sábado, diciembre 27, 2008

Elegía para Darío, un hombre herido de amor fraterno

Dice esta historia de amor, de Fernando Vallejo, mientras se calienta la voz:

"… Los dientes desportillados se los debo a un vaso en que me estaba tomando un jugo y a la patada que Darío le dio: la patada quebró el vaso y el vaso mis pobres dientes. ¡Qué carajos! Dondequiera que estés, hermano, en el círculo de los irascibles o en el que te hayan asignado en los infiernos, desde aquí te perdono. Todos los días, tres veces al día, me acuerdo de ti: cuando como, sin que mis dificultades para masticar disminuyan un ápice el amor que te tengo. ¡Para eso están las licuadoras! Además en un tratado de teología de la magnitud de este no voy a armar un escándalo por tres dientes. ¡Ni que fueran dos ojos!…".

Darío, el segundo hijo, se muere, ya lo sabe usted, porque se lo estoy contando. Sin embargo el primogénito vive y él es quien se encargará de contarle el resto. Ellos son, entre tantas cosas, como los Dioscuros, hermanos míticos, un diorama de vida y muerte, de prejuicio y desprejuicio, de propósito y despropósito. Son como dos orillas que sueñan una con la otra sin tocarse.

A los hermanos del desbarrancadero los une el viento, cuando arrastra el aroma del aguardiente, de naranjas rancias y de sábanas blancas, o casi blancas, amarillentas por un sol de cien años.

"¿Sí te acordás, Darío? Claro que se acordaba…".

Los une el viento, decía, ese que asciende en nubes de marihuana y tiñe de nostálgico sepia las fotos de infancia.

Uno vive y el otro muere, ya se lo he dicho, pero no le dije que quien vive convive con la muerte. Se cita con ella por las tardes, a la hora de la lluvia, cuando parece que todo acabará mal. El punto de encuentro es la escalera del desbarrancadero, al borde del infierno. Ella le muestra sus dientes torcidos mientras sonríe indecisa y juega con los huesos de la suerte. Él conjura con puñados de sal la periferia del abismo y le muestra su rabia pálida, su puta rabia. No sabe qué es peor, si el fondo del rodadero o la gran fatiga de existir, la enorme furia de saber que otra vez no será él quien se desbarranque. Ella es implacable. Él está vivo, ella fue por otro. Él espera.

Tampoco le dije que en este juego de opuestos quien muere es quien ama la vida, con todo lo bendito y todo lo profano que hay en ella.

Darío es el que muere, y no sabe quién lo mató. Darío tiene el alma plena y la voluntad intacta. "Claro, era explicable… ¡Nunca las había usado!". ¿Para qué ponerle voluntad al vicio de estar vivo? ¿Para qué distinguir entre vicios de diferentes precios, qué ofensa a la vida seria esa?

"¿Sí te acordás, Darío? Claro que se acordaba, nos acordábamos, andábamos muy bien de la memoria, funcionándonos a todo vapor la locomotora, echando humo y arrastrando al tren. Y nos acordábamos de fulanito, de zutanito, de menganito, del Pájaro, el Gato, el Camello, el zoológico colombiano entero…".

Como los hijos de Zeus y Leda, estos otros hermanos se enfrentan a un país devastado y alternan sus roles de vivo y muerto entre el Hades y el Olimpo, o entre el Medellín de los sicarios y el Medellín de los recuerdos; el mismo techo, el mismo infierno. ¿Dónde empieza el infierno y dónde el paraíso? ¿Es la vida o es la muerte la que acaba con todo?

Las horas pasan en el desbarrancadero y el viento lleva recuerdos de una orilla a la otra. Hay que matar el tiempo mientras la vida mata a Darío y la muerte mata a quien aún está vivo. Afuera, detrás del portal de este cementerio, se matan entre sí, algunos por encargo y otros por aburridos, a falta de mejores cosas en las que gastar el tiempo.



Afuera pasan ríos de muertos, mientras aquí, el viento lleva palabras de una orilla a la otra. Aquí, por suerte, quedan las palabras. Solo eso nace, solo eso queda. Por suerte, queda esta elegía para Darío, tan triste, tan vital, y tan muerta: Hijueputa dos veces Muerte, hijueputa dos veces Vida.



lunes, diciembre 22, 2008

Almas, a la obra

No hace mucho, mientras buscaba entre las ruinas mayas las claves del peso y del paso del tiempo, surgió aquello de "La entropía de los dioses" y un interés apasionado por sus simplificados, pero infinitamente abarcadores símbolos matemáticos. Sólo tres símbolos les bastaron para representar el todo y la parte, para representar desde lo más sagrado de Las Pléyades, con su amor de medianoche y de leyenda, hasta lo más profano, como el maíz arrojado a favor del viento entre mesuradas plegarias a los elementos.

Todo el cosmos pudo ser representado con los tres símbolos del tiempo: el más allá, el más acá, la tierra seca, los bienes mal adquiridos, los traspatios, el arrepentimiento, las caras nuevas, la primera palabra, la agonía, los días turbulentos, lo casi ajeno, los finales vergonzosos, el desacierto insospechado, todo… y digo yo que decir todo es decir también nuestras almas. Los símbolos mayas son símbolos fractales; inseguros, pero rigurosos, filosóficos, pero elementales.

En aquel texto emprendí la frustrante aventura de representar el concepto maya del universo, y mientras alguien leía el resultado de mi terquedad surgió otro símbolo, a su vez, para representar al texto. Debo decir, nuevamente, que todo está ahí, incluso mis propios prejuicios literarios.


Esta ilustración es el símbolo de una búsqueda que aún no cesa, porque el destino final de las almas, como dice el cuento, es hallar su completud.

