martes, marzo 31, 2009

El enigma de Fermat

En las novelas de misterio, esas que tienen conflictos tan complejos como alucinantes, se suele hacer foco sobre la mente de los actores que resuelven el enigma. Para estas mentes ideales, con ecos y destellos de pensamiento mágico, nunca el misterio es un rival digno.

En este excitante género literario el oficio de descubrir parece un pasatiempo, pues no demanda fuerzas supremas. Poco a poco, el misterio pasa a segundo plano y el verdadero centro de atención lo ocupa la mente de los actores. En el mercado de la duda, ellos compran certezas a muy bajo precio y se sobreponen, esperanzados o victoriosos, a todas las presunciones de fracaso.

Pero la realidad no es así. La vida no es una novela. Lamentablemente, para muchos de nosotros, limitados solo a transitar por el sendero de la obviedad y adaptados como estamos para producir preguntas más que para encontrar respuestas, un conflicto apenas tibio podría condenarnos a naufragar sin remedio en la ciénaga de Hipótesis.

Es tan ardua nuestra tarea que, cotidianamente, antes de enfrentar cualquier idea poco clara, debemos primero luchar contra el desgano y contra ese casi permanente sabor a esfuerzo inútil, a sinsabor, a disgusto.

A veces, muy rara vez y fugazmente, nos llega un espasmo de lucidez, de genialidad, mientras estamos frente al espejo y nos inunda una contagiosa, pero serena alegría, y nos deja creer que el enigma cederá frente a nuestra insistencia. Es probable que, incluso, esas pocas y ocasionales ideas ni siquiera sean el fruto de nuestra insistencia y se traten, en cambio, de revelaciones piadosas y complacientes de quienes oyen nuestras plegarias.

En la realidad, esta realidad, de este lado de la ficción, lo cierto es que no abundan las mentes maravillosas y, en general, son los enigmas quienes protagonizan la escena y quienes ganan la partida. Ellos permanecen por siglos sostenidos por su enormidad y abrigados por la falta de mérito, de legítimo anhelo y de competencia de los hombres.

¿Cuánto anhelo, cuánta pasión, cuánta competencia se necesitan para vencer un enigma?

Fermat aseguraba que no hay soluciones enteras a la ecuación xn + yn = zn para n mayor que 2. Cuando recibí la noticia de que el Enigma de Fermat había sido resuelto, recuerdo que me alegró saber que, en la demostración, se habían utilizado, entre otros, los trabajos de Evariste Galois. En aquel momento, yo estaba trabajando en teoría de juegos y enfocado a medias en una propuesta para hacer una novela que abordase la pasión y la ciencia y, al respecto, me parecía que Galois tenía mucho que decirme. En sueños, él me hablaba de su imprecisa y desesperada forma de escribir lo último y más necesario antes de batirse a duelo, de su espíritu libertario, de su deseo de hacer buena matemática aun estando preso, de sus mujeres, de sus tiempos violentos y de su sentido de la muerte.

Cuando yo me enteré de la solución del enigma, decía, Andrew Wiles llevaba ya casi siete años de su vida uniendo la quincalla del ariete demoledor, y pensar que siete años se dice pronto, porque debo decir que la mente de un matemático se apaga en un suspiro, no sé el porqué.

Opino ahora que, tanto para Galois como para Wiles, el lance de sus vidas fue un juego de todo o nada. También opino que los hombres que no pierden la dignidad son aquellos que asumen plenamente el riesgo de perderla. Para vencer, primero se debe asumir el riesgo de perder.

Uno de ellos, Galois, se batió a duelo por el amor de una mujer, Stéphanie, y recibió un tiro en el pecho. Al duelo fue solo, sin padrinos ni aspavientos. Murió desangrado, esperando ayuda. Murió joven, claro. Galois perdió.

De él decía su profesor:
«... Este estudiante trabaja sólo en los más altos reinos de las matemáticas. La locura matemática domina a este chico. Creo que sería mejor para él que sus padres le permitan estudiar sólo esto. De otra forma está malgastando su tiempo aquí y no hace más que atormentar a sus profesores y ganarse continuos castigos [...]

Y dijo él al despedirse:
«… En mi vida he osado a menudo adelantar proposiciones sobre las cuales no estaba seguro. Pero todo lo que he escrito aquí ha estado claro en mi cabeza desde hace más de un año y no me conviene dejarme en la sospecha de que anuncio teoremas de los que no poseo una demostración completa.
Haz una petición pública a Jacobi o Gauss para que den su opinión, no sobre su certeza, sino sobre la importancia de estos teoremas. Después de esto espero que alguien creerá de provecho ordenar un poco este lío.

Un efusivo abrazo,
E. Galois

El otro, Wiles, se batió a duelo contra un enigma enorme como un Titán. Un enigma con el vientre inflado de almas a medio digerir, las almas de trovadores que habían intentado pisarle la cola. Wiles también fue solo a la cita, solo de soledad y solo de solamente. Él y solo él contra la ponzoña de lo que no se revela porque no quiere revelarse. Wiles venció.

¿Ganar qué? ¿Perder qué?

Galois perdió la vida pretendiendo ganar el amor de una mujer, ya se lo dije. ¿Qué ganó? ¿Se puede ganar perdiendo? No sé, quizás Galois sublimó su vida a través de la pasión: esa carta desesperada, esa forma de amar, ese ansia de libertad, esa lucha revolucionaria. Quizás su muerte no fue un error fatal, quizás solo fue el corolario de su demostración de vida.

¿Qué ganó Wiles? Usted dirá que ganó fama, pero déjeme decirle que eso es lo que usted dice que él ganó, no lo que él dice que ganó. Yo Intenté ponerme en su lugar para lograr descubrir el nombre de ese logro, pero no pude, porque me pareció inasible, tan inasible que la sensación no pertenece a este a este mundo, ni es de este plano de conciencia. El logro de Wiles parece pertenecer a ese género novelesco del que hablábamos. Siete años… Es como si hubiese consagrado su vida a la resolución del enigma. ¿Y si el enigma no tenía solución?

¿Comprende usted lo que digo cuando hablo de ganar todo o perder todo? ¿Perder significa perder el tiempo? ¿Ganar es ganar aplausos?

Sublimar la vida con la pasión, ¿Qué significará eso? No sé, no puedo explicarlo, solo puedo darle algunos ejemplos, como la historia de estos hombres entre las de algunos pocos.

xn + yn = zn, amor mío