miércoles, abril 22, 2009

Ana Karenina y la insoportable levedad

Una de las interpelaciones que más me gustaron sobre Ana Karenina es la que hace Milán Kundera, nada menos, en La Insoportable levedad del ser. Ambas novelas están llenas de similitudes no casuales, según confiesa el mismo Kundera a través de sus personajes.


«... Llegó al día siguiente al anochecer, llevaba un bolso colgado del hombro con una correa larga y le pareció más elegante que la otra vez. Tenía en la mano un libro grueso. Era Ana Karenina de Tolstoi. Su comportamiento era alegre, incluso un tanto ruidoso, y trataba de que pareciera que había ido a verle por casualidad [...]».

Teresa va hacia la estación de Praga en busca de Tomás como por casualidad, por magia, o por encanto, aunque, en realidad, va impulsada por el encanto, el mismo encanto que motivó a Wronsky a ir detrás de Ana hasta la estación de San Petersburgo.


«... Durmió (Teresa) en un hotel barato y por la mañana llevó la maleta a la consigna de la estación y el resto del día lo pasó vagando por Praga, con Ana Karenina bajo el brazo. A la noche tocó el timbre, él abrió la puerta y ella no soltó el libro de la mano, como si fuera la entrada al mundo de Tomás [...]».

Teresa y Ana viven, o recuerdan, la realidad a través de sus sueños. No se sabe, incluso, si lo que sueñan son sueños o son recuerdos. Ambas, Ana y Teresa, sueñan su muerte y ambas viven sumergidas en un estado de profunda negación, para evitar la realidad.

Tomás piensa que su encuentro con Teresa...

«... estuvo basado desde el comienzo en el error. La Ana Karenina que llevaba bajo el brazo era una contraseña falsa que había engañado a Tomás. Cada uno de ellos había creado un infierno para el otro, pese a que se querían. El hecho de que se quisieran demostraba que el error no residía en ellos, en su comportamiento o en la inestabilidad de sus sentimientos, sino en que no congeniaban porque él era fuerte y ella débil. Ella es como Dubcek, que hace en medio de una sola frase una pausa de medio minuto, es como su patria, que tartamudea, pierde el aliento y no puede hablar. Pero es precisamente el débil quien tiene que ser fuerte y saber marcharse cuando el fuerte es demasiado débil para ser capaz de hacerle daño al débil [...]».

Otra graciosa afinidad entre las novelas es que la perra que Tomás le regala a Teresa se llama Karenin, como Alexei Karenin, el marido de Ana Karenina.

¿Por qué Tomas decide llamar Karenin, de género masculino, a una perra? Para responder a esta pregunta cito el siguiente diálogo:

«—¿Pero no afectará a su sexualidad que la llamemos Karenin?

—Es posible que una perra a la que sus amos llaman permanentemente como a un perro desarrolle tendencias lesbianas.



Las palabras de Tomás se hicieron realidad de un modo curioso. A pesar de que habitualmente las perras tienen más apego a sus amos que a sus amas, en el caso de Karenin era al revés. Decidió enamorarse de Teresa. Tomás le estaba agradecido. Le acariciaba la cabeza y le decía: «Haces bien Karenin. Esto es precisamente lo que yo quería de ti. Si yo solo no basto, tú tienes que ayudarme».

Fíjese usted que ambos, perra y amo, están enamorados de Teresa.

Teresa, la metáfora de Ana Karenina en la novela de Kundera, tiene dos enamorados. El primero es el mismo Tomás, la metáfora del Conde Alexei Wronsky y el segundo es su perra con nombre masculino, Karenin, la metáfora de Alexei Karenin. Creo que Kundera fue más que obvio al establecer este triángulo.



Por momentos, Tomás abandona al personaje de Wronsky, de enamorado y amante, y es tomado por la voz de Kundera para comunicar sus ideas. Tolstoi también hace eso, pero para ello tiene un personaje específico, se trata de Konstantine Levin, amigo íntimo de Stiva Oblonsky, hermano de Ana.

En los primeros borradores de la novela, Levin era un personaje secundario y algo contrahecho, pero luego, en las últimas versiones, Levin aparecía instalado como co-protagonista y convertido en el transporte de las opiniones de Tolstoi, de sus deseos y de su tenaz búsqueda del sentido de la vida.

Este personaje es el escape ontológico del autor. Muchos detalles en la vida de Levin son autobiográficos, como la preferencia por su hermano Nicolás, enfermo de tuberculosis, y algunos otros relacionados con el cortejo a Kitty, como, por ejemplo, el de la de desaparición de la camisa en el día de la boda o el miedo que sentía por su esposa duranten el parto. También es un gran indicador autobiográfico el hecho de que Levin se llame como el autor de la novela, Lev en ruso.

Levin encarna las simples virtudes de la vida y la visión de Tolstoi de un modelo de ser humano.

