Ahora que se ha raspado sobre la imprudencia y que los secretos del amor han quedado expuestos en la plaza de La Villa, es posible venderlos por limosnas. En aquella reciente, pero pasada colección de amores, no estaban los de carácter ridículo aunque, haciendo memoria, y raspando sobre lo raspado, tengo que confesar que la ridiculez es obscenamente vasta en mi vida. Tan vasta que debería hacerle una reverencia, y no dirigirle la palabra.
Sinceramente, no sé qué me trajo, otra vez, hasta este libro de Kundera; quizás alguna brujería disuelta en alcohol barato, o quizás tenía ganas, o quizás algo más serio… El hecho es que celebro esta casualidad.
Kundera cuenta que la ridiculez vive en la dualidad del ser y del querer ser, en la falta de amor propio y en el amor propio, en lo sospechado y en lo ignorado, en los trajines de lo cotidiano y en el azar, en la locura y en la sensatez, en el dogma y en la fe, en el cuerpo y en el alma…
En su lista hay amores fieles, pero adúlteros, capaces de sentirse culpables ante la falta de pretextos que justifiquen sus ausencias; capaces de mirar el reloj y de sentir sobre su espalda el peso de siglos mientras aman a quien no deben. Dice que tiene amores apasionados, pero impiadosos, que buscan a alguien que los haga naufragar en el fetiche más desconocido, pero, sin embargo, no admiten que ese alguien sea su amor amado ridículamente, como si al verdadero no le fuese permitido conocer el secreto de las groserías.
Tiene amores actuales que no comprenden cómo amaron, ni cómo pudieron amar tanto. Estos amores hoy buscan influencias y buscan su mejorana en la nostalgia, mientras que ayer, casi veinte años antes, no temían el trance del parto ni economizaban minutos, y hasta desconocían los atributos de la gordura.
Milán Kundera cuenta que los amores ridículos tienen la recurrente necesidad de vulnerar el recato, para luego objetarlo. Ellos saben de la intolerante soledad del desamor y del amor a solas, pero no les sirve de mucho porque cuando son, su existencia es indolente o calcinante.
Yo no sé con qué defectuosos materiales se construye un amor ridículo, aunque sospecho que proliferan como la peste palúdica.
¡Ay, señoras y señores, triste vive el hombre cuando no puede tomar en serio nada ni a nadie! ¡Ay, señoras y señores, triste vive el hombre cuando no puede tomar en serio nada ni a nadie!