Me pregunto ahora, que es hora de andar envuelto entre tantas metáforas de unidad, si puede haber algo todavía más iconoclasta que resuma, no a los mayas ni al texto de los dioses, sino al mensaje primero y único. Por casualidad –¿casualidad? no lo sé, ¿no lo sé?– recordé esta canción, tan llena de apasionantes referencias. En ella se cuecen, como en un atanor alquímico, un mensaje dramático, aterciopelado y sobrenatural que atraviesa el tiempo. Es un llamado de socorro para la salvación de nuestras almas.

Dos almas opuestas, pero afines, unidas y separadas por la pasión gitana, unidas y separadas por el género, masculino-femenino, y por la intención. La canción se llama S.O.S.



domingo, diciembre 07, 2008

Viaje al fin de la noche con una pandilla de fantasmas

En su avance por el mundo, envuelto en un manto de implacable nihilismo, Ferdinand Bernadou, el protagonista de esta historia sin fin, se pregunta: “¿De qué sirve ser héroe?”.

Apenas dos metros más allá, cerca de los errores y de las tentaciones, muy cerca de donde las putas esconden sus caras cansadas, nos espera la noche, con sus sombras oblicuas y sus horas sin tiempo.

En las sombras de la noche habita la pandilla de nuestros fantasmas, los que murieron por nuestra inacción o por nuestra cobardía. Ellos tienen las manos llenas de horas inexistentes, porque ya no tienen porvenir y porque solo les queda la costumbre de aburrirse.

Y un poco más allá, un paso o dos detrás de la orilla en que empieza la negrura, nuestros amores imposibles se beben el agua de la lluvia que nunca regó nuestro suelo. Ellos tienen sed de venganza, porque están hartos ya de ser imposibles. Un error, un beso a deshora o un te quiero de menos, y seremos presa de los gritos con los que comunican su eterna desgracia.

Bernadou ha levantado una muralla de miedo alrededor de sus sombras. Lo único que desea es alejarse de tanta oscuridad. ¿Quién quiere ser héroe en este viaje? Si, al fin y al cabo, nuestra muerte será como la de todos; si, al fin y al cabo, claudicaremos y en alguna hora incierta la sombra ganará metros sobre nuestra existencia. La pandilla avanzará para cubrirnos de oscuridad. Su avance será poco amable, estúpido, crónico, quizás eterno y quizás repleto de pesadillas.

Para Bernadou, alejarse de las sombras es alejarse de las malas compañías, de las acciones castigadas con la cárcel, de los compromisos pálidos, de los almuerzos sin hambre, del olor de la miseria… La miseria y las sombras huelen mal, a rancio, o a azafrán y barro húmedo. Prefiero no recordar…

Y huye Bernadou, de sombra en sombra, de una orilla a otra de su destino. Lleva consigo la gran fatiga de su existencia, sus deseos de pobre, sus horas muertas y su vergüenza. No encuentra nada por lo que valga la pena morir, sin embargo, sin embargo… demasiadas cosas ve por las que vale la pena vivir. ¡Cualquier cosa parece mejor que la noche! ¡Qué difícil es avanzar, vivir, Bernadou, con esta angustia y este miedo a la oscuridad! ¿Adónde vas, Bernadou, si en cada lugar que veas habrá más sombras en la sombra y en cada lugar habrá algo de más y algo de menos?

Digo yo, después de leer Viaje al fin de la noche, que para ser cobarde, primitivamente cobarde, es necesario, también, ser valiente, porque si Miedo es el emperador de las sombras, ¿cómo puede ser él mismo quien nos atraiga y nos aleje de su reino? Quizás sea Miedo al hambre quien nos induzca a robar, pero ¿acaso es Miedo a la cárcel quien nos lo impide?

La pregunta parece algo entrada en desgracia, por lo obvia o por lo capciosa, pero, sin embargo, son preguntas como esta las que se hace el viajero de esta novela. Yo no sé si alegrarme, he encontrado un fallo en los planteos nihilistas de Bernadou, o de Celine, si es que esta historia es un poco autobiográfica. En mi interior, me confieso, siento que algunas sombras empiezan a ceder, no obstante, y he aquí el fallo: no me siento más cobarde que antes.

Viaje al fin de la noche está dedicado a Elisabeth Craig, quien fuera amante de Céline. Norteamericana, nacida en 1902, fue bailarina y conoció al autor en Ginebra, alrededor de 1926-7; vivió con él en París hasta 1933. En una de sus primeras entrevistas tras la publicación de Viaje... Céline la cita como uno de sus maestros. Cuando se marcha de vuelta a Estados Unidos, el 33, Céline viaja a Los Angeles, para tratar de convencerla de que vuelva a Francia; pero ella había decidido romper. Pueden encontrarse rastros de Elisabeth Craig a lo largo de Viaje al final de la noche, como en los personajes de Lola y Molly.

Él, nuestro coronel, tal vez supiera por qué disparaban aquellos dos; quizá los alemanes lo supiesen también, pero yo, la verdad, no. Por más que me refrescaba la memoria, no recordaba haberles hecho nada a los alemanes. Siempre había sido muy amable y educado con ellos. Me los conocía un poco, a los alemanes; hasta había ido al colegio con ellos, de pequeño, cerca de Hannover. Había hablado su lengua. Entonces eran una masa de cretinitos chillones, de ojos pálidos y furtivos, como de lobos; íbamos juntos, después del colegio, a tocar a las chicas en los bosques cercanos, y también tirábamos con ballesta y pistola, que incluso nos comprábamos por cuatro marcos. Bebíamos cerveza azucarada. Pero de eso a que nos dispararan ahora a la barriga, sin venir siquiera a hablarnos primero, y justo en medio de la carretera, había un trecho y un abismo incluso. Demasiada diferencia.