada.

Alatriste, en cambio, podría ser su padre. Es mucho mayor, o no tan mayor, pero tiene el cuerpo ya muy cansado de guerras y demasiado remendado de heridas. El capitán Alatriste, un soldado bravo y de malas pulgas, es un héroe cansado.



¿Alatriste es, realmente, un héroe? No lo sé, y lo malo es que pienso que hasta podría ser villano. ¿Alatriste es héroe o villano?

Creo que podría ser ambas cosas, o ser ahora una, y antes otra, y luego otra, dependiendo de la melancolía y de la luminosidad que dejen dos azumbres de alcohol en su mirada. Si después de algunas jarras de vino sus ojos brillan de piedad, quizás vuestra merced quiera juzgar al capitán como gente de calidad; pero si, en cambio, sus ojos se ensombrecen detrás de las nubes del Portillo de las ánimas, es probable que halle usted reproche allí donde otro cree hallar valor.

Sin beber, aligerado de entendimiento como suelo estar en estas horas, puedo sugerir que Alatriste admite virtudes y defectos, como todos, pero las virtudes —allá usted, si las juzga escasas— todas son irrenunciables.

Digo yo que Alatriste ha sido más fiel al Rey, vuestro señor, que a su Dios. A ambos ha desobedecido, pero a uno más que a otro. A ambos ha obedecido, pero a uno más que a otro.

Como soldado obediente a su Rey ha matado a moros, holandeses, tudescos, hombres probos, hombres pobres, hideputa e hijosdalgo, casi todos desconocidos, pero a ninguno ha matado por la espalda. Tampoco ha matado a niños, ni a ancianos, ni a indefensos, ni a ebrios.

Como soldado desobediente de su Rey, no ha matado a todos los que le han pedido que matara, porque para él una cosa es ser soldado y otra cosa, muy distinta, es ser un carnicero.

Como hombre, ha matado por encargo y por cuenta propia. Un hideputa o un Jesús de más y adiós, que te jodan... Rara vez ha sido compasivo con las flaquezas humanas. A pocos, casi a ninguno, les respetó el pedido de clemencia, y a más de uno le entró un palmo de acero toledano en los higadillos mientras le desoía las reclamaciones de confesión y le cegaba la mirada de horror. Por algunas de esas muertes, a veces justas y a veces infames, fue a dar a la cárcel, y por las otras muertes —no importa si justas o infames— sabe que también ha de rendir cuentas tarde o temprano.

Como hombre, no ha vendido el filo de su espada a cualquier precio. Ser espadachín a sueldo no es lo mismo que ser miserable, pues una cosa es el valor y otra es el precio… Entérate. Todo hombre nace con el alma herida de muerte, en cambio la dignidad nace intacta y así ha de irse a la tumba.

Como cristiano, digo por fin, el capitán Diego Alatriste es un hereje de los cojones.

Los hombres deberían ser capaces de elegir la manera en que desean morir y, puesto a elegir, él preferiría morir como un soldado, y así sentir cómo el rigor del acero lo despega de la sombra de sus pies y respirar, quizás unas tres veces, hasta que se le quiten los malos humores junto con las deudas. Si, en cambio, su muerte ha de ser por las malas, entonces para él es mejor que sea la horca, antes que el vergonzoso y vil garrote.

Como vuestra mereced puede comprobar, hasta aquí y por lo dicho, es difícil, para mí, decidir si este hombre es héroe o villano.

Solo diré, como decía el señor conde, que “con hombres íntegros pueden quizá ganarse batallas, pero no gobernar reinos. Por lo menos, no este”.

No parecen buenos tiempos para los héroes. Hay tanta demanda y escasean tanto las cualidades del héroe que cualquiera, con un poco de dignidad y dos o tres onzas de orgullo, es nombrado hijodalgo. No digo que la dignidad sea poca cosa, pero es interesante pensar en cómo esta caracterización de héroe híbrido ha trascendido la frontera de la novela épica, casi histórica, para convertirse, incluso, en un comic.

Yo me he tomado el atrevimiento de comparar a Alatriste con algunos otros personajes híbridos, agridulces, ambientados en un territorio conocido, no de ficción. Casualmente, encontré ese personaje en José Guadalupe Arroyo, el protagonista y narrador de “Los relámpagos de Agosto”. Ambos son héroes y villanos. Ambos rentan su alma por monedas y ambos abren su corazón, según los deje el vino, a las buenas intenciones. Ambos tienen un aspecto polvoriento y fatigado, ambos van siempre atravesados por las finanzas, y ambos son capaces de beber jarra y media de vino sin respirar.

A pesar de que, en mi opinión, ambos personajes tienen muchos puntos en común, digo que Lupe Arroyo, el protagonista revolucionario, definitivamente no es un héroe; y sobre Alatriste, el soldado de Flandes, digo que tengo dudas.

Quizás la respuesta a este dilema héroe-villano esté en la pérdida del valor de la confianza. Uno está ya tan cansado de no poder confiar en nada ni en nadie que, encontrar a alguien, asesino o no, capaz de mirar serena y prolongadamente y capaz de brindarnos la certeza de que no seremos degollados en medio de la noche, por la espalda o indefensos, nos permitiría relajarnos mientras nos cenamos, aunque sea, unas habas algo escasas de sal.