viernes, septiembre 26, 2008

La vida, una maldita cosa detrás de otra

Recuerdo que Julian Barnes se refirió a Borges, quizás sumido en la obligación de ser sublime, cuando mencionó una conferencia dictada en Oxford en la que Borges pronuncia la frase: «... La vida, una maldita cosa detrás de otra [...]».

Si bien la frase no pertenece a ninguno de ellos, intuyo, groseramente, que fue muy inspiradora para Barnes. Lo intuyo, digo, porque la frase me parece una gran metáfora de la vida, etcétera y porque Barnes transporta esta idea desde aquella conferencia en Oxford hasta su novela Amor, etcétera.

También digo que, precisamente, esta novela no es una historia sobre el amor, sino sobre los etcéteras, sobre todo lo demás, lo que está detrás de las cosas que siguen a otras cosas.

¿Cómo sobrevivir ante la caída del paradigma del amor? ¿Cómo continuar amando aún después de los hijos, de los fracasos profesionales, o de la pérdida de lo heroico, del deterioro del lavavajillas?

Los personajes de la novela son interrogados sobre estos temas mientras navegan sobre una idea bipolar. Ellos transitan por un estrecho río sin nombre que divide la orilla del amor pleno, de la orilla de todo lo sucedáneo.

Algunos de estos personajes, probablemente los más prácticos o los menos arriesgados, prefieren recalar en la orilla de los etcétera, y otros, creyéndose afortunados, inspirados, ilusionados, o malditos, se dirigen, o son guiados, hacia la orilla contraria. Algunos otros, por fin, demasiado heridos o demasiado incrédulos, incluso en la hipótesis del placer sexual, han preferido tan solo navegar, esperando que pase algo, alguna cosa después de otra.

Aunque esta teoría bipolar del amor, esta especie de mapa del río de la vida parece robusto y absoluto, pues divide a lo manifestado en "algo" versus "todo lo demás", Barnes se da cuenta de que no es exacto, se trata de una imprecisión. El mapa se desdibuja en medio de los accidentes geográficos no documentados... y entonces vuelve a interrogar a sus personajes, o los pone a jugar el juego de "¿prefieres esto o aquello?".

Ellos recurren a su memoria, a sus voces ancestrales, a sus cajas de recuerdos, y dicen, acertadamente, que las acciones de los navegantes precedentes condicionan las decisiones futuras. En la orilla del amor pleno, por ejemplo, pueden hallarse etcéteras: Podríamos amar a quien no nos ama, o podríamos ser abordados por la locura, o la peste, o la sed repentina y encontrar así, accidentalmente, el amor en lo sucedáneo.



Probablemente el error esencial que encierra el mapa, su trampa ontológica, esté en la propia definición de amor o en su carácter mutable, capaz de pasar de una orilla a la otra.

Creo, pese a todo, que vale la pena la travesía, pues lo que sí es cierto es que habrá una cosa después de otra; incluso podrían acontecer juntas.

lunes, septiembre 15, 2008

Blanca, la marquesita de Loria, Luna

Blanca Arias vive en un mundo ensombrecido, sin amor, dañado por la fragilidad de quienes no saben resistir, y por la hipocresía de quienes respiran extravagancia. El espacio de Blanca es oscuro. Su único brillo es la fecundidad que le otorgan los tabúes; sin embargo, Eros no engendra inquietud, y agoniza sin poder dar fruto.

En su infancia, las negras nicaragüenses que la cuidaban le contaron historias del mar, de la pasión de los hombres y de algún concepto, poco establecido, sobre el bien y el mal. Es probable que ella creyese en todo, como creyeron todos, pero de todo se decepcionó; ni el mar fue tan ancho, ni los hombres tan sensuales ni rotundos, y tampoco fue tan fácil trasegar lo bueno y lo malo.

A la bellísima marquesita de Loria solo le queda el tabú como cierto. Solo el tabú espanta el frío de las miradas vacías, envidiosas o compasivas. Solo el tabú la salvará de la brevedad del orgasmo, de los secretos a voces y de las cruces sin lágrimas para los muertos... Pero si el tabú es cierto, posible, y si se logra corporizar lo prohibido, entonces debe volver a desvanecerse pronto en alguna escena penumbrosa para poder recrearse, porque lo prohibido no se puede ver. La vida de Blanca Arias es inmaterial, no puede tomar cuerpo.

Ella es atraída por la Luna de la Puerta del Sol, por lo furtivo del parque del Retiro, las velas de los gitanos y los rastros de una pasión que sospecha, pero que nunca conoce. Ella es como un fantasma que crece y se muere en sus indomables fantasías. Aunque la favorece la desnudez, nunca llega al placer. No debe llegar. No sabe llegar.

Quizás Donoso hubiera podido parafrasear al maléfico Sade, o al brillante Apolinaire, y construir un personaje sin horizonte, capaz de sumergirse sin esperanza en el placer, en el puro placer; pero Blanca espera algo, siempre espera algo, y se decepciona al no encontrarlo, y muere de no sé qué, quizás de pena… y vuelve a nacer en otra fantasía nueva, tan afrodisíaca como incompleta.




