martes, julio 09, 2013

La leyenda de la tautocrona

Cuando la evidencia se burla de la intuición, la perplejidad resulta inútil. Una y otra vez la esfera caerá a tiempo, igual que antes, igual que siempre; sin contradicción, sin Caos, sin otro destino alternativo que el de repetirse, tautológica.

Un día, dirán los narradores, que encontraron su imagen, aún tibia, custodiando a la Reina Hasechpsut en el Templo de Dei el Bari, y la bautizarán, otra vez: «la curva de la belleza».


miércoles, febrero 20, 2013

Lo topológico y la tautocrona

Antes de ser acusado de robar un protagonismo que no me pertenece, quiero tomar la precaución –tan inútil como improcedente y exagerada– de advertirle al lector que contaré una breve anécdota personal, algo resfriada de apuro y hasta, probablemente, falsa.

Muchas veces me he preguntado cómo era la primera versión de esta historia y otras tantas veces he maldecido mi suerte al no hallar respuesta. Algunos de los detalles y emociones originales ya han sido declarados fugitivos de mi memoria y muchos de los que aún conservo, como dije, no merecen toda mi confianza.

En algún otro momento de mi vida hubiese preferido justificarme ante los caprichos imprevisibles del olvido diciendo alguna frase más elocuente como, por ejemplo, «… aquellos recuerdos los he transitado y acechado tantas veces que se han tornado casi irrecuperables […]»; sin embargo, hoy, que soy un poco más miserable, que ya no tengo el hábito de pensar y que estoy casi con el invierno encima, solo diré que el paso del tiempo ha sido indiferente ante mi deseo de perpetuidad.

Me limitaré a contar, entonces, lo poco que recuerdo ahora. No han de esperarse, ni rastros de verdad, ni prodigiosas revelaciones.

Treinta años después de aquel encuentro puedo afirmar, sin que se me escape un supongo o un me parece, que era viernes cuando visité su casa. Me recibió con una sonrisa de infancia, generosa y sostenida, elemental y rotunda, frágil y provocadora, como la verdad. Una sonrisa tan hospitalaria que hubiese podido echar raíces.

Vivía en la última calle de la barriada, cerca del antiguo bar El Silencio, aún hoy en la víspera de su remodelación. Vivía justo allí donde casi nadie acostumbra a merodear después de ciertas horas y donde cada vez hay más de menos. La casa ocupaba la planta superior, al final de una escalera sombría de color gris, muy gris. Si no fuera por el fugaz alivio de oírla cantar mientras hacía las tareas de la casa y por la ropa blanca tendida al sol, diría que todo aquello tenía una atmósfera de precario, de sospecha y de abandono.

Por entonces, en La Villa se aventuraba –y quizás haya sido cierto– que la protagonista de esta historia era hija de un poeta arrogante y hostil que lubricaba sus versos con anís y que gastaba sus ahorros en bares desolados. Si doy por cierto aquel rumor propagado, entonces es probable que esa fuera la causa por la cual ella no hubiese aprendido a gobernar sus sentimientos.

Para mí, de todos modos, en aquel momento ella era una hija legítima de la Ambrosía y del Desconcierto; un diorama sensual y triste, abandonado y alegre. La recuerdo vigente, como todo lo que no fracasa.

Tenía extraños rituales como el de poner, junto al buzón de la entrada, una alcancía de colectas para las causas simples; o el de adherir emotivamente a cualquier manifestación que auspiciara la mentira de una noche. Casi siempre iba descalza y decía no temerle al futuro. No era fiel al reloj y hasta solía detenerlo en las horas más calientes. Estaba hecha a la medida de sí misma. Se apartaba de los refinamientos cosméticos y prefería narcotizar a sus visitantes con el erotismo de la piedra, antes que con el de los aromas.

Con un ademán propio de los fabricantes de intrigas me señaló el camino hacia el interior de la casa. Me aventuré detrás de ella; miré sus piernas con libertad y sin vergüenza. Recuerdo haberme sentido muy terrenal y sumiso ante lo genuino. Caminaba delante de mí con paso de paseo, como si no tuviese apuro, o como enhebrando el calor del mediodía con algún pasatiempo frívolo que, aún hoy, ignoro. Su forma de caminar no estaba estructurada alrededor de un sendero, parecía no tener destino, ni propósito. No lo digo por asombrar, pero aseguro que, seguir sus pasos, representaba una burla topológica, un juego de timadores… De su forma de caminar me sentí víctima, antes que devoto.

Verla caminar no requería de códigos visuales, todo en ella era de una dureza espléndida. Con un arte aparte, rasgaba lo continuo y creaba mundos a los que, una vez abandonados, era imposible volver. La imaginé caminando por una senda de especulación, un poco a ciegas y un poco dolida, como quien vuelve de la guerra, o como quien sabe, desde muy temprano, que no puede conocerlo todo; o como quien sabe que nadie, o casi nadie, podría acompañarla.

Sus primeras palabras fueron:

─Aunque no tengo ovejas y mi única compañía es un perro mudo, vivo la vida sencilla de los pastores y, como ellos, no tengo la reputación que merezco. Viviré una vez y basta. No te asombres por la incomodidad o el silencio. Habrás mirado mis piernas mientras subíamos, ¿no es así?

Yo, cobardemente, callé.

