domingo, octubre 26, 2008

Alatriste, cuando la pluma es más rentable que la espada

La vida de Diego Alatriste es contada por Iñigo Balboa, un joven idealista, fiel y aventurero, que no habla ni mucho ni poco y que practica caligrafía en la penumbra copiando los versos de Lope, de Calderón, de Quevedo y de tantos otros dramaturgos y poetas que deambulaban, calle abajo, desde las mesas de las tabernas y de los mentideros, hasta el cielo de los corrales.

Pero, si los vacilantes manuscritos del joven Iñigo abrevan en la fuente de los poetas, no les va peor a sus pinceladas épicas, pues siguen los luminosos y perdidos pasos de Diego Velázquez, que camina calle arriba, desde la casa de Las Meninas hasta el campo de la rendición de Breda.

Iñigo tiene catorce años, y aún no sabe beber sin respirar. Tampoco sabe si es o si será valiente, quizás lo sepa pronto; solo sabe —o empieza a saber— que la pluma es más rentable que la espada.

Alatriste, en cambio, podría ser su padre. Es mucho mayor, o no tan mayor, pero tiene el cuerpo ya muy cansado de guerras y demasiado remendado de heridas. El capitán Alatriste, un soldado bravo y de malas pulgas, es un héroe cansado.



¿Alatriste es, realmente, un héroe? No lo sé, y lo malo es que pienso que hasta podría ser villano. ¿Alatriste es héroe o villano?

Creo que podría ser ambas cosas, o ser ahora una, y antes otra, y luego otra, dependiendo de la melancolía y de la luminosidad que dejen dos azumbres de alcohol en su mirada. Si después de algunas jarras de vino sus ojos brillan de piedad, quizás vuestra merced quiera juzgar al capitán como gente de calidad; pero si, en cambio, sus ojos se ensombrecen detrás de las nubes del Portillo de las ánimas, es probable que halle usted reproche allí donde otro cree hallar valor.

Sin beber, aligerado de entendimiento como suelo estar en estas horas, puedo sugerir que Alatriste admite virtudes y defectos, como todos, pero las virtudes —allá usted, si las juzga escasas— todas son irrenunciables.

Digo yo que Alatriste ha sido más fiel al Rey, vuestro señor, que a su Dios. A ambos ha desobedecido, pero a uno más que a otro. A ambos ha obedecido, pero a uno más que a otro.

Como soldado obediente a su Rey ha matado a moros, holandeses, tudescos, hombres probos, hombres pobres, hideputa e hijosdalgo, casi todos desconocidos, pero a ninguno ha matado por la espalda. Tampoco ha matado a niños, ni a ancianos, ni a indefensos, ni a ebrios.

Como soldado desobediente de su Rey, no ha matado a todos los que le han pedido que matara, porque para él una cosa es ser soldado y otra cosa, muy distinta, es ser un carnicero.

Como hombre, ha matado por encargo y por cuenta propia. Un hideputa o un Jesús de más y adiós, que te jodan... Rara vez ha sido compasivo con las flaquezas humanas. A pocos, casi a ninguno, les respetó el pedido de clemencia, y a más de uno le entró un palmo de acero toledano en los higadillos mientras le desoía las reclamaciones de confesión y le cegaba la mirada de horror. Por algunas de esas muertes, a veces justas y a veces infames, fue a dar a la cárcel, y por las otras muertes —no importa si justas o infames— sabe que también ha de rendir cuentas tarde o temprano.

Como hombre, no ha vendido el filo de su espada a cualquier precio. Ser espadachín a sueldo no es lo mismo que ser miserable, pues una cosa es el valor y otra es el precio… Entérate. Todo hombre nace con el alma herida de muerte, en cambio la dignidad nace intacta y así ha de irse a la tumba.

Como cristiano, digo por fin, el capitán Diego Alatriste es un hereje de los cojones.

Los hombres deberían ser capaces de elegir la manera en que desean morir y, puesto a elegir, él preferiría morir como un soldado, y así sentir cómo el rigor del acero lo despega de la sombra de sus pies y respirar, quizás unas tres veces, hasta que se le quiten los malos humores junto con las deudas. Si, en cambio, su muerte ha de ser por las malas, entonces para él es mejor que sea la horca, antes que el vergonzoso y vil garrote.

Como vuestra mereced puede comprobar, hasta aquí y por lo dicho, es difícil, para mí, decidir si este hombre es héroe o villano.

