La vida es el agua que se escurre gota a gota. El gran río no cesa nunca de fluir entre las mismas riberas. El río es siempre el mismo, el agua no. La vida fluye, incesante, buscando su cauce, su lugar de eterno reposo.
Para cada uno de los personajes de esta historia, el agua, Mmiri, la vida, tiene un significado y un destino diferente.
Oya, por ejemplo, es hija del río y tiene el cuerpo terso, de color agua profunda y en su rostro se dibujan ojos de egipcia. Ella es la metáfora de la reina negra de Meroe, la reina de África, la última reina de Egipto. Oya es muda y ha tenido un hijo, pero no conoce su nombre porque no puede pronunciarlo. Ella va hacia donde el oleaje de la marea remonta el río, con los peces sierra y los delfines yendo y viniendo en el agua revuelta.
Fintan inicia su viaje a bordo del Surabaya, el barco que lo lleva desde Burdeos hasta Onitsha. Ha comenzado a escribir un diario titulado Un largo viaje. Quizás el Surabaya y el largo viaje sean la metáfora de La barca del millón de años, del Libro de los muertos. Es un niño de diez años que aprende a amar a África y a hablar con las serpientes. Ya grande, cuando el agua del gran río le ha horadado el alma, acusa la hambruna de Biafra y llora a todos los muertos que se llevó el Kwashiorkor. Escribe «... Así es que África era esto, esta sombra cargada de dolor, este olor a sudor en el fondo de las mazmorras, este olor a muerte [...]».
Geoffroy, padre de Fintan, vive con la ilusión de descubrir la huella de la reina negra. Una y otra vez redescubre la leyenda del éxodo del pueblo de Meroe en sueños. Busca, río arriba, pértiga en mano, restos del cuerpo desmembrado de Osiris, mientras el pueblo de Meroe vela sus desvelos. Un día de gran silencio, perturbado tan sólo por la voz de la fuente de agua, quizás soñando o delirando por la fiebre negra, tras tantas adversidades y fatigas, le parece haber alcanzado su meta. Como la reina de Meroe ha encontrado el lugar de la vida nueva.
Maou, Maria Luisa, la madre de Fintan, es una mujer bella e inquietante. Está inmersa en esta tierra tantas veces soñada y a la vez tan brutal. Aprende palabras africanas: Ulo, la casa. Mmiri, agua. Umu, los niños. Aja, perro. Odeluede, es dulce. Je nuo, beber. Ofee, me gusta. So! ¡Habla! Tekateka, el tiempo pasa... Ella no lleva el libro de Un largo viaje, pero escribe las palabras en su cuaderno de poesías, en el mismo cuaderno en el que ha escrito que una mantis religiosa le ha revelado el sexo de su segundo hijo. Para ese entonces, ya se ha incorporado al río y hasta le dice a Fintan: «… el río Níger lleva tanta agua que es capaz de desalar el mar […]».
El agua, en este desierto nigeriano, es la vida, una vida que se va gota a gota. En este desierto, en algún sitio, aletea un ibis, o quizás sea el aliento de Toth, custodio del libro del destino.


