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Cien años de leyenda
En tiempos grises como los que corren y con este ánimo de zarpar por la ventana que me entra a veces, no puedo dejar de decir que uno de los pocos valores que quedan en el mundo, es el del respeto por las tradiciones.
Aún hoy recuerdo que mi padre, con una simpleza casi criminal, apoyado a medias sobre una pared tan calurosa y sin ungüentos como la tarde, lloraba por una pesadilla nueva. Alguien por la radio anunciaba el destierro de su club de fútbol al descenso. Aquel día, aquel hombre, un poco estropeado por las broncas disimuladas y por no ser bueno en el arte de venderse, perdía la ilusión de cada domingo.
Recuerdo aquello porque hoy, en este otoño, sentí cómo su mano giraba ante mí las páginas del álbum de mi vida. Hoy lo escuché silbar su canción, su himno guerrero. Hoy subí con él, otra vez, los tablones de la vieja cancha. Hoy sentí que aquella escena de calor y penumbras, de pérdidas y de pena, se convirtió en una fresca tarde llena de melancolía, de mensajeros de lo esencial, y de tradición santa.