miércoles, septiembre 03, 2008

La insoportable levedad del ser, de Milán Kundera

En un atardecer, en Buenos Aires, me pareció cierto el postulado que señala que los autores repiten los temas en su obra. Los artistas son capaces de aceptar los cambios de forma, pero parecen no poder sustraerse de lo que para ellos es esencial, de lo que tiene que ser, de su deber ser, de su Es muss sein!

En invierno, en este atardecer, me pareció que Milán Kundera también cree que se repite en su obra cuando dice:

«... Teresa la escuchaba nuevamente con esa increíble concentración que pocos profesores han visto en la cara de un alumno suyo y constataba que, en efecto, todos los cuadros de Sabina, antiguos o actuales, hablan siempre de lo mismo, que son todos el encuentro simultáneo de dos temas, de dos mundos, que son como fotografías producidas por una doble exposición [...]»

Mucho antes de citar el es muss sein! de Beethoven, Kundera cita la repetición de Nietzsche, su Eterno Retorno. Repetirse a uno mismo, de pronto, no parece ser un deber ser humano, circunstancial o genético, sino divino.

En la novela se repiten los amores, pero no las amantes. Sabina pretexta la repetición porque justifica su rebeldía; Tomas busca la repetición porque busca el común denominador; Teresa..., Teresa no repite en la realidad, pero repite en sueños porque busca repararse.

Todos buscan lo distinto, precisamente aquello que proponga el azar, por lo que el azar tiene de imprevisto. Quizás el amor, por ejemplo, sea nuevo si la amante es nueva. Quizás, si la amante es nueva, el amor sea único, no importa que sea ridículo. ¿Pero, pese a las repeticiones, no se encuentra el amor etimológico, el amor más esencial, el que debe ser? ¿¡Qué se hará con el amor presente, el amor de cada día!? Claro, qué pena, qué grave error, la búsqueda conlleva la hipótesis del fracaso.

Kundera busca deshacer esta paradoja dentro del mito platónico de El banquete, en el que se postula que Dios creó a los hombres como poseedores de ambos sexos. Al principio de los tiempos, no sé cuándo, éramos hombremujer, uno con el amor, pero un cataclismo, un desgarro atroz, una traición, algo descomunal, nos separó de nuestra alma gemela, y ahora ella espera que nosotros la hallemos, y nosotros esperamos por ella.

Si este mito es cierto, ¿qué haremos con el deseo el día del hallazgo?, ¿qué significa, entonces, este amor presente que sentimos por nuestra alma afín que nos acompaña?, ¿y si jamás, en ninguna de las repeticiones posibles que nos depara el destino, somos capaces de hallar nuestra alma gemela? ¿Puede, acaso, el amor último tener culpa, como el amor de Edipo? Quiero decir, ¿podemos ser el alma gemela de un ser aberrante?



Kundera busca estas respuestas donde le es posible: detrás de los bastidores de las pinturas de Sabina, pues Sabina pinta sus cuadros con una mentira comprensible que cubre una verdad incomprensible; en el teatro de Anne-Claude; en la política checa, o rusa, o francesa; en las manifestaciones de Franz, en la profesión de Tomás; en la cama de todos; detrás del alcohol; en el pan de cada día; en la muerte; en la mirada piadosa de Karenin; en el justificado suicidio de Ana Karenina; en la locura de Nietzsche y en lo ridículo...

«... ¿Es que no hay más que un paso de lo ridículo a lo excitante? En efecto. Aquella vez, al mirarse al espejo, no vio en los primeros instantes más que una situación graciosa. Pero inmediatamente lo cómico quedó oculto tras lo excitante: el sombrero hongo no representaba una broma, sino una violencia [...]»

¿Qué es peor para la existencia?, ¿ arrastrar vida tras vida nuestro deber ser, nuestra pasada carga de es muss sein! o la levedad que impone el hecho de que en nuestra vida no hallemos un para qué? ¿La levedad o la carga? ¿El alma o el cuerpo? Para responder a esta pregunta, Kundera propone una metáfora topológica y dice:

«... La carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será [...]»

Pero entonces, si la felicidad es la repetición y la carga, ¿por qué no tenemos el don de la memoria, por qué no somos capaces de apartarnos de esta humanidad que marcha a nuestro lado, como si fuera "ama y propietaria de la naturaleza"?