Solo diré, como decía el señor conde, que “con hombres íntegros pueden quizá ganarse batallas, pero no gobernar reinos. Por lo menos, no este”.

No parecen buenos tiempos para los héroes. Hay tanta demanda y escasean tanto las cualidades del héroe que cualquiera, con un poco de dignidad y dos o tres onzas de orgullo, es nombrado hijodalgo. No digo que la dignidad sea poca cosa, pero es interesante pensar en cómo esta caracterización de héroe híbrido ha trascendido la frontera de la novela épica, casi histórica, para convertirse, incluso, en un comic.

Yo me he tomado el atrevimiento de comparar a Alatriste con algunos otros personajes híbridos, agridulces, ambientados en un territorio conocido, no de ficción. Casualmente, encontré ese personaje en José Guadalupe Arroyo, el protagonista y narrador de “Los relámpagos de Agosto”. Ambos son héroes y villanos. Ambos rentan su alma por monedas y ambos abren su corazón, según los deje el vino, a las buenas intenciones. Ambos tienen un aspecto polvoriento y fatigado, ambos van siempre atravesados por las finanzas, y ambos son capaces de beber jarra y media de vino sin respirar.

A pesar de que, en mi opinión, ambos personajes tienen muchos puntos en común, digo que Lupe Arroyo, el protagonista revolucionario, definitivamente no es un héroe; y sobre Alatriste, el soldado de Flandes, digo que tengo dudas.

Quizás la respuesta a este dilema héroe-villano esté en la pérdida del valor de la confianza. Uno está ya tan cansado de no poder confiar en nada ni en nadie que, encontrar a alguien, asesino o no, capaz de mirar serena y prolongadamente y capaz de brindarnos la certeza de que no seremos degollados en medio de la noche, por la espalda o indefensos, nos permitiría relajarnos mientras nos cenamos, aunque sea, unas habas algo escasas de sal.


miércoles, octubre 15, 2008

Canta la hierba, o la pena de las cigarras

Es así. Siempre es así. Siempre fue así: Alguien muere, alguien reza una plegaria, alguien descorre los oscuros y neblinosos velos que rodean a la muerte, alguien seca sus lágrimas, alguien dice groserías, alguien siente nostalgia, alguien bebe el medio tazón de leche, aún tibio, que queda sobre la mesa y luego… "mañana", alguien venderá los pocos bienes del muerto mientras la hierba, implacable, crecerá sobre sus pisadas hasta borrar los pliegues más remotos de la memoria.

Mañana, las metáforas del mañana...

Mañana es el sitio donde se guardan todas las esperanzas, es el distrito en donde la fe ciega reposa obstinadamente, alimentándose de lo posible, de lo probable y de lo imposible. Las esperanzas más insólitas, las más rancias y las más indeseadas crecen entre las paredes del mañana. En el mañana se guardan los sentimientos, los sueños y las amenazas incumplidas junto con todos regalos aún no recibidos. Todo lo que deseamos que suceda y nunca nos sucede, junto con todo lo que nos sucede y no deseamos que suceda está ahí, guardado en la metáfora del mañana.

Sin embargo, escribe Doris Lessing, Mary Turner ha muerto, y ha muerto hoy.

Ella ha muerto sabiendo que no habría mañana. Ha muerto atravesada por el canto de las cigarras, como si cantara la hierba, y quizás Mary ha muerto para no escucharlas.

El canto triste y monótono de las cigarras y el calor...



¿Qué haría usted si, de pronto, su "mañana" es hoy? Un día usted se arriesga a romper la magia de la sorpresa y decide meter la mano en su caja de mañanas y descubre que la esperanza de regalos nuevos se convierte en la certeza de su ausencia. Otro día, sintiéndose más preocupado y menos heroico en la empresa de la espera, vuelve a meter la mano y descubre que su horizonte de mañanas es de apenas seis meses, y luego tres, y luego uno y luego sigue consumiendo sus esperanzas hasta que comprende que ni siquiera hay mañanas, sino solo "ayeres". Un día cualquiera, el día de mañana por ejemplo, usted descubre que en su caja solo tiene recuerdos, pero no esperanzas.

¿Cómo se enfrentaría usted a la desesperanza?
Quizás haya algo de heroico en decidir tomar el riesgo que supone enfrentarse a la certidumbre, como hacen quienes detestan las sorpresas, o como hacen quienes están desesperados de esperanzas.

