domingo, agosto 23, 2020

La Casa Alemana, de Annette Hess

Parece un buen momento para convocar a los héroes, a quien nos pueda ayudar o nos despierte de este letargo en el que estamos atascados. ¡Cómo cuesta despertar! Si hasta parece que Belfagor, la gárgola de la pereza, nos repitiese en sueños que no hacer nada es lo mejor que podemos hacer.


Todo es lento y pastoso; el reloj no avanza, pero las cosas pasan. La realidad es fantasía y la ficción es cada vez menos enigmática y ajena.


¿Voluntarios para la lucha? No se atreven. ¡Cuánto miedo, cuánto miedo primordial!


Convoco al señor Otto Cohn. Lo sé triste, muy triste, pero el don de la Memoria. Permítame sujetar su sombrero mientras usted lucha.


«… Como cada noche, había dormido vestido. Como cada mañana, se puso el sombrero negro de ala estrecha y sacó de la maleta una bolsita de terciopelo azul marino con caracteres hebreos. Se miró en el espejo y constató, satisfecho, que la barba le había crecido y ya le llegaba por debajo del cuello de la camisa. Cuando, poco después, cruzó la recepción con el abrigo puesto y, al pasar, dejó la pesada llave en el mostrador sin saludar, el propietario de la pensión no lo detuvo para invitarlo a desayunar en la pequeña habitación que había detrás de recepción. Sólo lo había hecho los primeros días: «El desayuno está incluido en el precio». Todas ellas en vano. Después de que, una vez más, Cohn abandonara la pensión sin desayunar, el propietario le dijo a su mujer, que salía de la cocina con una cafetera llena de café recién hecho, que seguro que ese cerdo judío iba otra vez a rezar. Su esposa lo aplacó: ya habían sufrido bastante, no era preciso seguir machacándolos. Había leído en el periódico que, nada más llegar, a las personas «las sectariaban, o como se diga». Unas para morir y las otras para trabajar, donde, así y todo, también morían poco después […]».

¿Usted señorita Sissi querría ayudarnos? Es optimista y tiene el don del Consuelo.


«… Para entonces Sissi ya había colgado sus catorce medias. Algunas puntas goteaban, y el agua iba a parar con suavidad al suelo de piedra y al muslo de David. Sissi dijo que le dolía la cabeza. Que no era bueno acordarse de las cosas malas. —¿Sabes? —dijo mientras le abría un botellín de cerveza a David—. Yo tengo aquí dentro una habitacioncita. —Se señaló el vientre, justo debajo del corazón—. Ahí lo tengo metido todo, he apagado la luz y he cerrado la puerta. Ese sitio a veces me oprime, y tomo una cucharadita de bicarbonato. Sé que sigue ahí, pero, por suerte, ya no sé lo que hay dentro. ¿Cinco rusos? ¿Diez rusos? ¿Mi marido muerto? ¿Cuántos hijos muertos? Ni idea. La puerta está cerrada y la luz apagada […]».

Descartaré al señor Walther Schoormann porque ha perdido la Esperanza.


«… desde que había enfermado, solía permanecer horas en el pequeño cobertizo del jardín, sentado en una banqueta y mirando la ventana enrejada, como si fuera un prisionero que hubiese abandonado toda esperanza […]».

Quisiera rescatar a Stefan, pese a su juventud. Tiene el don de la Inocencia y la bondad. Nadie mejor que Stefan para enseñarnos que q1uerer es crear.


«… Tras envolverlo en una manta vieja, tendieron a Purzel en una caja de cartón que procuró Ludwig, en la que ponía: «Harina para salsas Pronto, la única que no forma grumos». La familia añadió toda clase de ofrendas funerarias: la madre llevó una rodaja de embutido italiano; Annegret ofreció un puñado de caramelos de frutas, los verdes, que no le gustaban y que había apartado por ese motivo. Eva sacó de debajo del sofá, en la sala de estar, el juguete preferido de Purzel, una pelota de tenis mordisqueada. Stefan estuvo pensando un buen rato, sin dejar de hipar y sollozar, si meter en la caja su carro de combate de cuerda, pero al final se decidió por diez de sus mejores soldados, que protegerían a Purzel en caso de que en el cielo de los perros también hubiese perros malos. Después dejaron que Stefan eligiera quién quería que durmiese con él en su habitación. El niño dijo: «Todos juntos». Tras discutirlo, finalmente fue Eva quien durmió con él, abrazada al cuerpecillo del niño mientras éste sorbía por la nariz y lloraba dormido. La caja, atada con una cuerda, estaba ante la cama. Edith escribió en la parte de arriba con una pintura azul oscura […]».

…además su amor eta intacto.


«… —No quiero ni la bici ni el perro. No quiero que me regalen nada, sólo quiero que vengas a casa en Navidad. […]».

Finalmente, quisiera que Andreas Rapaport fuese nuestro estandarte. Sera nuestro para que y el portador del mensaje que debe llevar todo héroe.


«… señaló el espacio que quedaba sobre la litera inferior. Ellos lo imitaron y miraron por detrás. En un principio Eva no vio nada, salvo una pared de madera tosca, por la que en invierno debía de entrar el frío glacial, pero cuando siguió el dedo del hombre, distinguió la letra desvaída en la madera. Alguien había escrito algo en húngaro en la pared: «Andreas Rapaport, vivió dieciséis años». El trabajador lo leyó, y los visitantes, que estaban arracimados alrededor de la litera, repitieron en voz baja el nombre y recordaron al testigo que había hablado de Andreas Rapaport, que escribió su nombre en la pared con su sangre, que sólo vivió dieciséis años […]».