El interior de la casa era dolorosamente familiar. Había un clima de historia y seducción, de dolores y delicias, con herrajes ocres, muchos objetos rezagados y algunas piedras curativas. No había cortinas ni visillos. El piso era de madera y sobre las paredes había, pegadas, publicidades de cine. Sobre la mesa estaban apiladas varias cartas sin leer, sujetadas por algunas esferas de cristal de roca y oro. Cerca de las cartas, o quizás no tan cerca, estaba el retrato de ella, su padre y una mujer con los ojos ilusionados.



Contra la pared del fondo había un sillón de tres cuerpos; ahí me senté. A mi izquierda estaba la cocina. Ella hablaba desde ahí mientras organizaba sus cosas.

–Dicen que mi padre murió en el hospital después de haber sido apuñalado en una discusión desapasionada y envuelta en motivaciones superficiales. Nunca supe ni quise saber, si fue protector de la fecundidad, catador de cicuta o, como dicen en el pueblo, poeta. Solo pretendí conocer su paradero y dar con mi sangre, pero ya ves… nunca se encuentra lo que se busca. Estoy casi en el estado puro de la miseria; brutal, como el ámbar, o como lo que se goza más de lo que se entiende. Con los favores de los hombres que me visitan he podido, hasta hoy, controlar las calamidades de la embriaguez, de la soledad, de las mordeduras de las ratas que husmean en la decepción y de algunas otras desgracias aun más tenaces. A mis visitantes les debo algo, aunque creo que, por venganza, aún busco que los hombres –especialmente los esquivos y los reincidentes– se pongan a mis pies.

Se sentó delante de mí sobre un taburete de mediana altura –es posible que sus pies llegaran al piso, no lo recuerdo–. Luego, sin urgencia, con una mezcla de perspicacia y rigor, me empujó hacia atrás sobre mi asiento. Mientras sonreía con esa sonrisa tan a favor de la vida, puso sus pies sobre mi camisa y escribió misteriosos signos, muy cursivos, agridulces e indelebles. No recuerdo si también los subrayó.

Es curioso, pero suelo pensar que, a partir de aquel momento, quedé marcado y dividido, como si cada parte de mí no supiera nada de sí misma ni del todo. Aquellos signos, o aquellos pasos sin destino que ella había dado sobre mi pecho, convirtieron todo lo probo en profano y la casi totalidad de los afectos sensibles, en ambiciosas maneras.

Me quitó la camisa y me hizo recostar boca abajo, en el sillón. Luego se sirvió una copa de vino y recogió las esferas de roca que estaban sobre la mesa. Volvió a sentarse sobre el taburete y volvió a sonreír. La belleza de sus piernas era casi insoportable. Quizás también bebí los restos del vino de salvación que quedaban en la copa.

–Habrás notado que mi perro es mudo y no sabe dar bienvenidas, pero aun así me defiende, en el silencio, de situaciones vejatorias. Muchos hombres vienen hasta mí dispuestos a enamorarse, pero luego, frente a la intuición de lo imposible, o frágiles ante el amor de un día que les propongo, pierden la frescura y el entusiasmo. Debes quedarte quieto, mientras te expongo al rigor de las curvas de la belleza .

Ella deslizaba las esferas por mi espalda, con sus pies. No debería yo confesar que, entonces, no supe si aquellos movimientos, para mí perfectos, eran azarosos o determinados por indispensables; si eran parte de un ritual o de alguna idea insana y subversiva, o si eran el experimento de la promiscuidad científica. Hoy tampoco sé, porque he perdido la evidencia, si acaso fue la piedra la que erotizó el cuerpo, o si fue que con el resto de aquel vino expulsa lombrices me bebí todos sus secretos. Yo, menos sofisticado, ajeno al magisterio técnico y al purismo de las formas, solo puedo pensar en la belleza de las curvas.

–¿Sabías que si apoyo las esferas en diferentes puntos de tu espalda y dejo que se deslicen, ambas llegan juntas al final de su recorrido? Es una cualidad mágica de la curva tautocrona, la curva del tiempo. Si fuera profana, diría que es obra de la naturaleza, pero como vivo en medio de la tempestad de la magia, me permito sugerirte que dejes de poner artemisa en tu sopa. Tu casa también debe estar encantada… No tengo palabras reparadoras, pero puedo trazar, con mis pies, contornos que impidan que los cuerpos se corrompan. Con ellos puedo desbastar la piedra y hasta puedo crear un paraíso donde se den cita la esperanza, la miel, el vino y donde no existan las promesas incumplidas… No me creas. Le creí.

Cruzada de piernas sobre el taburete, movía su pierna libre sobre mí pretendiendo transformar la forma, remediando, acudiendo en socorro de algún músculo desolado, recrudeciendo la sensación del contacto. No usaba aceite de cedro ni de moringa.



Como sobre cada hombre que la visitaba, caminó por mi espalda buscando la huella de sus ancestros, su sangre antepasada. Tal vez, por un rarísimo pacto, o por encanto, en aquella mujer se habían reunido la inconsolable decepción ante la pérdida de la identidad, la sutil belleza de la geometría y el sofisticado conjunto de todos los hombres imaginables que han sido imaginados alguna vez, incluso los hombres que no existen. Ella atravesaba ese conjunto de hombres paso a paso, utilizando las curvas, los atajos de la pena del hombre abandonado y trazando sobre ellos signos para evitarse, así, el trabajo de volver a recorrer el camino recorrido.

La calle más antigua de La Villa guarda su secreto. De su casa me fui al amanecer, después de beber una botella centenaria llena de simbiosis de uva y hongos. Me fui marcado.

Aunque nunca quise volver a la calle del bar de las vísperas, El Silencio, imagino que, como otros tantos hombres imaginados, le escribí algunas cartas, pero jamás las contestó.