lunes, septiembre 28, 2009

La carta esférica, de Arturo Pérez-Reverte

Parece que nunca se acaban, por suerte para este espacio, las historias sobre héroes cansados, sobre hombres y mujeres burlados por el tiempo y por el destino. Estos héroes se hablan de tú a tú con la derrota y con la muerte, pero aun así, pese a todo y a todos, ellos son capaces de hacer llegar su mensaje de victoria, de libertad, o de amor puro.

Coy es un marino que tocó fondo, literalmente. Encalló en algún punto mal señalado en las cartas náuticas. Una junta naval lo obligó a plegar foque y gavia, y a alejarse del timón y de la mar salada durante dos años. Pasa sus horas andando a barlovento por las ramblas catalanas. Como náufrago en tierra firme, encuentra refugio en la melancolía del jazz, en las historias de marinos y en el oleaje borrascoso de la ginebra azul. Su vida son recuerdos y anhelos. No tiene un presente y tampoco tiene dinero.

¿Sus amigos? Algunos están muertos y el resto está a más de ocho millas náuticas de cualquier puerto seguro.

¿Sus amores? ¡Qué pena! No tiene. No hay una “mujer del pescador” aguardando su llegada. Ninguna que mire el horizonte con un punto de desconfianza y otro de temor, cuando soplan el lebeche o el mistral. Solo algunas putas en el puerto o en la periferia, de esas que, como diría el “Torpedero Tucumán”, piden dinero, pero no conversación. El “Torpedero”… ese sí que era un amigo. Era, porque ahora está muerto.

¿Sus pertenencias? Pues lo clásico. ¿Para qué más? Un sextante, tres camisas arrugadas, cuatro libros de aventuras y un puñado de casetes de jazz.

Coy, además de pobre y errante, ni siquiera es guapo.



Alguien tan sencillo, tan desprovisto de equipaje y tan a la zaga de cualquier éxito, es presa fácil del canto de sirenas, ese canto que se carga a los desvalidos hacia el cementerio de los náufragos sin nombre, un canto como el de Tánger. Tánger, dije Tánger… Pero qué hombre no querría encallar en Tánger. Recorrer a ciegas sus accidentes y sus orillas. Qué hombre no desearía quebrar mastelero y remos en su bahía. Tánger, Tánger Soto, la sirena, la bahía, la mujer, la metáfora, la perdición de Coy.

¿Qué secreto guarda Tánger? Cuando dice «Te mentiré y te traicionaré siempre» ¿miente o dice la verdad? ¿Es ella caballero o escudero?

«Pero qué digo. ¿A quién le importan las mentiras mientras estés a mi lado, Tánger?» «No quiero tesoros, solo quiero el mapa, el sistema de coordenadas que me lleve a tu centro.» Pero Coy no es inteligente ¿Cómo sabrá si Tánger miente?

¿Qué quiere Tánger de él? ¿Qué quiere Tánger Soto de un marino sin barco?

Como en una muñeca rusa, capa tras capa, el narrador desvela los misterios de la isla de los caballeros y escuderos. Esta historia, capa tras capa, es una historia de marinos que recorre el paño épico, desde Ulises hasta Tintín, con Eric el Rojo, y desde Jasón con el Argos, hasta el capitán Ahad y su ballena blanca. En otra capa hay una historia de luchas de poder entre la iglesia y la política. Y luego una historia de estrellas polares y de pléyades, de sextantes y de astrolabios. Luego otra de borracheras y de bares tristes llenos de marineros dinamarqueses homosexuales y brasileros desarraigados. Luego una de miserias, de nostalgia de jazz y de melancolía. Una de codicia sin límite y una historia, por fin, de héroes que pese a todo, pese a lo desprovistos de equipaje que andan por la vida, siempre tienen algo que dejar para los hombres de tierra firme y para todos los hombres.


jueves, septiembre 03, 2009

La soledad de los números primos, de Paolo Giordano

Alice y Mattia son los héroes solitarios de esta historia. Ellos no se quejan de su condición de solitarios, sólo son solos que navegan tierra adentro en un mundo de solos. El deseo del lector a lo largo de la novela es, sin embargo, reparar la soledad de los protagonistas, como si padecieran de alguna enfermedad. Quizás ellos tengan alguna enfermedad, es probable, pero esta enfermedad está planteada como un placebo para calmar la sensación de angustia que genera en el lector.

A veces, pertenecer a un determinado conjunto produce más frustración que alivio, como el hecho de pertenecer al conjunto de los seres solitarios. Hay algo contradictorio en este comentario porque estar frustrado o aliviado no es una cualidad que le pertenezca al solitario, sino a quien lo observa. El solo está solo y quien lo observa, si no es otro solitario, desea socializarlo.

Para pensar en la soledad, la pura soledad, es más fácil abstraerse de todo condicionamiento social, es más fácil pensar en la soledad de un número, por ejemplo. La frialdad de los números nos libera de la carga emotiva y del deseo de reparación.

El propio Mattia, un matemático brillante, se ha imaginado a sí mismo como un número primo, como una perla solitaria y sospechosa perdida en medio de un océano infinito. Él, como todo número primo, es el todo y la parte, divisible por sí mismo y por el Uno; aun así, busca su identidad y su completud. Si Mattia es un número primo, ¿cuál de todos será? Y si es un primo con alma gemela, ¿cuál de todos los otros primos será la completud de Mattia?



Quizás Alice y Mattia sean primos gemelos, como almas gemelas, pero eso no los libera de ser números primos: sospechosos, únicos, bellos, primitivos, indivisibles, solitarios, solitarios, solitarios… Otra vez la frustración. Haber aceptado la soledad en el mundo abstracto de los números, haber comprendido la belleza de lo indivisible, de lo primitivo, nos empuja otra vez a la frustración de tener que aceptar una realidad menos intuitiva y menos amable sobre la soledad de este mundo mucho menos abstracto.

Es probable que usted encuentre algún personaje en la novela a quien pueda culpar por la soledad de nuestros héroes, Alicie y Mattia, pero créame si le digo que será un placebo, una distracción, porque Ser solos no tiene causa, es una forma de Ser.