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miércoles, junio 09, 2010

Lolita, de Vladimir Nabokov

Humbert Humbert parece no tener relación alguna con un Don Juan, ni en la interpretación donjuanesca de Zorrilla, ni en la de Poncela. Es cierto que no estuvo ni está en discusión el hecho de que Humbert Humbert sea o no Don Juan, y también es cierto que, en el sentido estricto del mito, un Don Juan no podría jactarse de tener en su lista de conquistas a mujeres que no opongan alguna resistencia, por más temperamento apasionado que ellas pudiesen tener. Si la mujer está indefensa, si no puede pensar por sí misma, si es nínfula, en la jerga del propio Humbert, entonces no hay nadie a quien seducir y su conquista no tiene mérito.

El amor enfermizo que Humbert Humbert siente por Dolores Haze no resiste análisis; no obstante, esa enfermedad tan reprochable y escandalosa, tan culpable y apasionada, tan ateniense y espartana, tan desenfrenada y repugnante, tan exquisita y desesperada, tan salvaje y tan incomprendida le permite construir otro mito, el de Lolita.



El amor de Humbert se derrumba, por contrahecho y por polémico. De las cenizas de ese amor nace Lolita. El mundo de Lolita está poblado de censura, de pecado, de inocencia, de indefensión y de belleza. Quien accede al mundo de Lolita se siente un invasor, y también siente la tentación. Lolita es la encargada de recuperar, para las mujeres, ese mensaje de ambigüedad encerrado en el peligro de la función sin la forma, del continente sin contenido. Lolita es la fruta prohibida más prohibida.

Si Lolita es una mujer inalcanzable por ser prohibida y, si es prohibida porque es indefensa e inocente, entonces quizás podría construirse un alter ego igualmente bello, pero menos inocente y más maduro, que deje una sensación de prohibición, sin que sea una prohibición químicamente pura. Si Lolita no es posible, quizás un disfraz de Lolita sí lo sea.

Hubo mujeres, incluso mujeres del mundo real, que tomaron para sí el modo de ser Lolita, y transformaron su cualidad más esencial, la de de inocencia, en aparente inocencia. Sin la cualidad de inocencia, Lolita es capaz de pertenecer a este mundo, y hasta puede convertirse en un modo de ser, en moda: Lolita-dark, Lolita-pop, Lolita-gótica, Lolita-retro, Lolita-a gogó…

Muy pocos conocen quién es Humbert Humbert, apenas un Don Juan y un consumado Don Nadie, pero son muchos los que conocen quién es Lolita, y sueñan con asomarse a su mundo prohibido para recrearse y repararse con el mito. Lolita debe ser inalcanzable, como la muerte, y por eso debemos consolarnos con mirarla a través de los ojos de otro, o a través de un espejo, o debemos consolarnos con ver su disfraz, o su caricatura.



martes, abril 20, 2010

Pero…¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, de Enrique Jardiel Poncela

Para un hombre, parece tentadora la idea de que poder acceder a la categoría de Don Juan pueda equipararse a un acto heroico. Al menos a priori, la categoría de Don Juan cumple con las propiedades y tópicos de los héroes. Sin duda, la interpretación es tendenciosa, puesto que hay una torsión del significado de hombre: los héroes no solo piensan en el hombre en términos de género, sino en el hombre como especie humana, pero por el momento eso es solo un detalle.

Veamos. Si un Don Juan es un héroe, entonces ¿cuál es el mensaje que trae para comunicar a todos los hombres? No sé qué pensará usted acerca de las respuestas, pero a mí me interesa especialmente que un Don Juan comunique los secretos ocultos en su manual de práctica, me interesa que comunique una guía, paso a paso, sobre lo que debe y lo que no debe hacer otro hombre en el camino de la seducción. Sé, no obstante, por aquello que alguna vez comentamos sobre que las dificultades para recorrer los laberintos son propias de cada caminante, que es probable que muchos pasos de esa guía resulten intransferibles.

El camino de la seducción no parece difícil y, si acaso es difícil, no parece imposible, pues muchos hombres han logrado trascender a la categoría de Don Juan, y no me refiero solo a los donjuanes literarios. Tomo por ejemplo el caso de Pedro Valdivia, un Don Juan llamado Pedro. ¿Cuánto éxito tuvo Pedro? Pues, si se mide el éxito en cantidad de lechos femeninos visitados, entonces el éxito de este Don Juan llamado Pedro es de 36.857, un éxito más que contundente si se considera que el tiempo que invirtió en alcanzar ese número de conquistas es de solo veinte años.