Es invierno. Es Buenos Aires, y no tengo más respuestas.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Creo que la verdad de la que habla Kundera cuando se refiere a la "realidad" de la vida, a su carácter terrenal y a la plenitud que eso supone, está emparentada con lo que hace humana a la humanidad, a saber, la cultura.
Ese "como si" del que usted habla no es, me parece, otra cosa que la mentira piadosa, el mito, la engañosa apariencia fudante de nuestra omnipotencia, que nos hace creer que somos capaces de resolver nuestro desdoblamiento entre dos mundos: el de este lado y el del otro lado del espejo, adonde no se llega como no sea en el pequeño, precioso, efímero y poco frecuente instante del amor entre los seres.
Mire, en casos como este, lo mejor es ser sentencioso y, al menos yo, lo seré:
El desdoblamiento del que somos objeto a partir de nuestro advenimiento a la cultura, y de todos sus dones, la palabra, nos permiten autoengañarnos con la creencia en un sentido oculto y primordial, detrás del que caminamos sin rumbo, aunque lancemos flechas en direcciones infinitas, aunque señalemos con el dedo índice el lugar de cada uno de nuestros objetos y objetivos.
Entre el mundo de este lado del espejo y el del otro lado, reside la respuesta a su pregunta. Allí también residen –mire qué casualidad– los misteriosos designios del, por usted llamado, amor etimológico.
Pero esa respuesta, usted no la tendrá jamás. ¿Y sabe por qué? Porque eso es imposible. No digo "está prohibido", digo "es imposible". En la diferencia entre uno y otro concepto, uno "es", lo cual, como ya se sabe, no significa lo mismo que "tiene que ser".
A propósito y si me lo permite: ¿usted dónde reside? Creo que podría pasarme una eternidad repitiendo estas ideas, en caso de que aceptara compartirlas.

Anónimo dijo...

al amor lo creemos sólido,pero es,insoportablemente leve,
anhelamos lo que no tenemos, aunque seamos responsables de su pérdida.
Reflexionar sobre los personajes,es como mirarnos en un espejo y hacernos una autoreflexion donde más de una vez nos ha sucedido
leerlo a Kundera y a Ud es un placer

Carlos A. Costa dijo...

No estoy seguro que Kundera le asigna un valor de verdad a la cultura, de hecho él expresa claramente que la cultura no tiene un valor transcultural y dedica una sección muy interesante a analizar su valor relativo. Franz y Sabina, por ejemplo, no comparten los gustos musicales. Considerando los trazos psicológicos de cada personaje es fácil adivinar los motivos de cada uno.
En fin, Kundera dice que la cultura tiene un valor relativo, luego el "Es mss sein!" es relativo a cada quien, luego la tolerancia al peso o a la levedad también tiene un valor relativo.

Ahora, que Kundera piense así, no significa que sea así, sin embargo, en este casio, yo pienso como Kundera.

En algún otro pasaje de la novela, él advierte sobre el peligro de las metáforas y esta advertencia la hace con picardía, pues se deja caer en sus propias trampas. Uno de los logros de este juego es el hecho de que el famoso enigma de Parmenides acerca de la levedad y el peso pase a convirtirse en problema Newrniano. Fjese que el del que habla parmenides ahroa es una cuestión de kilos, y Kundera se vale de esta metáfora para decir que cuanto más aplastados estemos, entonces más cerca de la realidad estaremos. ¿Pero esta forma de vivir es la recomendada? ¿No es preferible la abstracción, la elevación espiritual, la flotabilidad? ¿Acaso no parece peyorativa la acusación: Usted es muy terrenal?

Entornes, si no es la levedad, ni el peso, ni la cultura, son verdaderos, ¿qué será lo verdadero? Yo digo que es el amor, y, contrariamente a lo que usted dice, pienso que el amor no es un imposible. El amor etimológico, el amor "a-mor": antimuerte, es un amor que ES y fuera de él no hay nada. Nada. Es un amor que ni siquiera necesita tener conciencia de si mismo. Si usted FUESE ni siquiera le importaría no ser. Pero eso digo yo, no Kundera.

Anónimo dijo...