Cuando Tomás se convierte en Levin, el personaje portavoz del autor, Kundera habla a través de Tomás y el paralelismo entre las novelas se hace más evidente.

Levin, en el final de la obra, cita a Nietzsche y a su tesis sobre la levedad del ser. Tomás, en cambio, cita a Nietzsche al principio y hace de la tesis de la levedad el eje de su modelo ontológico. También es curiosa la forma en que ambos personajes-autores perciben el arte y la religión. La confesión de fe de Levin en el final de la novela, por ejemplo, traza una línea divisoria entre el arte de la moralidad.

La moralidad, la moralidad…

Ana queda atrapada en el sofisma de la moralidad y muere entre sus oscuras redes. El escenario de esta lucha a muerte se acomoda entre las largas noches de sueños perfumados de morfina y arrullados por el demonio de los celos y de la inseguridad.

Usted verá que Ana Karenina, cansada de soledad, decide perseguir el ideal de amor, ¿o persigue el ideal de ser del Ser? ¿Quién no iría detrás de estos ideales? Ana deja a su marido, Alexei Karenin, para irse junto a Alexei Wronsky y ser, así, fiel a sí misma, a su deseo de ser. Sacrifica con esta decisión la referencia de la fidelidad al otro y la de la maternidad.

Ana tambalea en su búsqueda, porque su liberación no es real. Deja de sostenerse en las reglas sociales y se convierte en una mujer moderna, no mítica ni heroína. Cae presa del sofisma existencial que he mencionado: la moralidad.

Ana cree que, para amar a otro, primero se debe desamar. Ella profana y tergiversa el sentido del deber ser, pierde de vista el «para qué» y convierte al amor en un elemento subversivo, en un capricho, casi.

No puede con este sofisma porque, además, se detiene a medio camino. Piensa en la muerte como herramienta reparadora. Pero para Ana la muerte no solo no será una solución, sino que será un castigo. Con la muerte entrega sus armas y les da la razón a sus jueces. La razón…

En la persecución de su ideal de amor llegó a comprender, sin embargo, que «... Las familias felices son todas iguales; las familias infelices lo son cada una a su manera [...]». También aprende ella que «... el respeto ha sido inventado para disimular la ausencia del amor...».

Ana solo fue moderna, no fue heroína ni mítica, porque no representaba solo a una minoría. Es cierto que Ana Karenina revela el estereotipo femenino presente en el siglo XIX, pues ella es emotiva, ambiciosa, dependiente y hogareña, todos rasgos femeninos, pero también tiene algunos rasgos masculinos, como por ejemplo: nada influenciable, hiperactiva, directa, aventurera, auténtica, subversiva, incluso.

De ella, dice su marido:


«... Ya he tenido ocasión de rogarle que se condujera en sociedad, de manera que las malas lenguas no pudieran atacarla. Hubo un tiempo del que le hablé de sentimientos íntimos; ya no hablo de ellos; ahora, solo es cuestión de hechos exteriores; usted se ha comportado inconvenientemente y deseo que esto no se repita [...]».

«... Entendámonos; exijo que hasta el momento que haya tomado las medidas necesarias para salvaguardar mi honor, medidas que le serán comunicadas, exijo que conserve las apariencias [...]».

En esta rebelión interior, femenino–masculino, surge el drama de Ana. Ella no encuentra un referente entre las mujeres de su clase. No tiene un espejo en el que pueda mirarse. Está sola y desesperada. Se aferra a su ideal ilusorio de amor, Wronsky, y cuanto más se aferra, más teme perderlo. Ana sucumbe, poco a poco sucumbe. Los celos, la morfina y la moralidad la derrumban.

Tolstoi repara la muerte de Ana a través de Levin. Lo hace atravesar crisis interiores semejantes a las de Ana pero Levin no muere y lo convierte, así, en un héroe. Ana murió por amor, y le faltó amor mientras vivió, pero en cambio Levin no murió por amor y vivió enamorado.

Si Ana Karenina no es mito ni heroína, no sé qué la trae hasta nosotros y la hace tan vigente; quizás su belleza, quizás su obstinado deseo de escapar de la rutina, quizás su temblor de labios, quizás su elegante saquito rosa, o quizás el hecho de que fue capaz de perderle el respeto a un hipócrita y auténtico cobarde como Karenin.

«... No; usted no está equivocado —dijo (Ana) lentamente, mirando desesperada el rostro impasible de su marido—. Usted no se ha equivocado: he estado desolada y no puedo evitar que siga estándolo. No pienso más que en él. Lo amo, soy su amante; no puedo sufrirlo a usted, le temo, le odio. Haga de mí lo que quiera [...]».

Teresa, Tomás, Levin, Wronsjy, Alexei Karenin, la perra Karenin, Tolstoi, Kundera, Nietzsche Ana Karenina y la insoportable levedad son los amigos que atraviesan la calma de este espacio.