viernes, octubre 30, 2009

El viejo y los perros, la leyenda

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-No creo que los perros tengan ánimo para partir de amanecida -comentó el sujeto como si hablara consigo mismo.

-¿Y dónde piensas ir tú y los perros con este clima? Al menos espera a que escampe un poco. Mira lo que te digo, sobrino. Que te he buscado por toda la cuesta, pa’ arriba y pa’ abajo. Asuerte que me ha dicho algo el marido de la Dolores, que no es marido. Yo vengo a andar y, na mas veía alguno, le decía que si había visto al mi sobrino, que es que me llueve dentro de la casa y yo no me valgo ya para las cosas del tejado. Que necesito al mi sobrino.



-Casi, casi que pa' tres bártulos que llevo como que no necesito perros. ¿Que dice usted, tía? Lo único que sí, que sí que los echaría en falta. Por la compañía y por lo de la negrura, padre cura. Dicen que andan las arpías en el linde de la Cauta, subiendo ande las bodegas. A que los perros no se asustan de las arpías, a que no. No se preocupe usted por las tejas, tía. Ahora mismo se las emparejo y le arreglo la estancia. Ya verá que pronto entra en calor.

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martes, octubre 27, 2009

En medio de ninguna parte, de John Maxwell Coetzee

En medio de ninguna parte es una parte yerma del desierto en la que se nutre el corazón de Magda. Ahí está su humanidad, su inspiración y su soledad.

Magda está en el lugar donde se transmuta la realidad, donde la conciencia se parece a la locura. Ella vive en un mundo de palabras en el que todo es posible y, sin embargo, nada se concreta. Su mundo imaginado, ninguna parte, no tiene entidad alguna, ni siquiera en el desierto. El dolor es algo, al menos el dolor es algo. Si al menos sintiera dolor…




«… Vuelvo a encontrar mi antiguo sitio junto a la pared, un sitio cómodo, neblinoso, lánguido incluso. Cuando empiece a pensar, no podré averiguar si ha de ser pensamiento o si será sueño… ».

En su interior todo está tan vacío y desolado como afuera. A Magda la atraviesa el viento, ni el viento la reconoce. De pronto, algo ha pasado, algo cambió. La soledad parece menos intensa, menos repleta de palabras. ¿Qué historia está contando? Algo pasa. Esa es la historia, ha dejado de pasar nada. El diálogo interior no cesa y lo que ha sucedido, lo distinto, de pronto no tiene principio ni fin. Lo distinto no tiene forma. La historia es atravesada por el contenido. Ha dejado de haber un vacío en ninguna parte. A Magda parece no importarle qué sea lo nuevo.

«… ¿Acaso, me pregunto, soy algo más que una mera cosa entre las cosas, un cuerpo propulsado a lo largo del camino por los tendones y las palancas de los huesos, o soy, antes bien, un monólogo que se desplaza a través del tiempo, a unos palmos sobre el nivel del suelo, si es que el suelo no resultara ser simplemente una palabra más, en cuyo caso es evidente que he vuelto a perderme?...».

Quizás mató a alguien, quizás el limo del río, por fin, tiñó de gris sus delgadas piernas. Quizás siente dolor y siente el sabor a sangre en la boca. Quizás se sintió ultrajada, o celosa u olvidada. Quizás todo, o quizás nada. Una y otra vez, ella anota en su cuaderno lo que ha sucedido, pero nunca lo cuenta igual; nunca parece lo mismo.

«… Pasa el tiempo, una neblina que se adelgaza, se espesa y se la traga al fin la oscuridad. Lo que considero dolor, aunque no es más que soledad, empieza a apartarse de mí. Se me deshielan los huesos de la cara, vuelvo a ablandarme, un blando animal…».

Su madre no está, tampoco tiene un recuerdo de ella, ningún relicario conteniendo un rizo, ninguna foto ajada y sepia, ninguna zapatilla de bailarina, ningún vestido de domingo con olor a guardado, nada que dé testimonio de sus raíces. ¿Raíces? ¿Pertenece Magda a alguna parte? ¿Quién se llevará su virginidad, sus artes culinarias, la tibieza de sus pies? ¿A quién le importan sus raíces?

