Pese a que Jorge Ibargüengoitia se tomaba tiempo para aclarar que el humor y la Revolución eran temas ajenos a su voluntad, nunca pudo desataviarse de esas etiquetas, incluso fueron las más aplaudidas por sus lectores. Casualmente, el diario Excélsior, en la crónica aparecida en el día de su muerte, lo calificaba como uno de los más grandes “humoristas de la literatura mexicana contemporánea”.
Yo, limitado como estoy en el arte de comentar, solo puedo repetirme en estos conceptos.
Tanto en Los relámpagos de agosto como en Maten al león, Ibargüengoitia describe la fauna política y militar de la época. Son personajes que se mueven con maneras engañosas, capaces de desplegar una codicia sin para qué, que desean lo indeseable, lo inalcanzable. A veces, buscan una valoración efímera y otras, la gloria perpetua. Sus armas son la cobardía, la traición, la intolerancia, el desaire, la bizarría y, otra vez, la traición. Les da lo mismo matar por una ristra de chorizos que por una candidatura. Proponen “unámonos y vayan”, porque siempre es mejor luchar cuando la sangre derramada es de otro. Solo se indulta por dinero.
Lo sorprendente es que casi medio siglo después, esa fauna y esa manera de hacer política aún pueden ser reconocidas.
Yo quiero ser ministro –les advertí cuando nos hubimos sentado-. De lo que sea, pero ministro. Porque comprendí que este era el momento de ponerme las botas. "Ahora o nunca"–dije para mis adentros.
-¿Y por qué a nuestras respectivas zonas? ¡Vámonos a la frontera! -dijo Valdivia. Esta frase debió darnos una idea del gran tamaño de su cobardía–.
Así que nada de lo que dice el Gordo Artajo es verdad: "...como Arroyo estaba muy alarmado...", porque alarmados estábamos todos, empezando por él, que fue el que tuvo la idea de que nos disfrazáramos y hasta se puso un sombrero de petate, y se hubiera puesto el overol del jardinero, si hubiera cabido en él.
-Ya estamos cansados de sus revoluciones -me contestó él.
-Que quede bien claro, diputado: el móvil fue el robo y los culpables serán castigados.
Con las reacciones propias de un militar que ha pasado parte de su vida en campana, Belaunzarán brinca, es presa del pánico, huye hacia su despacho, y de un clavado se mete debajo del escritorio.
Recuerde, Ingeniero, que en este país nadie resiste mil pesos.
Las madres, desgreñadas, sudorosas, malhumoradas, llevando en los brazos niños meados, gritan como generales tratando de reunir sus huestes para emprender la retirada.
Hay algo más, incluso, que aparece en ambas novelas: se trata de la lucha fatua. Pareciera no haber ideales sostenibles. Cuando algo deja de convenir, en una interpretación del convenir totalmente anárquica; sencillamente se cambia de idea, y aquello por lo que se luchaba cambia de signo, de valor. La sucesión es inexplicable y absurdamente larga. Una y otra vez se repiten los intentos de salvación como se repiten los fracasos. ¿Salvación de qué? ¿Salvación de quién?
En el intento de salvación, decía, fracasan todos, cualquiera sea el grupo al que pertenezcan. Fracasan los intelectuales, los idealistas, los románticos, los ingenuos, los cínicos, los ricos y, por supuesto, fracasan los pobres.
Aquí está expresada la idea del fracaso. No vale la pena luchar por algo que parece irremediable. ¿Qué es más absurdo? ¿Luchar sin estrategia, siguiendo el ritual que impone la pura casualidad, sacrificando una vida tras otra por una causa voluble, que más que causa parece aventura, u olvidar todas las causas y asumir la reinante desgracia como definitiva? Es una cruel paradoja porque, si se comprende el absurdo, se debe abandonar la causa y, si se abandona la causa, se debe aceptar lo inaceptable, que es donde germina la causa.
En este clima de tragedia, de vanas esperanzas y de caminar en círculos, tampoco la muerte es la solución. Siempre son más las intenciones que los hechos y también son más los muertos olvidados que los héroes. Imagino al autor sumergido en el alcohol y en la risa como única vía de escape.
Afuera vi a varios soldados que andaban festejando la victoria, ya medio borrachos, a pesar de que no eran ni las nueve de la mañana.