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La marquesita
«... Durante las visitas del joven marqués al piso de los acogedores diplomáticos que no se daban cuenta de que corrían el riesgo de perder a una hija —o se resignaban a perderla, puesto que disponían de otras cuatro beldades que iba a ser necesario colocar—, Blanca daba su elemental batalla en el rincón turco de la Residencia, sobre un canapé cuajado de cojines, el pebetero exhalando aroma de almizcle. Trabados por corpiños que defendían ansiosos senos, por camisas almidonadas que se resquebrajaban con la incomodidad de ciertas efusiones, por chalecos de piqué rasgados en un momento de pasión, por botones de polainas enredados en encajes cuando las bocas de ambos se hundían en sus anatomías, malamente disimulados por el último número de La Esfera o el tomo de narraciones de Hoyos y Vinent que fingían leer para engañar a los padres o a las hermanas envidiosas y fisgonas, conocieron milímetro a milímetro sus mutuas topografías sudadas de miedo y anhelo, el vaho caluroso de sus vértices vegetados, sus hendiduras y protuberancias hinchadas de amor, mientras sus bocas golosas se llenaban una y otra vez , sin saciarse jamás, con las fragantes carnes del otro. Se consolaban de que las circunstancias no fueran propicias para pasar más allá, diciéndose que era todo un estupendo simulacro para que cuando llegara el momento en que el amor total pudiera atravesarlos, tanto amago realzara lo que sin duda sería un asombroso premio [...]»

Finalmente, víctima de magia de gitanos, o víctima del beso de Apolo, Blanca desaparece misteriosamente, tal como lo anuncia el autor en el título de la obra; sin embargo, aunque la sentencia de su desaparición no es simbólica, no engendra inquietud, y tampoco obviedad. ¡¿Qué importa?! Si total la historia ya fue contada, y ninguno de los besos de Blanca, como las verdades de Casandra, serán ciertos.

miércoles, septiembre 03, 2008

La insoportable levedad del ser, de Milán Kundera

En un atardecer, en Buenos Aires, me pareció cierto el postulado que señala que los autores repiten los temas en su obra. Los artistas son capaces de aceptar los cambios de forma, pero parecen no poder sustraerse de lo que para ellos es esencial, de lo que tiene que ser, de su deber ser, de su Es muss sein!

En invierno, en este atardecer, me pareció que Milán Kundera también cree que se repite en su obra cuando dice:

«... Teresa la escuchaba nuevamente con esa increíble concentración que pocos profesores han visto en la cara de un alumno suyo y constataba que, en efecto, todos los cuadros de Sabina, antiguos o actuales, hablan siempre de lo mismo, que son todos el encuentro simultáneo de dos temas, de dos mundos, que son como fotografías producidas por una doble exposición [...]»

Mucho antes de citar el es muss sein! de Beethoven, Kundera cita la repetición de Nietzsche, su Eterno Retorno. Repetirse a uno mismo, de pronto, no parece ser un deber ser humano, circunstancial o genético, sino divino.

En la novela se repiten los amores, pero no las amantes. Sabina pretexta la repetición porque justifica su rebeldía; Tomas busca la repetición porque busca el común denominador; Teresa..., Teresa no repite en la realidad, pero repite en sueños porque busca repararse.

Todos buscan lo distinto, precisamente aquello que proponga el azar, por lo que el azar tiene de imprevisto. Quizás el amor, por ejemplo, sea nuevo si la amante es nueva. Quizás, si la amante es nueva, el amor sea único, no importa que sea ridículo. ¿Pero, pese a las repeticiones, no se encuentra el amor etimológico, el amor más esencial, el que debe ser? ¿¡Qué se hará con el amor presente, el amor de cada día!? Claro, qué pena, qué grave error, la búsqueda conlleva la hipótesis del fracaso.

Kundera busca deshacer esta paradoja dentro del mito platónico de El banquete, en el que se postula que Dios creó a los hombres como poseedores de ambos sexos. Al principio de los tiempos, no sé cuándo, éramos hombremujer, uno con el amor, pero un cataclismo, un desgarro atroz, una traición, algo descomunal, nos separó de nuestra alma gemela, y ahora ella espera que nosotros la hallemos, y nosotros esperamos por ella.

Si este mito es cierto, ¿qué haremos con el deseo el día del hallazgo?, ¿qué significa, entonces, este amor presente que sentimos por nuestra alma afín que nos acompaña?, ¿y si jamás, en ninguna de las repeticiones posibles que nos depara el destino, somos capaces de hallar nuestra alma gemela? ¿Puede, acaso, el amor último tener culpa, como el amor de Edipo? Quiero decir, ¿podemos ser el alma gemela de un ser aberrante?



Kundera busca estas respuestas donde le es posible: detrás de los bastidores de las pinturas de Sabina, pues Sabina pinta sus cuadros con una mentira comprensible que cubre una verdad incomprensible; en el teatro de Anne-Claude; en la política checa, o rusa, o francesa; en las manifestaciones de Franz, en la profesión de Tomás; en la cama de todos; detrás del alcohol; en el pan de cada día; en la muerte; en la mirada piadosa de Karenin; en el justificado suicidio de Ana Karenina; en la locura de Nietzsche y en lo ridículo...

«... ¿Es que no hay más que un paso de lo ridículo a lo excitante? En efecto. Aquella vez, al mirarse al espejo, no vio en los primeros instantes más que una situación graciosa. Pero inmediatamente lo cómico quedó oculto tras lo excitante: el sombrero hongo no representaba una broma, sino una violencia [...]»

¿Qué es peor para la existencia?, ¿ arrastrar vida tras vida nuestro deber ser, nuestra pasada carga de es muss sein! o la levedad que impone el hecho de que en nuestra vida no hallemos un para qué? ¿La levedad o la carga? ¿El alma o el cuerpo? Para responder a esta pregunta, Kundera propone una metáfora topológica y dice:

«... La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será [...]»

Pero entonces, si la felicidad es la repetición y la carga, ¿por qué no tenemos el don de la memoria, por qué no somos capaces de apartarnos de esta humanidad que marcha a nuestro lado, como si fuera "ama y propietaria de la naturaleza"?

Es invierno. Es Buenos Aires, y no tengo más respuestas.