«… ¿Quién, entre nosotros, es la bestia? Mis cuentos, cuentos son; no me asustan; tan solo posponen el momento en el cual he de preguntarme: ¿Es mi propio gruñido lo que oigo entre la maleza? ¿Soy yo a la que hay que temer, voraz e inmoderada, porque aquí, en medio de ninguna parte, en donde el espacio irradia de mi interior hacia las cuatro esquinas de la tierra, nada hay que baste para detenerme?».

La vida de Magda está en ninguna parte y está en todas partes, parece contaminada del nihilismo de Céline, que acompaña a la pandilla de fantasmas del fin de la noche; está en la atormentada vida de Malone, de Becket; en el cementerio de hormigas y en el aljibe de Celestino, de Reinaldo Arenas; en el calor del desierto de Onitsha y de Canta la hierba. La vida de Magda es maravillosamente nada y, sin embargo, está en todas partes.

«… Alguien tuvo que construir el edificio de la escuela, llenarlo de útiles escolares, poner un anuncio en la sección de anuncios semanales de la Gaceta Colonial para solicitar el concurso de una maestra, recibirla en el apeadero del tren, darle alojamiento en la habitación de invitados de su propia casa, pagar su estipendio correspondiente con el objeto de que los niños de este rincón del desierto no crecieran sumidos en la barbarie, sino que fuesen, con el tiempo, dignos herederos de todas las épocas que nos han familiarizado con la rotación de los cultivos, con Napoleón, Pompeya, los rebaños de ciervos que pueblan las heladas extensiones allá lejos, la anómala expansión del agua, los siete días que duró la Creación, las comedias inmortales de Shakespeare, las progresiones aritméticas y geométricas, las claves mayor y menor, el niño que metió el dedo en el arroyo, Rumpelstiltskin, el milagro de los panes y los peces, las leyes de la perspectiva y muchas cosas más…».


martes, octubre 13, 2009

El maestro de Go, de Yasunari Kawabata

Es difícil para mí hacer un comentario sobre esta novela porque ella en sí misma es un comentario, casi un documento periodístico —el estilo preferido del autor— sobre la última partida del maestro Shusai, el Maestro de Go.



La partida duró casi siete meses, aunque solo hubo catorce sesiones. Los detalles de cada sesión y de los pormenores y entredichos entre los rivales fueron recogidos por Kawabata en algo más de sesenta artículos publicados en periódicos especializados del mundo del Go.

Estos pocos datos, apenas estos pocos, tan sumarios y abstractos, presentan para mí grandes incógnitas. ¿Cómo es posible que una partida dure siete meses? ¿Qué enseñanza transporta el Go que motiva a Kawabata, un premio Nobel, a convertir cifras en novelas poéticas? ¿Qué es, en definitiva, el combate?

Algunas de las respuestas las descubrí durante la lectura de la novela, pero otras aún flotan en el aire y esas son, precisamente, las que vengo a compartir.

Yukio Mishima, en su Caballos desbocados, planteaba un arte superador, pero no a través del arte del Go, sino a través del arte del Kendo. La relación entre maestro y alumno se daba entre el juez Shigekuni Honda y el joven e impetuoso Isao: un juez y un samurái.

Del mismo modo, Yasunari Kawabata, en su Maestro de Go, también establece una fuerte relación con sus personajes. El autor es parte de su arte, no se limita a documentar la partida. La relación maestro y alumno es, en este caso, mucho más obvia. El rival del maestro Shusai es el joven Otake.

Tanto Mishima como Kawabata hablan de una lucha que trasciende el tablero, lo blanco y negro del Go, o lo azul y rojo del Kendo. Hablan de la lucha por la conservación de las tradiciones, significado que para el Japón tiene el arte del combate y el Go. Hablan de la lucha entre lo etéreo, frágil y sublime versus lo nuevo, lo avasallador y vital. Hablan de la paradoja en la cual el alumno vence al maestro.