Me interesa el caso de este Don Juan porque, además de ser un héroe exitoso, es un héroe que cumple con el canon de indicar el camino de la trascendencia a otros hombres. Don Pedro, o el Don Juan llamado Pedro, tiene una ficha técnica de cada una de sus miles de conquistas.

Acá transcribo solo veinte sistemas de seducción diferentes:


1. ... La seduje enamorando a su mejor amiga.
2. ... con regalos.
3. ... fingiendo que no me gustaba.
4. ... hablándole de cosas que no entendía.
5. ... explotando su snobismo y asegurándole que las mujeres honestas tienen siempre un aire regular y provinciano.
6. ... con lirismos.
7. ... emborrachándola de champagne.
8. ... haciéndole creer que mi amor la obligaría a adelgazar.
9. ... fingiéndome tímido.
10. ... disfrazándome de sacerdote.
11. ... estudiando a fondo al marido y presentándome ante ella con todos los vicios de él y sin ninguna de sus virtudes.
12. ... asegurándole que tendríamos un hijo.
13. ... afirmando que no existía peligro ninguno de tener hijos.
14. ... mirándola a los ojos.
15. ... a besos.
16. ... prometiendo darle todo lo contrario de lo que ella ya poseía.
17. ... fingiendo un suicidio.
18 .... imbuyéndole la idea de que era mi protectora.
19. ... a fuerza de silencios.
20.... con caricias enervantes.
...

Y acá algunas definiciones sobre los tipos de objetivos:


«… Las más fáciles

–Aprenda usted que las mujeres más fáciles son las casadas.

–¿Las casadas?

–Sí. Por cinco razones.

Y las expuso:

PRIMERA: Porque han gustado ya la mecánica enloquecedora del amor.

SEGUNDA: Porque sabiendo cómo es un hombre les interesa con más ahínco saber cómo son los demás.

TERCERA: Porque disponen de persona solvente a quien endosar los posibles hijos.

CUARTA: Porque la sociedad —que le pone el pie para que caiga, y luego no le perdona la caída a la mujer soltera— ampara el pecado de la casada, si esta lo ejecuta de un modo hipócrita.

QUINTA: Porque en el adulterio se cumple una ley física necesaria para la vida: la ley del equilibrio; y así vemos que en el hecho de elevar a un ser —el amante— la mujer causa el despachurramiento de otro ser: el marido.
Continuó:

–Y por lo que afecta a las casadas, no retroceda nunca dejándose llevar del sentimentalismo; no le preocupe la idea de que va a causar el oprobio de un hombre. Piense usted en que ese mismo hombre, en cuanto puede, causa también el oprobio de un tercero. ¡Cuántas veces el marido engañado, que nos da lástima, está en aquella misma hora sintiendo lástima de otro marido al que engaña él!...

–¿Y cómo saber que le gustamos a una casada, Valdivia?

–¡Eso es lo más fácil! Cuando la casada le diga a usted
“mi marido no me comprende”, puede ir ya alquilando un piso para entrevistarse con ella hasta que se dé cuenta de que usted “no la comprende tampoco” […]».

El hecho de considerar el éxito desde la perspectiva cuantitativa puede hacer dudar sobre la calidad de los héroes que estamos juzgando ─sin duda, habrá quien diga eso de "es mejor poco pero bueno o aquello otro de es mejor malo conocido que bueno por conocer"…─ y también hace poner en duda la verosimilitud de la marca, pues 36.857 mujeres en veinte años es equivalente a 5 mujeres por día:

36.857 / (20 * 365) = 5,…

Puesto así, bajo el imperio de los números, ya no parece ni tan posible, ni tan deseable recorrer el mismo camino que el de Don Juan llamado Pedro.



En Pero…¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, el seductor se muere de sobredosis de seducción y Don Pedro, más que un héroe, parece imbécil. El paradigma del Don Juan o el Don Juan como héroe se ahoga en su propia sopa. ¿Querías seducir? Ahí te van dos tazas… Cuantos más éxitos tiene, más solo está, y más alejado de la misión superadora se encuentra.

Debo decir que no es grato para mí comunicar la derrota de los héroes nostálgicos y románticos. En Pero…¿hubo alguna vez once mil vírgenes?, Pedro Valdivia, el Don Juan llamado Pedro, se muere de sobredosis de seducción. Es el fin del seductor con melena de corte carlovingio, y es el fin del seductor que ahoga sus penas entre tangos y jazz. También debo decir que, por suerte, Pero…¿hubo alguna vez once mil vírgenes? es una novela, y en las novelas, las muertes nunca son para siempre.