Ante un horizonte devastado por la desesperanza, la espera de cambio, la espera de un regalo prometedor, o cualquier otra espera, parecen más una necedad, que un acto de fe o de valentía.

Mary, cansada ya de que sus ayeres sean siempre iguales a hoy, y cansada de que hoy sea siempre la víspera de ningún mañana, despojada de fe y solo arropada con la dignidad de siempre, caminó hacia su destino.

lunes, octubre 06, 2008

Dos copas de absurdo

Imagine usted un isomorfismo entre el jazz y los cócteles. A priori le bastaría imaginar que existe una relación entre el mundo de los sonidos y el de los sabores. A cada nota le corresponde un sabor y a cada duración de la nota le corresponde una medida de capacidad. Imagine, también, un piano en el que al tocar la melodía, se dosifican los ingredientes en la misma proporción en que duran las notas.

El procedimiento para obtener el cóctel a partir de la partitura podría ser manual, pero la idea de utilizar la máquina es más productiva y menos humillante...

«... porque no reduce al hombre a la categoría de máquina [...]»

La gente debería vivir para hacer máquinas que les permitan vivir sin trabajar...".

Si este isomorfismo fuese posible, entonces se podrían responder preguntas como: ¿qué canción estoy bebiendo?, o ¿qué bebida estoy escuchando?

La idea parece más patafísica que absurda, pues, de hecho, no son pocos los artistas que han intentado crear isomorfismos entre los diferentes espacios del arte. Alfred Jarry, por ejemplo, padre de lo absurdo, lo grotesco y las soluciones ingeniosas, fue capaz de sublimar esta relación isomorfa de la que hablamos. Para él, al menos para él, todos los sonidos eran el mismo cóctel: la absenta.



Pero si desea imaginar la pianococtelera como posible, entonces debe ser capaz de abstraerse de ciertos aspectos indeseables, como el hecho de que el piano no pueda dosificar notas desafinadas u otros aspectos de saturación y solubilidad de los ingredientes del cóctel. También debe dejar de lado los detalles de la armonía. Si la máquina fuese posible, digo, usted solo se beberá la melodía.

Ahora que se asentó La espuma de los días y que releo la biografía de Boris Vian, debo decir que me alegró saber que el autor no estuvo ajeno a estas ideas patafisicas.

Al ritmo de Miles Davis, Vian cuenta una historia romántica, aunque lleno su tintero con los ingredientes favoritos del surrealismo. En el fondo, usted escuchará una melodía del amor abnegado, casi epistolar y borrascoso, pero, sin embargo, en cada palabra, no entre líneas, con una obviedad tajante, hay sabores intangibles, incomprensibles e irreales.

Pese a que la espuma que flota en la cima de la copa es rosa, el cóctel a veces tiene el sabor de una novela negra, a veces el sabor de lo grotesco, a veces el del absurdo, a veces el de lo absurdamente absurdo y otras, el de lo innecesariamente absurdo.

Para acercarse a la historia, no es necesario que conozca de música, ni de amor, ni de los tecnicismos del absurdo; solo es necesario que beba y que escuche. Si no bebe, o si no sabe beber, no se preocupe; como romántico y como surrealista, puedo asegurarle que las penas flotan.






À tous les enfants

A tous les enfants qui sont partis le sac à dos
Par un brumeux matin d'avril
Je voudrais faire un monument
A tous les enfants
Qui ont pleuré le sac au dos
Les yeux baissés sur leurs chagrins
Je voudrais faire un monument
Pas de pierre, pas de béton
Ni de bronze qui devient vert
Sous la morsure aiguë du temps
Un monument de leur souffrance
Un monument de leur terreur
Aussi de leur étonnement
Voilà le monde parfumé,
Plein de rires, plein d'oiseaux bleus
Soudain griffé d'un coup de feu
Un monde neuf où sur un corps
qui va tomber

Grandit une tache de sang
Mais à tous ceux qui sont restés
Les pieds au chaud, sous leur bureau
En calculant le rendement
De la guerre qu'ils ont voulue
A tous les gras tous les cocus
Qui ventripotent dans la vie
Et comptent et comptent leurs écus
A tous ceux-là je dresserai
Le monument qui leur convient
Avec la schlague, avec le fouet
Avec mes pieds avec mes poings
Avec des mots qui colleront
Sur leurs faux-plis sur leurs bajoues
Des larmes de honte et de boue.

Boris Vian