“… Del camino del Go, la belleza de Japón y del Oriente se habían desvanecido. [...] Uno conducía el enfrentamiento con la única meta de ganar, y no había margen para recordar la dignidad y la fragancia del Go como arte [...]”.

Las relaciones entre los autores y sus obras, entre los autores y sus personajes, y entre los autores y Japón, también se sostienen entre los propios autores. Kawabata era maestro y mentor de Mishima y ambos, curiosamente, se suicidaron sosteniendo sus tradiciones en el puño. Digo curiosamente porque tanto en el Kendo, un arte de defensa personal, como en el Go, el suicidio no es parte del plan. El Go tienen muy pocas reglas y una de ellas es la de no permitir que una pieza se suicide.

Ciertas relaciones parecen trascender las barreras físicas. Los personajes de Mishima sostienen su vínculo a lo largo de varias vidas. Isao es la reencarnación de otro alumno de Honda, me refiero a otro cuerpo, pero la misma energía. Esto también se da, decía, entre Mishima y Kawabata, y entre Kawabata y el maestro Shusai, a quien Kawabata le saca fotos el día de su sepelio. Ya hemos visto algunos casos semejantes, como los de Teresa, la protagonista de La insoportable levedad del ser, y Ana Karenina, y la misma relación entre los autores de estas últimas novelas y Nietzsche.

Como decía Kundera, uno parece ser convocado por los temas, parece ser llamado a escribir sobre aquello que desea escribir, aunque parezca que escriba otra cosa.



Algunas sesiones de la última partida

viernes, octubre 02, 2009

La leyenda de la bicicleta blanca


LA BICICLETA BLANCA



El flaco que tenía la bicicleta blanca;
silbando una polkita cruzaba la ciudad.
Sus ruedas, daban pena: tan chicas y cuadradas
¡que el pobre se enredaba la barba en el pedal!

Llevaba, de manubrio, los cuernos de una cabra.
Atrás, en un carrito, cargaba un pez y un pan.
Jadeando a lo pichicho, trepaba las barrancas,
y él mismo se animaba, gritando al pedalear.

"¡Dale, Dios!... ¡Dale, Dios!...
¡Meté, flaquito corazón!
Vos sabés que ganar
no está en llegar sino en seguir..."

Todos, mientras tanto, en las veredas,
revolcándonos de risa
¡lo aplaudimos a morir!
y él, con unos ojos de novela,
saludaba, agradecía,
y sabía repetir:

"¡Dale, Dios!... ¡Dale, Dios!...
¡Dale con todo, Dale, Dios!..."

Pero cierta noche, su horrible bicicleta con acoplado entró a sembrar una enorme cola fosforescente. ¡Increíble!: los pungas devolvían las billeteras en los colectivos; los poderosos terminaban con el hambre; los ovnis nos revelaban el misterio de la Paz; el Intendente, en persona, rellenaba los pozos de la calle, y hasta yo, pibe, yo que soy las penas, lloré de alegría bailando bajo esa luz la polka del ciclista.

Después, no sé, ¡te juro!, por qué siniestra rabia,
no sé por qué lo hicimos ¡lo hicimos sin querer!,
al flaco, ¡pobre flaco!, de asalto y por la espalda,
su bicicleta blanca le entramos a romper.

Le dimos como en bolsa, sin asco, duro, en grande:
la hicimos mil pedazos... Y, al fin, yo vi que él,
mordiéndose la barba, gritó: "¡Que yo los salve!..."
Miró su bicicleta, sonrió, se fue de a pie.

(Mi viejo Flaco Nuestro que andabas en la Tierra: ¿Cómo te olvidaste que no somos ángeles sino hombres y mujeres?)

Flaco,
no te quedes triste,
todo no fue inútil,
no pierdas la fe...
en un cometa con pedales
¡dale que te dale!
yo sé que has de volver...

Intérprete: Raúl Lavié
Letra: Horacio Ferrer
Musica: Astor Piazzolla