martes, octubre 27, 2009

En medio de ninguna parte, de John Maxwell Coetzee

En medio de ninguna parte es una parte yerma del desierto en la que se nutre el corazón de Magda. Ahí está su humanidad, su inspiración y su soledad.

Magda está en el lugar donde se transmuta la realidad, donde la conciencia se parece a la locura. Ella vive en un mundo de palabras en el que todo es posible y, sin embargo, nada se concreta. Su mundo imaginado, ninguna parte, no tiene entidad alguna, ni siquiera en el desierto. El dolor es algo, al menos el dolor es algo. Si al menos sintiera dolor…




«… Vuelvo a encontrar mi antiguo sitio junto a la pared, un sitio cómodo, neblinoso, lánguido incluso. Cuando empiece a pensar, no podré averiguar si ha de ser pensamiento o si será sueño… ».

En su interior todo está tan vacío y desolado como afuera. A Magda la atraviesa el viento, ni el viento la reconoce. De pronto, algo ha pasado, algo cambió. La soledad parece menos intensa, menos repleta de palabras. ¿Qué historia está contando? Algo pasa. Esa es la historia, ha dejado de pasar nada. El diálogo interior no cesa y lo que ha sucedido, lo distinto, de pronto no tiene principio ni fin. Lo distinto no tiene forma. La historia es atravesada por el contenido. Ha dejado de haber un vacío en ninguna parte. A Magda parece no importarle qué sea lo nuevo.

«… ¿Acaso, me pregunto, soy algo más que una mera cosa entre las cosas, un cuerpo propulsado a lo largo del camino por los tendones y las palancas de los huesos, o soy, antes bien, un monólogo que se desplaza a través del tiempo, a unos palmos sobre el nivel del suelo, si es que el suelo no resultara ser simplemente una palabra más, en cuyo caso es evidente que he vuelto a perderme?...».

Quizás mató a alguien, quizás el limo del río, por fin, tiñó de gris sus delgadas piernas. Quizás siente dolor y siente el sabor a sangre en la boca. Quizás se sintió ultrajada, o celosa u olvidada. Quizás todo, o quizás nada. Una y otra vez, ella anota en su cuaderno lo que ha sucedido, pero nunca lo cuenta igual; nunca parece lo mismo.

«… Pasa el tiempo, una neblina que se adelgaza, se espesa y se la traga al fin la oscuridad. Lo que considero dolor, aunque no es más que soledad, empieza a apartarse de mí. Se me deshielan los huesos de la cara, vuelvo a ablandarme, un blando animal…».

Su madre no está, tampoco tiene un recuerdo de ella, ningún relicario conteniendo un rizo, ninguna foto ajada y sepia, ninguna zapatilla de bailarina, ningún vestido de domingo con olor a guardado, nada que dé testimonio de sus raíces. ¿Raíces? ¿Pertenece Magda a alguna parte? ¿Quién se llevará su virginidad, sus artes culinarias, la tibieza de sus pies? ¿A quién le importan sus raíces?

«… ¿Quién, entre nosotros, es la bestia? Mis cuentos, cuentos son; no me asustan; tan solo posponen el momento en el cual he de preguntarme: ¿Es mi propio gruñido lo que oigo entre la maleza? ¿Soy yo a la que hay que temer, voraz e inmoderada, porque aquí, en medio de ninguna parte, en donde el espacio irradia de mi interior hacia las cuatro esquinas de la tierra, nada hay que baste para detenerme?».

La vida de Magda está en ninguna parte y está en todas partes, parece contaminada del nihilismo de Céline, que acompaña a la pandilla de fantasmas del fin de la noche; está en la atormentada vida de Malone, de Becket; en el cementerio de hormigas y en el aljibe de Celestino, de Reinaldo Arenas; en el calor del desierto de Onitsha y de Canta la hierba. La vida de Magda es maravillosamente nada y, sin embargo, está en todas partes.

«… Alguien tuvo que construir el edificio de la escuela, llenarlo de útiles escolares, poner un anuncio en la sección de anuncios semanales de la Gaceta Colonial para solicitar el concurso de una maestra, recibirla en el apeadero del tren, darle alojamiento en la habitación de invitados de su propia casa, pagar su estipendio correspondiente con el objeto de que los niños de este rincón del desierto no crecieran sumidos en la barbarie, sino que fuesen, con el tiempo, dignos herederos de todas las épocas que nos han familiarizado con la rotación de los cultivos, con Napoleón, Pompeya, los rebaños de ciervos que pueblan las heladas extensiones allá lejos, la anómala expansión del agua, los siete días que duró la Creación, las comedias inmortales de Shakespeare, las progresiones aritméticas y geométricas, las claves mayor y menor, el niño que metió el dedo en el arroyo, Rumpelstiltskin, el milagro de los panes y los peces, las leyes de la perspectiva y muchas cosas más…».


3 comentarios:

Anónimo dijo...

Excelente su comentario acerca de esta obra en la que también aparece la soledad, no como elección sino como único camino posible.
Magnífica la relación que establece entre varios de las libros leidos y comentados por Ud.
Nuevamente debo felicitarlo!!!

rene orlando dijo...

Antes que nada, gracias por linkear el blog. Me gustó su comentario y el tema de la novela. La voy a leer y después le cuento. Saludos!

daniela caminos dijo...

hummmm...para hacerse un hueco y entrar en estas páginas...hasta pronto:
daniela.