Nunca dije que fuera Kundera el que le asigna un valor de verdad a la cultura. Modestamente, soy yo quien se lo asigna. Pero debo aclarar que, cuando digo "cultura", no me refiero a la infinidad de variables (modos de vida, costumbres, conocimientos, los objetos del mundo, las cosas, en fin, desde el punto de vista filosófico), sino a ese mundo de símbolos que nos aparta para siempre de la naturaleza, tal como lo planteara Hegel con su "dasein", su "ser ahí". que no es otra cosa que el "ser determinado".
Nosotros, como animales inteligentes inventores del conocimiento, hasta podemos lograr que, a la luz de ciertas teorías, el famoso enigma de Parménides no se vea tan enigmático. Se lo diré sin metáforas: Hegel mismo explica que si uno dice "parmenidiano", alude al ejemplo de una vida honorable y recta. La carga de la que habla Kundera, quizá.
Pero, ¿cómo hacer para pensar sobre lo inconcebible? Esta vez los espejos se enfrentan. Cada espectador ve imágenes distintas, según donde se encuentre ubicado. ¿Y cuál es la imagen que se forma justo enfrente de cada espejo?
El "Es muss sein" le soplará una explicación al oído, pero esa no será la verdad. La verdad nunca se sabrá.
Claro, los griegos siempre se valieron de los hados y los dioses, y cuanto vericueto de la metafísica encontraron para justificar y dar sustento a sus interpretaciones.
Yo no tengo respuesta a sus preguntas. Algunos prefieren flotar, antes que aplastarse de narices contra el suelo y otros, exactamente lo opuesto. Podríamos plantear aquí que ser y pensar son la misma cosa o bien, todo lo contrario. Así, también podríamos conjeturar que el amor ES, o que el amor se piensa, o ambas cosas o ninguna.

Usted dice "si usted FUERA". Quizás no sea este el espacio adecuado para ponerse a abarcar en dos palabras la visión del mundo que cada uno tiene, pero así, sin metáforas, debo decir que ya sea que yo SEA, que NO SEA o que DEBA SER, siempre me veré entrampada en la odiosa tautología que responde a la gran pregunta de la filosofía, QUÉ ES EL SER: Ser es lo que es, no Ser es ser lo que no es, deber ser es ser lo que se debe ser.
Está bien, confieso: para mí el ser es una tragedia. Una tragedia que se resume en la eterna dialéctica del determinismo y del libre albedrío.
De todos modos, no me importa no ser, porque lo que soy me es esquivo y el camino de la verdad no está sujeto a mi deseo. Más bien reclama, como entre los griegos antiguos, el auxilio de lo divino.
Disculpe si no se entiende. Es que el destino es un gran amenazador y se hace necesario decirlo todo antes de ser invadido por la Nada.
Y por favor, ni se le ocurra llamarme "terrenal".

Anónimo dijo...

es usted adorable

Carlos A. Costa dijo...

Yo quisiera regresar al centro que se propone en este post y que es, disculpe la obviedad, la novela de Kundera. Me aparto, entonces, con alguna lamentación, de lo que usted cree que debe haber sido, es, o será.
Permítame comentarle que Sabina, una de las protagonistas de la historia, es una pintora que gusta de los engaños porque se revela al dogma paterno: Su repetición es traicionar al padre. Al partir de la casa paterna recoge, como única herencia, a modo de bofetada a lo que representa para muchos el “peso” de la moneda, un sombrero hongo que pertenecía al un antepasado. Un sombrero rancio y con aroma de desayuno de hotel.
Con los ingredientes de la desnudez, el espejo y el ridículo se conforma un fetiche que está resuelto en la novela. Ella y sus amantes viven este fetiche con diferentes grados de erotismo de acuerdo a sus “debe ser”. No revelaré mucho más acerca de este juego perro sí le diré que, como prolongación de ese revelarse al padre, y como metáfora de espejos que usted comenta, ella, Sabina, pinta sus cuadros con una mentira comprensible en la superficie y una verdad incomprensible detrás, como una pared descascarada que deja ver algo detrás…
El autor se pregunta: ¿Qué es verdad, lo que se ve o lo que se sospecha?
Usted no responda. Hágale caso a Kundera, mejor tenga cuidado con las metáforas.
Yo decía en el post y lo vuelvo a decir ahora que, para mí, Kundera tampoco sabe la respuesta y la busca entre los filósofos alemanes, en el arte de Brodway, en Bohemia, en la borrachera, en la jungla de cemento, en la paz de las abejas y el pan caliente, en la idea del Edén, y hasta en la mierda del campo de concentración donde murió el hijo de Stalin.
Kundera no halla la verdad pero sospecha que está detrás de la obviedad del amor. La pared que se descascara es la del amor. ¿El amor desapegado del sexo? se pregunta él, y se vuelve preguntar ¿si el amor es sin seco yo podré amar? En este punto del interrogatorio Kundera apela a otro personaje, Tomás, pero de Tomás no le hablaré. Ojala pueda leerlo usted misma.
En mi opinión, Kundera, casi, casi acierta. No se lo digo sentenciosamente, se lo digo porque me fue revelado.

Ana Brenda dijo...

A este libro le atribuyo mi divorcio, realmente no quería terminar como la madre de Teresa, no quería terminar realmente como Teresa.

Buenos comentarios.

Saludos.